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domingo, 3 de octubre de 2010

Antífona de comunión TO-XXVII.1/ Lamentaciones 3,25

Bueno es el Señor para el que espera en Él, para el alma que le busca (Lam 3,25).
Sólo Dios es bueno y solo es bueno. No necesita de nadie para serlo, es la fuente de su bondad y la misma bondad. En todas sus obras se manifiesta. Cada una de sus criaturas, de distinta manera, habla de ella; cada pequeño bien dice del artista que lo creó. Y, al ser absoluta y totalmente bueno, la bondad de su obrar no tiene ninguna sombra.

La libertad de las criaturas que gozan de ella, los hombres y los ángeles, es también un reflejo del sumo bien, que es Dios. Nuestras decisiones no crean la bondad de Dios, pero decidimos nuestra relación con ella. Podemos rechazar definirnos en relación al Bien, a Dios como sentido último de nuestra existencia. No hay mayor contradicción, no hay negación de nosotros mismos comparable a ésta. El rechazo de lo más íntimo, más que nuestra intimidad, nos desgarra con hondura sin parangón posible. Y podemos decidirlo para toda la eternidad. Un no por siempre al origen, causa, fundamento y fin de cada uno de nosotros.

Pero también podemos, por su graciosa bondad, definirnos afirmativamente respecto a Él. La Eucaristía es un anticipo del cielo. La bondad divina nos sale al encuentro, se nos hace presente en el sacramento y movidos por la atracción de su belleza, decidimos ser comulgantes de bondad.

La procesión del momento de la comunión es de los peregrinos que esperan en la bondad divina, de sus buscadores. Y al comulgar se convierten en testigos de su bondad; Dios, en la Eucaristía, es bueno para nosotros, sobre el bien que es ser, nos sobre-beneficia yéndonos divinizando ya en esta vida.

domingo, 4 de octubre de 2009

Antífona de comunión TO-XXVII.1/Lam 3,25

Bueno es el Señor para el que espera en Él, para el alma que lo busca (Lam 3,25).
Este domingo tenemos como antífona de comunión este jugoso versículo del libro de las Lamentaciones. En él, nos aparece la bondad divina, la esperanza y el puente tendido entre ambas, la búsqueda; pero hay algo que esta supuesto, la fe.

Voy a intentar poner un ejemplo con el que nos podamos servir, por analogía, para comprender algo de la dinámica de este breve pasaje bíblico respecto a la Eucaristía y, por extensión, a la vida toda de fe. En el desayuno, me he comido un melocotón, pero, antes de hacerlo, ha habito todo un camino. En sus colores, figura, olor,... se me ha hecho presente a la inteligencia. Y, en esa presencia, se me daba su belleza que me atraía hacia su bondad nutritiva. Luego me lo comí.

Verdadera, real y sustancialmente su Cuerpo y su Sangre en la Eucaristía, desde ahí, por su revelación, el Señor se me hace presente a la fe y de este modo me da su belleza que me atrae hacia sí, hacia su bondad infinita. Poseo ya, en esperanza, el bien eucarístico. Y no me conformo con ser atraído hacia Él, sino que secundo esta llamada espiritual y me acerco a comulgar. Y es entonces cuando me alimento de la bondad divina en el sacramento.

En ese momento, somos lanzados más allá. He pregustado los bienes celestes y la esperanza me atrae hacia ellos. Seducidos así, tras la Eucaristía, seguiremos caminando por el desierto hacia la Tierra Prometida, para poseer esa bondad divina en plenitud y eternamente.

viernes, 12 de junio de 2009

El Mesías de Händel LXII


Desde el libro de las Lamentaciones nos llega una pregunta:
Mirad, fijaos: ¿Hay dolor como mi dolor? (Lm 1,12).
El tenor, con profunda pena, la remite a Jesús: ¿hay dolor como el suyo? Pero no es una pregunta teórica. Hay una invitación a contemplar para que sea el misterio del Hijo de Dios sufriente el que nos interrogue y nos responda. No se trata de manejar conceptos ni de sacar en claro contenidos útiles, sino de un misterio de relación interpersonal. Es Jesús quien verdaderamente me pregunta y quien puede responderme. Las palabras sobre Dios nos tienen que llevar a Él.

¿En dónde está la comparación? ¿En qué es inigualable su dolor? La teatralidad y devocionalismo barrocos -aunque la espiritualidad de esa época no se puede reducir a esto-, como todos los dolorismos, tendió a acentuar lo físico, lo truculento muchas veces; se trataba de suscitar emociones, sentimientos, sensaciones. Un tipo de religiosidad acaso no muy profunda y de la que quedan muchas inercias. Pero dejemos esto y volvamos a nuestra pregunta. ¿Es el dolor físico de Jesús el punto de la comparación? Ciertamente las torturas físicas fueron tremendas, pero a lo largo de la historia ha habido personas que han sido tratadas peor y durante más tiempo.

Lo incomparable del dolor de Jesús está en quién sufre y de qué. Los hombres tenemos en común con los animales el dolor físico, pero es patrimonio propio nuestro el dolor espiritual o, si preferís, el moral. Aunque no nos toquen, sufrimos por muchas cosas, porque nuestra vida no es propiamente la biológica; esta la damos por lo que es de verdad nuestra vida. Y, cuando esta la vemos atacada, es cuando verdaderamente sufrimos. El avaro sufre cuando pierde dinero, el soberbio cuando es humillado. Nos duele de verdad aquello en lo que tenemos puesto el corazón y en la medida que así sea.

A Jesús le duele lo que ama. ¿Y qué ama? Al Padre y, por ello, ama todo lo que Él ama. ¿Y qué es? Dios nos ama y quiere que seamos sus hijos, que participemos en la vida divina por toda la eternidad. Ahí tiene Jesús puesto su corazón, en todo lo que ama el Padre. Por ello sufre, porque lo ama y porque ese objeto de su amor lo ve destruido. Cuanto más amamos algo, más sufrimos por su destrucción. Jesús sufre incomparablemente, porque ama sin parangón. Cuanto más se destruye el objeto de nuestro amor, más sufrimos. Jesús sufre indeciblemente, porque la mayor destrucción de los hombres es el pecado, la muerte del alma. Y todos además hemos pecado (Rm 5,12). Por ello, la pasión de Jesús abarcó toda su vida.

Es incomparable de qué sufre. Y, sobre todo, quién sufre. La esencia divina es impasible, porque es absoluta perfección. Sin embargo, al sufrir el hombre Jesús, quien sufre es el Hijo de Dios; ese sufrimiento es suyo. Y, porque es suyo, es de las otras personas divinas (cf. Jn 17,10), porque cada una de ellas está en las otras.

Mas todas estas palabras no quieren ser una respuesta. Si lo son, no las leas, olvídalas. Sólo quieren ser un dedo que señale, que diga: "Mirad, fijaos". No te quedes en ellas. Que sea Jesús quien te hable, que Él te abra el interrogante y te diga donde está su dolor, para que su amor y su dolor sean los tuyos.

Continuaremos.