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martes, 4 de enero de 2011

Antífona de comunión. Navidad.3 / cf. Zacarías 9,9

Alégrate, hija de Sión; canta, hija de Jerusalén; mira a tu Rey que viene, el Santo, el Salvador del mundo (cf. Zac 9,9).
Con frecuencia aparece este texto en las fiestas marianas. Para María, es su alegría la concepción de su Hijo, en la que viene su Rey, el Santo, el Salvador, a su seno. Este sabor de Encarnación resuena hoy en el momento de la comunión.

Pero también las almas de los bautizados son hijas de Jerusalén, de la Iglesia. Hay una llamada ahora a la alegría desbordada en canto para quienes van a comulgar en la madrugada del día de Navidad. El ministro de la comunión, desde el altar, se acerca y nosotros ciertamente caminamos hacia él, sin embargo hay una realidad más profunda. Si el ministro viene es porque el Sumo Sacerdote y la Víctima es el que viene y quien se acerca es el que me mueve hacia Él; solamente secundamos su iniciativa.

Su venir me atrae, mas no simplemente desde fuera; su atracción siendo desde Él también es impulso desde mí. Hay cosas que atraen, otras que empujan. Jesús a la par atrae e impulsa, es para-qué atractivo y porqué impulsivo. Belleza sin parangón.

El que viene es el Rey, el Santo, el Salvador. Desde el memorial del misterio Pascual, desde la presencia eucarística, Jesús ejerce su soberanía, manifiesta su divinidad y realiza el misterio divino de nuestra salvación. Y, en su atracción, somos movidos a contemplar, bajo la modestísima apariencia de pan, al Rey que vino a Belén y que viene ahora entregándose como alimento divino y salvador.

miércoles, 22 de abril de 2009

El Mesías de Händel XLV

Tras el unísono canto de alabanza de los ángeles y los hombres, vuelve la misma soprano con la que empezaron a cantarse los textos de NT. Pero ahora en su voz sonará un oráculo profético. El AT se reconoce en el Nuevo y éste realiza a aquél. Es la misma palabra, solamente hay una.

Con el anuncio del ángel, no solamente canta el coro que interpreta el oratorio con las miríadas celestes, sino que también se regocija todo el Antiguo Testamento, anticipo del gozo que experimentará Adán y todos los justos muertos, cuando Jesús descienda a los infiernos a anunciarles, Él mismo, la salvación.

"Alégrate, hija de Sión; canta, hija de Jerusalén; mira a tu rey que viene a ti justo y victorioso; [...] dictará la paz a las naciones" (Za 9,9s).
La Encarnación es la venida del Rey a ejercer su soberanía. Es una buena nueva, el Reino de Dios está cerca. Viene justo y victorioso, pero en la humildad de un pesebre como alta cuna, de un pollino como cabalgadura, de una cruz como trono. Y al final de los tiempos en gloria sobre las nubes.

Esto es motivo de regocijo para Jerusalén y también para los paganos. No va a dictar la paz a los vencidos por las armas, a someterlos bajo la soberanía de un Israel terreno, sino que va a darles la paz de la comunión de todos y toda la creación en su amor.

[Nota: el texto inglés, el que se canta, de la KJV traduce "Saviour", igual que la Vulgata, en vez de victorioso. Desde el poquísimo hebreo que sé, ambas lecturas me parecen posibles, aunque el contexto guerrero invitaría a inclinarse por victorioso, como hace la traducción española para la liturgia]

Continuaremos.