domingo, 7 de junio de 2009

Antífona de comunión. Stma. Trinidad


Como sois hijos, Dios envió a vuestros corazones al Espíritu de su Hijo, que clama: Abba! (Padre) (Gal 4,6).

Al acercarnos a recibir el don eucarístico, la antífona de esta solemnidad de la Santísima Trinidad nos recuerda que los creyentes no solamente recibimos el don del Cuerpo de Cristo, sino que también hemos recibido el don de haber sido hechos hijos y haber recibido el Espíritu.

La comunión es, por un lado, afianzamiento de lo que somos, pues los hijos por adopción comulgan al Hijo eterno del Padre. Pero al comer al Hijo, también alimentamos nuestra condición filial; la comunión es acrecentamiento de lo que ya somos por gracia. Pero además del don del Hijo en la eucaristía, hemos recibido también del Padre, por medio de Cristo, el don del Espíritu, que es el Espíritu de su Hijo.

La comunión eucarística es una experiencia profundamente trinitaria. En el Espíritu, podemos decir amén, confesar que es el Hijo eterno del Padre cuyo Cuerpo está verdadera, real y sustancialmente presente y recibirlo como tal. Pero nuestra acción de gracias, hecha también en el Espíritu, al haber comulgado al Hijo, al estar en comunión con Él, debería de ser una pregustación, un anticipo del diálogo de amor trinitario que viviremos en la eternidad. ¡Qué hermosa acción de gracias que, estando unidos al Hijo, el Espíritu clame en nosotros : Abba!

sábado, 6 de junio de 2009

En el nombre de la Trinidad. Mateo 28,16-20

Los discípulos reciben el encargo de bautizar en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo (Mt 28,16-20). En el mismo envío de Jesús, está la Trinidad. Es Él quien envía, pero no solamente. El Padre envía por medio del Hijo en el Espíritu Santo. Este encargo que viene del Padre por medio del Hijo y solamente puede ser escuchado como tal en el Espíritu, se acoge en obediencia, en ese Espíritu, al Padre por medio del Hijo. De modo que la acción de la Iglesia y de cada uno de los discípulos, como tal, no nace nunca en nosotros, sino que es acción, en el Espíritu, que viene del Padre por medio del Hijo y, en el Espíritu, a Él va por medio del Hijo.

Nuestra vida como cristianos es una vida trinitaria, pues hemos sido recreados bautismalmente en el nombre de la Trinidad. Sin embargo, lamentablemente, como dijo Rahner, de facto, el misterio trinitario, en buena medida, lo tenemos en un espléndido aislamiento. Para muchos, es algo abstruso e incomprensible, para otros una serie de fórmulas más o menos bien aprendidas, para no pocos algo que no tiene ninguna plasmación real en la vida. Me parece que tenemos que ir reconociendo que nuestra iniciación cristiana ha sido muy superficial y que los cauces que brindamos para la maduración y crecimiento de la vida de fe son escasos. No porque en las parroquias se ofrezcan pocas actividades, sino porque, en general, se quedan en lo que clásicamente se llama el hombre exterior.

El misterio de la Trinidad no dejará nunca de ser imposible de encerrar en la razón, pero esto no quiere decir que sea lejano. Por el contrario, es sumamente cercano. Tanto que en realidad nuestra vida, que somos nosotros mismos viviendo, podría ser un palpar en la fe la vida trinitaria, porque nuestra vida fiducial lo es en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. La dinámica de la vida del verdadero discípulo es acción que viene del Padre y que recibimos en el Espíritu por el Hijo y que nos lleva a obrar hacia el Padre por medio del Hijo y en el Espíritu. Y esto no debería ser una fórmula aprendida que luego, como etiqueta adhesiva, pusiéramos sobre nuestra acción, sino que la experiencia de fe nos llevaría a exclamar: "¡Así es en verdad! Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo". Aunque qué pequeñas son las palabras humanas para ello.

Y ese misterio trinitario, conocido por fe en su obrar salvífico en nosotros, conocido como misterio de Amor para mí, en la vida eterna lo contemplaremos tal cual es y veremos que es misterio de Amor en sí. A Dios empezamos a conocerlo como Amor para nosotros y el que nos ama así, en su Amor nos dice que es Amor en sí y por fe ahora lo conocemos. En la eternidad, la contemplación del que es Amor en sí hará que seamos semejantes a Él, porque lo veremos tal cual es. El Amor en sí, que es Dios Uno y Trino, así contemplado será Amor para nosotros como consumación de la divinización, como plena participación en su ser Amor en sí.

¿Mucho lío de palabras? Acaso eso te diga que ves aún el misterio trinitario como algo externo a ti. Si es así, desea vivir desde este misterio y busca quien te ayude a que esto sea así, que te enseñe a secundar la gracia, a vivir cada vez más plenamente desde el Padre y hacia el Padre por medio del Hijo y en el Espíritu Santo.

viernes, 5 de junio de 2009

Para unas elecciones


En la encíclica Centesimus annus, decía Juan Pablo II:
La Iglesia aprecia el sistema de la democracia, en la medida en que asegura la participación de los ciudadanos en las opciones políticas y garantiza a los gobernados la posibilidad de elegir y controlar a sus propios gobernantes, o bien la de sustituirlos oportunamente de manera pacífica.
El control sobre los gobernantes debería de ser una constante en la vida, cada quien con las posibilidades a su alcance; lo que requiere, como requisito que se me antoja imprescindible, el esfuerzo de estar mínimamente informado, que es más que deglutir propaganda. Y este control sobre los gobernantes, que es una forma de ejercicio de la responsabilidad sobre las cuestiones públicas, no debería de entenderse como un añadido conveniente, sino como un deber moral.

Pues bien, además del día a día, están también esas ocasiones puntuales en las que, mediante el voto, se puede elegir a los representantes. Los ciudadanos de la Unión Europea tenemos ahora esa oportunidad. ¿Qué hacer?

Hay situaciones en las que el decantarse por unos o por otros depende de las medidas concretas que se propongan o de la catadura moral del candidato. Esto es así cuando hay unos principios que están supuestos y tienen en común las distintas formaciones políticas. Otras veces lo que está en juego son cosas más elementales como la dignidad de todo hombre, tanto varones o mujeres, embriones o moribundos; el respeto de los derechos humanos; la búsqueda del bien común en la acción política; etc.

¿Estamos en alguna de estas situaciones? En la coyuntura actual hay algo más elemental aún que tal vez esté en juego. El escepticismo respecto a la verdad, el relativismo en moral y el agnosticismo en religión da la impresión de que muchos quisieran constituirlos, y en buena medida lo están, como las bases sobre las que construir la convivencia social. La economía es ciertamente algo muy preocupante en este momento, pero pienso que hay cuestiones más importantes. Desde la dictadura del relativismo, en sus distintas variantes, no está en juego un mayor o menor respeto a la dignidad humana, sencillamente desaparece por ser todo relativo; los derechos humanos se inventan unos un día y al día siguiente se desinventan; y el bien común pasa a ser sustituido por el bien del más fuerte, camuflado probablemente en el bien individual de cada uno, que más bien será la apetencia de cada momento modulada por las modas impuestas.

A la hora de decidir mi voto, lo que voy a tener más en cuenta es cómo voy a poder favorecer que el deseo de verdad esté más presente en la vida política; que el bien y el mal no sean algo que inventemos o fabriquemos los hombres; y que Dios no sea un estorbo o un peligro en la vida pública y que la fe y las creencias religiosas no sean algo a poner en cuarentena. ¿Soy muy pesimista? Si son así la cosas, desde luego, la situación es muy grave. Me encantaría estar equivocado.

jueves, 4 de junio de 2009

Oremos por nuestros sacerdotes

 Hoy se celebra en España a Jesucristo como Sumo y Eterno sacerdote. Mi sugerencia es que, en unión a su madre, pidamos por todos los sacerdotes:

"Oh Dios, que para gloria tuya y salvación del género humano constituiste a tu Hijo único sumo y eterno sacerdote, concede a quieres Él eligió para ministros y dispensadores de sus misterios la gracia de ser fieles en el cumplimiento del ministerio recibido. Por JNS".  

miércoles, 3 de junio de 2009

El Mesías de Händel LIX


Pero el coro de los creyentes no se conforma con señalar que la causa de las heridas del Siervo no es el mal que ha causado, sino que es el ocasionado por nosotros, además confiesa que ha sido este hecho causa de salvación:
Sus cicatrices nos curaron (Is 53,5).
¿Pero de qué nos han salvado? Si solamente nos hubieran librado del mal causado, poco hubiera sido esto, porque habríamos seguido privados de la posibilidad de realizar lo único que en realidad le interesa al hombre: obedecer a Dios. Si solamente hubiéramos sido lavados de los pecados cometidos, habríamos quedado muy limpios, pero nada más que con nuestras fuerzas naturales y, por tanto, incapaces de responder a nuestra vocación. La pasión de Cristo no solamente nos libra del peso de nuestras culpas, sino que nos agracia para que podamos responder al anhelo más entrañado del hombre, su finalidad última, la divinización. Pero no nos fuerza a ello, solamente nos agracia; en nosotros está acoger el perdón y vivir conforme al don recibido.

Y el coro, con el siguiente versículo del cuarto canto del Siervo de YHWH, nos devuelve a la imagen pastoril que, a su vez, nos lleva a los primeros capítulos del Génesis.
Todos errábamos como ovejas, cada uno siguiendo su camino; y el Señor cargó sobre él todos nuestros crímenes (Is 53,6).

Todos, con la única excepción de la Virgen, sin el Pastor, como las ovejas, andábamos dispersos, cada uno por su camino. Habíamos intentado subir al cielo, nuestra única vocación, al margen de Dios, con nuestras únicas fuerzas, construyendo una torre (cf. Gn 11). Cuando prescindimos de Él, no solamente no conseguimos saciar nuestra sed de realización, sino que incluso empeoramos nuestra situación. En vez de la comunión con Dios, lo único que nos hace felices, conseguimos la desunión y acabamos alejándonos de nuestro centro y de los demás, como los radios respecto del centro del círculo.

Y Él nos unió, nos llevo de nuevo al centro, que es Él mismo, nos juntó sobre sus hombros. Porque nuestros pecados no son algo al margen de nosotros; cargar con nuestros pecados es cargar con nosotros, porque nuestras acciones nos configuran.

Continuaremos.

martes, 2 de junio de 2009

El Mesías de Händel LVIII


Después de que la contralto fijara nuestra mirada en el Siervo de YHWH, el coro, como si de todos los creyentes se tratara, va ha profundizar en el misterio del dolor del Señor, a la par que va a hacer una confesión sobre el significado de la entrega de Cristo.
Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; […] Él fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes. Nuestro castigo saludable cayó sobre Él (Is 53,4s).

El texto del libreto de Jennens tiene una omisión significativa: "Nosotros lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado" (Is 53,4). Acaso por eso se deja sentir más por su ausencia. La contemplación de Jesús no solamente es un escándalo para el mundo, que solamente ve a alguien destruido. La actitud de Jesús, vista por la razón, es una sinrazón. Lo propio sería huir, evitar lo negativo. Descubrir ahí la actitud verdaderamente religiosa y, por tanto, más radicalmente humana es solamente posible por la fe. Por eso, el cuerpo lacerado de Cristo es también un escándalo para la religiosidad natural y para lo que podríamos llamar el cristianismo natural o, si preferís, domesticado, encerrado en las categorías que podemos comprender, vertido en odres viejos.

La fe nos lleva más allá del escándalo de Job. El mal que ha revertido sobre Jesús no es el mal que Él ha causado. La contemplación de la Pasión de Cristo, desde el don de la fe, es la destrucción de nuestras falsas imágenes de Dios. Desde nuestras mentalidades no comprendemos el dolor del justo e intentamos salvar a Dios culpabilizando al inocente doliente o bien llegamos a la conclusión de que Dios no existe.

La belleza, incomprensible para nosotros, que exudan las llagas de Cristo nos atraen y nos llevan más allá de nosotros mismos y nos muestran al Dios verdadero. Lo cierto es que Dios ni se desentiende del mundo, dejando sufrir a los inocentes, ni deja que el mal que causamos revierta sobre nosotros con todo su peso. Él, el único verdaderamente inocente, la fuente de toda justicia, se ha hecho hombre para que todo el mal descargara su furia sobre Él. Sus heridas no fueron causadas por la retribución de los males causados por Él, no era un maldito o un impuro como así era considerado un leproso; aunque las apariencias pudieran llevar a proyectar esta explicación, para salvar a Dios, sobre los acontecimientos. Tras esa apariencia de dolor hay otra realidad, fue traspasado por nuestros males, por los míos en concreto, y no porque Dios se desentienda del mundo y de lo que le pueda pasar inmerecidamente a alguien, sino porque se ha puesto en el lugar de los pecadores, en mi lugar.

Antes de llevarnos a su imitación, las heridas del Siervo doliente han empezado por sacarnos de la falsa idea de Dios. Hasta le hacen descubrir al creyente que el castigo es un acto de amor de Dios, que es portador de salud y paz. Si, por su misericordia no se pusiera en nuestro lugar, las consecuencias del mal causado, por ser nuestra libertad responsable, revertirían totalmente sobre nosotros y serían sencillamente la puerta a la muerte eterna.

Continuaremos.

lunes, 1 de junio de 2009

Renovaciones, secularizaciones y suicidios


El comentario de hoy sé que le podrá resultar a más de uno polémico. No obstante voy a hacerlo, porque pensar las cosas, incluso las que parecen evidentes, trae claridad. Al menos la luz de que efectivamente así lo eran y no sólo aparentemente. Porque una de las grandes rémoras que tenemos es confundir con la realidad lo que la costumbre, la inercia, los usos, las mentalidades, nos han hecho creer que era algo inconcuso. En lo que voy a tratar, además se puede juntar, en algunos casos, lo que, en no pocas situaciones, he comprobado como forofismo religioso. Espero que el lector dé, por supuesto, mi respeto al obispo al que me voy a referir y a todos.

Leo una entrevista a Mons. Munilla, un obispo que considero valioso, aunque sólo sea por una razón, no se esconde; aun más, hasta se hace presente. En ella, empieza hablando de algo de lo que supongo a todos o a casi todos enterados: "La renovación de la consagración de España al Sagrado Corazón de Jesús se hará durante la Santa Misa que se celebrará el domingo 21 de junio, en la explanada del Cerro de los Ángeles". El motivo es que, hace noventa años, el rey Alfonso XIII consagra a España al Sagrado Corazón de Jesús.

Creo que es conveniente recordar algunos datos que establecen diferencias notables. Quien hizo la consagración era el entonces Jefe del Estado y la constitución vigente, en la época de la Restauración, establecía que España era un Estado confesional. Hoy la jefatura del Estado la ostenta su nieto y no será quien haga la renovación; la constitución actual -no digo vigente porque está más bien en situación comatosa- consagra la aconfesionalidad del Estado. Digamos además que esto está fuertemente discutido y hay quienes pretenden que se pase a la laicidad, mientras que un grupo mucho más reducido añora la situación de hace un siglo a este respecto.

Sobre estos datos, ¿no sería mejor hablar de la consagración de la Iglesia Católica en España al Sagrado Corazón? Probablemente habrá quien me diga que matizo tal vez demasiado, pero hay momentos en que las posturas tienen que ser nítidas y no dar lugar a confusiones. Tal y como escucho que se plantean las cosas, no me extrañaría que hubiera quien nos dijera que España no es sinónimo de catolicismo; o que hay personas que no son católicas y que forman parte de España tanto como los católicos; o que quiénes se creen los obispos para arrogarse la representación de España para hacer un acto en su nombre; o que la Iglesia añora la situación de confesionalidad; etc.

¿Qué significación le da mons. Munilla a esta renovación?
Supone tener una clara conciencia del delicado momento que vivimos, en el que la secularización parece conducirnos a una especie de «suicidio espiritual»: siembra de la cultura de la muerte, manipula nuestra historia y rechaza sus raíces cristianas, además del fracaso escolar generalizado, las rupturas familiares. Pero, sobre todo, desconoce del don de Dios.
Puestos a ser puntillosos no me voy a parar aquí. La secularización no lleva al suicidio espiritual, sino que es, me parece, justo al revés. La secularización es la expresión externa de la mayor carencia interna, la reducción del hombre a materia; la secularización es el síndrome, los síntomas sociales, entre otros, son más o menos los que enumera, pero la enfermedad es haber dado la espalda a lo espiritual. Y, como el espíritu es algo eminentemente personal, tiene lugar personalmente, aunque sea por vía de delegar la decisión en la marea social. Aunque, acaso, lo que haya querido decir el obispo es que la secularización personal parece conducirnos al "suicidio espiritual" colectivo o social; con lo cual estaríamos de acuerdo en el fondo, aunque no en las palabras.

Nota aclaratoria: sobre mi relación con el Corazón de Jesús, me remito a lo que digo sobre el costado abierto de Cristo en las dos últimas entradas.