sábado, 13 de junio de 2009

Nimbo

Me pides cosas;
mira que no las tengo.
Seguridades anhelas y te pregunto.

(S. Isidro de Dueñas, 11-6-9)

Sangre de la Alianza. Marcos 14,12-16.22-26

Jesús dice, en el evangelio de mañana, Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, al instituir el memorial de su misterio pascual, que su Sangre es Sangre de la Alianza (Mc 14,24). En ese momento, donando a su Iglesia la Eucaristía, nos revela también el significado de la Cruz.


En el Paraíso, no había ni sacrificios ni alianzas, porque Adán estaba en perfecta comunión con Dios. Y lo estaba no porque hubiera llegado a ella, sino porque había sido creado en ella. El hombre no conocía lo que era estar separado de Él. No sabía lo que era estar en lo profano y entrar en el templo, pues, al estar unido a Dios, siempre estaba en el ámbito sagrado; la creación era un solo templo. Por el pecado, el hombre rompió la comunión con Dios, salió del templo y se puso frente a él; su ámbito empezó a ser profano y conoció lo que es estar lejos de Dios. Desde entonces, los hombres nacemos fuera del templo, sin comunión con Dios. Por eso, necesitamos la Alianza y el Sacrificio. Quien está unido a otro, no necesita aliarse con él. Nosotros sí necesitamos unirnos a Dios.

Él toma la iniciativa y, a lo largo del AT, se van sucediendo distintas alianzas que son un camino hacia la eterna y definitiva en la Sangre de Cristo. La gran Alianza es la del Sinaí (Ex 24), que se sella con un sacrificio. Pero la víctima es solamente un animal y no es un sacrificio de expiación. Esta Alianza solamente prefigura la definitiva de Cristo.

Sacrificar es hacer sacro algo, es sustraerlo de lo profano e introducirlo en lo sagrado, dárselo totalmente a Dios. La Alianza que Dios quiere con nosotros es una que restablezca totalmente la comunión de los hombres con Él, quiere que volvamos al templo, a lo sagrado. Quiere que seamos suyos, no porque Él no sea el dueño de todo, sino porque quiere que lo seamos queriendolo ser. Quiere que estemos en Él y Él en nosotros. Pero nosotros no podemos volver al templo. Jesús sí.

Su sacrificio es el sello de la Alianza y lo es también de expiación (Hb 9,11-15). Jesús no solamente se entrega totalmente y con su entrega sella la Alianza de unión de Dios con el hombre, sino que se entrega también para el perdón de los pecados, para abrirnos el camino y así podamos entrar en la comunión con Dios. Por el Bautismo, entramos a formar parte del pueblo de la Nueva Alianza, es decir, somos introducidos en la comunión con Dios y los hermanos. Y en la Eucaristía celebramos el memorial de esa Alianza, en ella se renueva y acrecienta nuestra comunión con Dios en la Sangre de Cristo. De ahí que debiera de ser una celebración llena de gozo; hemos vuelto a la casa del Padre y ha preparado una fiesta.

viernes, 12 de junio de 2009

El Mesías de Händel LXII


Desde el libro de las Lamentaciones nos llega una pregunta:
Mirad, fijaos: ¿Hay dolor como mi dolor? (Lm 1,12).
El tenor, con profunda pena, la remite a Jesús: ¿hay dolor como el suyo? Pero no es una pregunta teórica. Hay una invitación a contemplar para que sea el misterio del Hijo de Dios sufriente el que nos interrogue y nos responda. No se trata de manejar conceptos ni de sacar en claro contenidos útiles, sino de un misterio de relación interpersonal. Es Jesús quien verdaderamente me pregunta y quien puede responderme. Las palabras sobre Dios nos tienen que llevar a Él.

¿En dónde está la comparación? ¿En qué es inigualable su dolor? La teatralidad y devocionalismo barrocos -aunque la espiritualidad de esa época no se puede reducir a esto-, como todos los dolorismos, tendió a acentuar lo físico, lo truculento muchas veces; se trataba de suscitar emociones, sentimientos, sensaciones. Un tipo de religiosidad acaso no muy profunda y de la que quedan muchas inercias. Pero dejemos esto y volvamos a nuestra pregunta. ¿Es el dolor físico de Jesús el punto de la comparación? Ciertamente las torturas físicas fueron tremendas, pero a lo largo de la historia ha habido personas que han sido tratadas peor y durante más tiempo.

Lo incomparable del dolor de Jesús está en quién sufre y de qué. Los hombres tenemos en común con los animales el dolor físico, pero es patrimonio propio nuestro el dolor espiritual o, si preferís, el moral. Aunque no nos toquen, sufrimos por muchas cosas, porque nuestra vida no es propiamente la biológica; esta la damos por lo que es de verdad nuestra vida. Y, cuando esta la vemos atacada, es cuando verdaderamente sufrimos. El avaro sufre cuando pierde dinero, el soberbio cuando es humillado. Nos duele de verdad aquello en lo que tenemos puesto el corazón y en la medida que así sea.

A Jesús le duele lo que ama. ¿Y qué ama? Al Padre y, por ello, ama todo lo que Él ama. ¿Y qué es? Dios nos ama y quiere que seamos sus hijos, que participemos en la vida divina por toda la eternidad. Ahí tiene Jesús puesto su corazón, en todo lo que ama el Padre. Por ello sufre, porque lo ama y porque ese objeto de su amor lo ve destruido. Cuanto más amamos algo, más sufrimos por su destrucción. Jesús sufre incomparablemente, porque ama sin parangón. Cuanto más se destruye el objeto de nuestro amor, más sufrimos. Jesús sufre indeciblemente, porque la mayor destrucción de los hombres es el pecado, la muerte del alma. Y todos además hemos pecado (Rm 5,12). Por ello, la pasión de Jesús abarcó toda su vida.

Es incomparable de qué sufre. Y, sobre todo, quién sufre. La esencia divina es impasible, porque es absoluta perfección. Sin embargo, al sufrir el hombre Jesús, quien sufre es el Hijo de Dios; ese sufrimiento es suyo. Y, porque es suyo, es de las otras personas divinas (cf. Jn 17,10), porque cada una de ellas está en las otras.

Mas todas estas palabras no quieren ser una respuesta. Si lo son, no las leas, olvídalas. Sólo quieren ser un dedo que señale, que diga: "Mirad, fijaos". No te quedes en ellas. Que sea Jesús quien te hable, que Él te abra el interrogante y te diga donde está su dolor, para que su amor y su dolor sean los tuyos.

Continuaremos.

miércoles, 10 de junio de 2009

Las uvas de la zorra y Zapatero

Si tenéis algún comentario al artículo, podéis hacérmelo aquí.

El Mesías de Händel LXI

A continuación, tras el coro, el tenor, en la misma línea, volverá a decir, refiriéndose a Jesús, lo que en el Salmo se dice en primera persona:
La afrenta le ha destrozado el corazón y desfallece. Esperó compasión y no la hubo; consoladores y no los encontró (Sal 69, 21).
En estas palabras seguimos contemplando a Jesús y, al mismo tiempo, nos vemos también en ellas. Él se ha entregado por entero, el Amor es lo único que sabe hacer. No se ha protegido, se ha dado desnudo desde el centro de sí mismo, desde su corazón. Y este se ha encontrado con la punta de una lanza como respuesta. Pero el soldado que le atravesó el costado somos tú y yo. Nuestras afrentas son la lanzada que obtuvo por respuesta.

La primera palabra, en el diálogo de amor con los hombres, encontró como respuesta el rechazo. Adán creyó que podía construir su vida sin Dios. Nosotros creemos con frecuencia que también podemos prescindir de que el Amor divino sea el suelo sobre el que edificar nuestra existencia. Pero lejos de hacer una sólida construcción, nuestra vida queda asentada sobre la arena. Y no solamente eso, el mal que hemos ocasionado, como riada, revierte sobre nosotros llevándose por delante lo que creíamos haber edificado.

Pero el Amor de Dios, aunque no haya encontrado reciprocidad; aunque viniendo a traer consuelo a nuestras fatigas, haya encontrado desolación por nuestra parte; aunque viniendo a compadecerse, le hayamos respondido con nuestra contra-pasión; lejos de extinguirse, nos da un corazón destrozado convertido en fuente de vida.

Este espejo en el que nos miramos nos dice cómo hemos sido lanzada. Pero también nos muestra la posibilidad de, saciando nuestra sed en ese manantial, ser con-soladores y con-padecedores suyos. La posibilidad de ser otro Cristo a quien con Él le destrocen el corazón.

Continuaremos.

martes, 9 de junio de 2009

El Mesías de Händel LX


Después de haberse situado el oratorio, valiéndose de algunos versículos de Isaías, en una posición confesante respecto al Siervo de YHWH, a continuación, con ayuda del libro de los Salmos, va a dar la visión de los que no ven en Él al Salvador. Primero el tenor, como narrador, y luego el coro, poniendo voz a los que rechazan al Siervo e imitando Händel el rumor y chismorreo de la gente, cantan:
"Al verlo se brulan de él, hacen visajes, menean la cabeza: "Acudió al Señor, que lo ponga a salvo; que lo libre si tanto lo quiere" (cf. Sal 228s).
De nuevo, Jennens, el libretista, hace uso del mismo recurso, pero en este caso tiene una profundidad especial. La primera persona del singular es transformada en tercera del singular en el primer versículo. Lo que dice Jesús de sí, "al verme", pasa a ser dicho por otro, por un testigo que narra la escena. ¿Pero qué es lo peculiar en este caso? Se trata del Salmo con el que Jesús ha orado desde la Cruz (cf. Mc 15,34). Por lo que llevamos comentado de El Mesías de Händel, nos hemos dado cuenta de que casi todos los textos pertenecen al Antiguo Testamento. La mayoría de ellos, el anglicano contemporáneo de la composición del oratorio podía encontrarlos en el Book of Common Prayer, por lo que le eran familiares. Hoy en día, también lo son para los católicos -hace no demasiados años no tanto-, gracias a las lecturas bíblicas en la eucaristía en legua vernácula. Pero la familiaridad no es lo decisivo, sino que sea una palabra viva que hable del Mesías.

Este Salmo además nos dice algo más. Está en boca de Jesús en la Cruz. El AT y toda la Escritura, no solamente hablan de Jesús, sino que es el mismo Jesús quien habla y lo hace de sí; por ello, como decía S. Jerónimo, el desconocimiento de la Escritura es desconocimiento de Cristo. El Salmo 22 no es solamente una palabra anticipadora de lo que le va a pasar a Jesús, sino que es la misma acción de Jesús, que es tanto como decir que es Jesús en acción. Por eso, la escucha del AT y de toda la Biblia no es solamente oír cosas sobre el Hijo de Dios, sino contemplarle a Él mismo en la fe. Para quienes vivieron antes de Jesús, el AT lanzaba hacia el futuro; para nosotros, no es simplemente un texto a cotejar, para comprobar su veracidad, con los hechos de Jesús. Es una imagen de Jesús realizada. Y tomar las palabras de Jesús, como hace el tenor, si se hace en el Espíritu, es la palabra más profunda que podemos decir sobre Él, la más íntima oración que podemos dirigir al Padre y el mejor espejo de nosotros mismos.

Sí, es también un espejo de nosotros, no solamente de los que no son discípulos. ¿Qué hacemos, al pecar, sino burlarnos de Él, de que la Cruz sea salvadora y el lugar de la manifestación del poder de Dios? Y, cuando en las dificultades y adversidades, huimos desconfiando del poder de Dios, ¿qué estamos haciendo sino unirnos al rumor de los se mofan de Jesús?

Continuaremos.

lunes, 8 de junio de 2009

¿Sacerdotes célibes o célibes sacerdotes?

J. M. Vidal escribía: "El celibato obligatorio de los curas hace aguas por todas partes y en todas partes. Tanto en la teoría como en la práctica". ¿Pero es esto verdad? Los escándalos, tanto en cantidad como en calidad, parecerían ratificar este aserto, que, por otra parte, tiene a su favor el ir a favor de corriente cultural. Sí, de esa creencia consistente en dar por sentado que la sexualidad solamente se puede vivir en una determinada dirección o que incluso considera que la abstinencia sexual es fuente de todo tipo de males o patologías. De lo cual no solamente es víctima el celibato, sino también una determinada manera de entender las relaciones sexuales dentro del matrimonio. Pero vengamos a nuestra cuestión.

Es indudable que algo falla y no porque haya fallos -estos siempre los va a haber-, sino porque el porcentaje y calidad es preocupante. Pero el que algo falle, por grave que esto sea, no quiere decir que lo que esté en bancarrota sea el celibato. ¿Entonces qué es lo que falla? Indudablemente es una cuestión compleja. Solamente voy a tocar tres puntos que, desde mi punto de vista, aunque no sean los únicos son probablemente los más importantes.

Se suele hablar de que los candidatos al sacerdocio deben tener madurez humana, cualidades espirituales, celo apostólico y rigor intelectual. Y que esto debe ser cultivado en el Seminario. Todo ello parece evidente. Pero, en el punto que tratamos, hay algo previo a todo esto. La mentalidad generalmente extendida tanto entre los que están a favor como en contra del celibato es que quienes van a ordenarse sacerdotes renuncian a casarse, hacen promesa de celibato o no pueden casarse. Las expresiones pueden ser más o menos variadas. ¿Pero es esto así?

En la práctica, en la mayoría de los casos, aparece el celibato como un añadido al sacerdocio, como un requisito o condición para ordenarse, de modo que el que quiera ser sacerdote tiene que querer ser célibe. Sin embargo, esta mentalidad me parece que distorsiona el sentido profundo del celibato sacerdotal. No se trata de que el que quiera ser sacerdote tenga que ser célibe, sino que es justamente todo lo contrario. La Iglesia, en sus diócesis de ritos latinos, elige a los candidatos para el sacerdocio entre los célibes. Por eso, no ordena a casados. Es decir, que, en mi insignificante opinión, habría que empezar por ahí, por elegir a quienes tengan vocación al celibato. Incluso cabría pensar en que lo vivieran ya de forma consagrada.

La segunda cuestión, no por orden de importancia, es que los monjes y frailes viven su voto de castidad comunitariamente. En principio, la comunidad del presbítero diocesano debería de ser aquella de la que es pastor. ¿Es esto así? Seamos sinceros; a nuestras parroquias, las llamamos muchas veces comunidades parroquiales, pero, de facto, están muy lejos de serlo. Es decir, el presbítero está privado de vivir su celibato en comunidad y esto es una carencia muy importante.

Por último, aunque no sea lo menos crucial, el celibato cristiano es impensable al margen de la espiritualidad. Si no hay una comprensión de la vida de fe como un crecimiento continuo, el celibato, también el matrimonio, tienen muchas posibilidades de fracasar. Acaso esto sea sobre lo que más se pone atención de los tres puntos tratados, aunque no pocas veces quede en tener vida de piedad, entendida casi como gimnasia de mantenimiento.

Me parece que si no se abordan estas tres cuestiones a fondo o solamente alguna de ellas, estaremos redecorando la casa o cambiando tabiques, pero el problema de cimentación, quedará pendiente.