domingo, 22 de noviembre de 2009

¿Alguna guerra es justa?

Os invito a leer esta reseña que he escrito de un libro.
Os pido disculpas a los contertulios del blog, especialmente a Mrs. Wells, a quien he tenido seis días sin publicarle un comentario. He estado una semana de retiro y, justo cuando iba de viaje a mi destino, caí en la cuenta de que se me había olvidado poner la entrada que había pensado para deciros el porqué de mi silencio. Ahora lo sabéis, aunque tarde y a destiempo. En fin, perdonadme. Si hasta el mejor escribano echa un borrón, qué no haré yo que ni con mucho me acerco.

domingo, 15 de noviembre de 2009

Antífona de comunión TO-XXXIII.1/Salmo 73(72),28

Para mí, lo bueno es estar junto a Dios, hacer del Señor mi refugio (Sal 73,28).
En las antífonas de comunión, encontramos palabras que Cristo nos dirige, otras veces se las decimos nosotros a Él. En ésta, se trata de palabras de confesión que expresan ante los demás algunos aspectos de la comunión. Pero, como los hombres estamos ante nosotros mismos, son también un decirnos a nosotros. Y todo ello ante Dios. Este decir a los demás lo que sea la Eucaristía, lo es, en un primer momento, a los otros hermanos en la fe que participan en la misma celebración. El ponerme en pie y procesionalmente acercarme a comulgar es una confesión. Pero el sacramento es alimento para el camino hacia la total comunión con Dios por toda la eternidad. De modo que esa otra procesión, en todos los momentos de la vida, es también confesión.

"Lo bueno es estar junto a Dios". Esto no depende de que yo así lo determine; no soy la fuente del bien y del mal, sino que por ser Dios la Bondad misma, es Él quien define y es en relación a Él como todo queda definido. Pero yo soy libre y puedo decidirme respecto a la Bondad. Estar junto a Dios es una llamada. Y, cuando me defino así, cuando el deber ser se actualiza positivamente en mí, entonces digo con verdad que para mí lo bueno es estar junto a Él. "Para mí" no es, en este caso, una opinión intercambiable con tantas otras posibles, sino el haberme configurado con aquello para lo cual he sido creado.

Una definición de mí en relación a Dios en la peregrinación de la vida. En espera de estar en plenitud y eternamente junto a Dios, en la tierra, la mayor cercanía la tenemos en la comunión. Pero dándosenos por entero en ella, nosotros lo recibimos, le damos nuestra cercanía a veces en pequeña medida. No nos debe bastar, aunque sea imprescindible, estar en gracia de Dios. Cuanto más purificados, más cercanos nos hacemos al absolutamente cercano; cuanta más limpieza de intención, más verdad será que para mí lo bueno es estar junto a Jesús.

"Hacer de Él mi refugio". Fuera de Él no dejamos de existir, como cuando una planta tiene las raíces fuera de la tierra. Pero, lejos del ámbito divino, estamos en la inclemencia; sí seguimos siendo, pero como muertos en vida, con la muerte del alma. Viniendo de la lejanía a la casa del Padre, la comunión es confesión de nuestra debilidad, de la necesidad que tenemos de Él, de que nos proteja con su clemencia. Él es la bondad que me refugia del mal, cuando estoy junto a Él no hay miedo.
Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque Tú vas conmigo:
tu vara y tu cayado me sosiegan (Sal 23,4).

sábado, 14 de noviembre de 2009

Perseverar hasta el final. Lc 21,5-19

Los textos de la literatura apocalíptica que en la Biblia hablan del final del mundo son abundantísimos. A lo largo de la historia ha habido muchos intentos para intentar traducir en detalle a fenómenos geológicos, astronómicos, fechas precisas, identidad del Anticristo, etc. dichos pasajes. El paso del tiempo ha ido desmintiendo todas estas especulaciones. Sin embargo, siempre hay gente dispuesta a intentarlo.

¿Cómo se concretarán todas esas profecías? Cuando llegue el momento lo sabremos. Mientras tanto, en vez de dedicar nuestra energías a algo, cuando menos, de poco provecho -si fuera de verdadero interés el magisterio de la Iglesia ya habría concretado detalles-, lo mejor es centrarnos en qué actitud tomar, qué respuesta dar sea cual fuere la concreción de esos anuncios.

Tanto ahora como al final de los tiempos (cf. C.E.C. nn. 675ss) la fe del creyente está puesta a prueba y tanto ahora como mañana o cuando sea, sea grande o pequeña la tentación, la respuesta del creyente ha de ser siempre la misma. El evangelio de este domingo es claro, apoyados en la gracia de Dios y no en nuestras solas fuerzas (cf. Lc 21,14s) hay que perseverar hasta el final: "Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas" (Lc 21,19).

[Por la tarde en misa, me he dado cuenta de que este evangelio es el del año que viene. Dios habrá permitido que me confunda por algo; espero que le haya servido a alguien este traspiés]

jueves, 12 de noviembre de 2009

El Mesías de Händel LXXVI

Y el tenor, en un segundo paso, canta:
Los quebrantarás con cetro de hierro,
los quebrarás como jarro de loza (Sal 2,9).
Entronizado a la derecha del Padre, Jesús ejerce como Rey sobre toda la historia y rige con amor sus destinos. Pero entonces, ¿por qué habla de quebrantar y quebrar con su cetro? ¿Es que Dios no obra con amor ante quienes se sublevan?

Dios es amor y ciertamente su obrar es así. Con frecuencia hay pasajes de la Escritura que chocan con nuestra expectativa. Estos pasos, precisamente porque rozan con nuestra mentalidad, nos ofrecen una gran riqueza. Ese escándalo que sentimos ante ellos es ya un acto de amor divino. La Palabra quiere romper la precomprensión que nos impide ver el amor de Dios en todo. Cuando un versículo, cuando un relato, me choca, me está haciendo una llamada a pararme y a dejar que esa Palabra viva y eficaz obre en mí. Una llamada a la mansedumbre, a la docilidad, a confiar en que Dios lo hace todo bien, a la humildad de que sea Él quien hable y no que lo juzgue mi mentalidad aún pendiente de purificación.

Para acercarnos al misterio divino, las palabras se nos quedan cortas y, con frecuencia, recurrimos a las metáforas para que, por medio de una imagen, transporten a nuestro entendimiento desde lo comprensible a lo incomprensible. El fuego siempre actúa igual, pero sus efectos son distintos según me sitúe respecto a él. Si estoy a una distancia adecuada, me da luz y calor; si me acerco en exceso, me quema. Análogamente ocurre con Dios; pero qué torpe resulta la imagen, pues el fuego no actúa ni consciente ni voluntaria ni libremente y Dios de manera absoluta sí. Y mi posición ante el fuego, al ser yo más que una realidad meramente material, siempre lo es desde una superioridad ontológica; Dios, en cambio, es el infinitamente soberano.

Él no puede sino regiamente amar libremente, pero nuestro rechazo a su amor comoporta el que ese amor nos rasgue por dentro, porque rechazamos nuestra más profunda identidad. Rechazamos lo que nos sostiene en el ser y rechazamos al único que plenifica nuestra existencia. El pecado, digámoslo una vez más, es la más profunda contradicción, es negación de uno mismo al negar al Amor que me afirma.
Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él. El que cree en Él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios (Jn 3,17s).
Por ello, las palabras que Dios les dice a Adán y a Eva tras el pecado son un acto de amor (Gn 3,16-19). Las consecuencias del pecado nos recuerdan continuamente nuestra debilidad, que no somos dioses, que necesitamos un Salvador; son una llamada a la conversión. Cuando sentimos el suave centro divino convertido en hierro quebrantador, que estamos rotos como loza, cuando aún estamos a tiempo, demos gracias por sentir ese juicio divino y como mendigos pidamos su perdón.

Todos nuestros actos son definitorios, pero la muerte, además de definitoria de nuestra personalidad, es definitiva. ¿Qué será vivenciar eternamente el Amor como cetro de hierro quebrantador? ¿Qué será palparse eternamente como un jarro hecho añicos?

miércoles, 11 de noviembre de 2009

Onanismo social

Dos noticias sobrecogedoras, aunque no sorprendentes. La junta de Extremadura ha comenzado una campaña para fomentar la masturbación entre los jóvenes de esa región y, en una reunión de la UGT, a los participantes se les ha regalado un chisme para estos menesteres. En uno y en otro caso, más o menos directamente, en mayor o menor cantidad, está por medio el dinero público.

¿Pero qué es la cultura imperante, nuestra sociedad? Pues eso. No hay más realidad que la inmanente, el mundo está cerrado sobre sí mismo, no hay trascendencia y cada uno se va encerrando en su propio microcosmos en creciente individualismo. La sexualidad -por englobar a la persona entera tiene una gran potencia simbólica, en el sentido más fuerte de esta palabra- ha perdido de tal modo la trascendencia, que ya no es que no esté presente Dios, es que ya ni se ve al otro en tanto que alguien ni a uno mismo. Incluso cuando está presente alguien, las imágenes en películas y vallas publicitarias lo que trasmiten es una masturbación a dos.

El mundo clausurado en su inmanencia, es decir, secularizado, en un materialista arresto domiciliario, solamente cuenta con lo que tiene al alcance de la mano para darse la felicidad o, al menos, para anestesiarse y no sentir el ahogo del vacío de Dios que, en el fondo, siente. El placer es, a la par, sucedáneo de felicidad y analgésico. No todos tienen al alcance de la mano el placer del éxito o el poder, de la dominación o la posesión, pero todos tienen la posibilidad del idolatrado placer venéreo, aunque sea convirtiendo en cosa al otro o a uno mismo, aunque sea instrumentalizando.

Y, en esta situación, el hombre está solo, muy solo. Está sin el Tú divino, sin el divino diálogo. El hombre sin esa palabra totalmente otra, que lo habla como a alguien, está solo y los hombres, sin Padre y Creador común, cada vez más distanciados. Sin el gran Amor, el amor va quedando reducido a lo instintivo y los ojos cada vez más tristes e inexpresivos. Tras la máscara (prósopon, persona) va desapareciendo el rostro del quién que la llevaba más allá del qué. Como en los cuadros de Modigliani, sólo queda oscura oquedad ocular. La máscara sin alguien ya no es máscara, es solamente una cosa.

Y el dios Estado nos va dedicando a todos a la prostitución sagrada, aunque solamente sea vía impuestos. Qué trasgresor resulta mirar a alguien a los ojos, mirarle a él.