lunes, 30 de agosto de 2010

Antífona de comunión TO-XXII.2 / Mateo 5,9s

Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán "los hijos de Dios". Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos (Mt 5,9s).
La Eucaristía es el Cielo en La Tierra y, por ello, es espacio de dicha y bienaventuranza. Es momento de encuentro con el feliz Jesucristo, nuestro único gozo. En ella, nos encontramos con la verdad de las bienaventuranzas y vivimos anticipadamente lo que ellas serán por toda la eternidad.

Contemplamos a nuestro modelo de felicidad, que se nos hace presente. Jesús es el que ha trabajado por la verdadera paz, es decir, por la reconciliación de lo que había dividido el pecado. Ha devuelto la paz entre el hombre y Dios, del hombre con los hombres, con el resto de la creación y consigo mismo. Él es el Hijo de Dios y, tras llevar a cabo la obra reconciliadora de la Cruz, está sentado a la derecha del Padre.

Jesús es el perseguido por causa de la justicia. Es el sumamente inocente que ha muerto "in-justiciado" en la Cruz por hacer la voluntad del Padre, por serle en todo obediente. Y es el que, tras recibir el no de los hombres, que es la negación de Dios pues lo es de la justicia que Él traía, ha sido entronizado y, como Rey eterno, gobierna el universo.

Pero, en la Eucaristía, no solamente cobran actualidad, se hacen presentes, estos misterios de la dicha de Cristo. Es que esa bienaventuranza ahí se nos brinda. De modo que es para los pacificantes y los perseguidos por el nombre de Jesús. Estar reconciliados, anunciar la reconciliación de Dios y obrarla; buscar en todo el Reino de Dios y su justicia son preparación y disposición adecuadas para la comunión.

Y es la participación en el misterio pascual la que hace posible que trabajemos por la paz y la justicia. De modo que la vida de gracia es como una creciente espiral. Jesús nos introduce en su reconciliación y nos da el deseo de la justicia divina y, en cuanto lo secundamos, así con Él comulgamos y, en la medida que entramos en comunión con Él, así crecemos en reconciliación y justicia. Pues recibirlo es unirnos a Él; y caminar hacia la comunión, ¿qué es sino buscarle a Él, justicia de Dios?

De modo que, en la Eucaristía, encontramos la dicha de ir creciendo en la filiación divina recibida en el bautismo, en el que fuimos reconciliados con Dios. Y, en ella, se va dilatando nuestra participación en el Reino de Dios del que entramos a formar parte en el bautismo, en el cual, al acercarnos a sus aguas, rechazábamos a Satanás y nos adheríamos a la justicia de Dios al profesar la fe en Él.

domingo, 29 de agosto de 2010

Antífona de comunión TO-XXII.1 / Salmo 31(30),20


¡Qué bondad tan grande, Señor, reservas para tus fieles! (Sal 31(30),20).
Ante quien tiene delante, el comulgante queda prendido por la admiración de la grandeza ante la que se encuentra. Son muchas las distracciones, a veces la rutina, no pocas una fe apenas saliendo de la hibernación, pero, a nada que nuestra atención esté despierta, se ha de apoderar de nosotros la verdad de quien tenemos tan cerca y embargarnos en la atracción de su belleza que nos mueve a la alabanza.

Esta moción espiritual individualmente vivida es convergente con la de los demás y llamada a traducirse en canto gozoso de glorificación. Es frecuente que esto se vea frustrado, tristemente también que en muchos no se eche de menos. Lo ideal sería que unánimes y unísonos cantáramos la antífona con sus estrofas sálmicas.

¿Acaso esa bondad que, como en tabernáculo, está reservada en el seno de la Trinidad, no es para desbordar nuestro ser en alabanza y amor? Sí, como si fuera un sagrario, pues el Sumo Sacerdote, Cristo Jesús, que es la víctima que se ofrece al Padre y se nos da en alimento, ha penetrado en el Santuario celeste. Está ahí para que quienes lo pregustamos ahora gocemos de Él tras la muerte eternamente, para que participemos de su bondad divina por siempre.

Y está reservada para sus fieles. ¿Y quienes son estos? Deja que tu alabanza hable de tu fe, te diga la verdad de tu fidelidad.

sábado, 28 de agosto de 2010

Antífona de entrada TO-XXII / Sal 86(85), 3.5

Piedad de mí, Señor; que a ti te estoy llamando todo el día, porque tú, Señor, eres bueno y clemente, rico en misericordia con los que te invocan (Sal 86(85), 3.5).
Como en tantas otras antífonas, en ésta encontramos claramente resaltados los dos polos de la celebración, que son también los de la vida. Por una parte, Dios, pleno de bondad y misericordia; por otra, el creyente, miserable pecador y necesitado de la clemencia divina.

Entre estas dos orillas, hay un puente tendido por Dios al descubrirle al hombre su situación y, a la par, el amor que Él le tiene. Pero el hombre tiene que recorrerlo, ir al otro lado, pero no tiene fuerzas suficientes para llegar allí; en un primer momento, sólo tiene el aliento recibido para pedir.

El salmista ora incesantemente. No lo hace solamente en alguna ocasión o muchas veces o casi siempre. Su oración es sin intermisión, todo el día, a la luz del Sol y de la Luna, tal y como nos enseña y manda el apóstol: "Orad sin cesar" (1Tes 5,17). Ésta es una de las cuestiones en torno a la cuales se desarrolló la espiritualidad cristiana en los primero siglos de la Iglesia.

Esta oración incesante, como nos indica la antífona, es la preparación adecuada para la Eucaristía. Mas también es un camino en la vida y, por ello, mientras no hayamos llegado al orationis status, nuestra disposición para la celebración tendrá que ser estar aparejándonos para esa oración ininterrumpida. El creyente debe determinarse y progresar decididamente hacia el estado de oración, purificando su corazón de toda afección desordenada, abriendo su atención a lo infinito y eterno, a Dios.

Y es que la espiritualidad del creyente no es sino el desarrollo y crecimiento de la vida recibida en el bautismo.

jueves, 26 de agosto de 2010

El Castillo en el Cielo

Gracias a un amigo, he podido ver en DVD, con la entusiasta compañía de una nube de sobrinos, El Castillo en el Cielo de Hayao Miyazaki. Y he disfrutado doblemente, por el infantil regocijo y por la calidad del trabajo. Sencillamente una gran película; en todos los aspectos habría que darle una elevada calificación. Las referencias cultas, aunque el público de pre-escolar y primaria no las capte, son abundantísimas, tanto de cine como de pintura o literatura. Voy a detenerme brevemente en una de ellas, la que le da el verdadero fondo de misterio a este trabajo y lo lleva a trascender los géneros fantástico y de aventuras.

Sheeta, la niña protagonista, posee un objeto que es el que da acceso a una leyendaria isla flotante en el cielo. Dos grupos tratan de hacerse con él para poderse apropiar de las riquezas y el poder científico que habría poseído la civilización extinta de ese mundo fascinante y atrayente. Pazu, un amigo que encuentra la pequeña, tratará de ayudar a la perseguida.

La película Naves misteriosas (Silent Running, 1971) de Douglas Trumbull concluye con el invernadero de una nave espacial, lo único que queda de vegetación de La Tierra, a la deriva, cuidado por un robot-jardinero y sin presencia humana. Algo parecido es lo que se encuentran Sheeta y Pazu al llegar al castillo en el cielo y así es como concluirá la cinta.

Una imagen sobrecogedora y muy expresiva. Un jardín y un jardinero robótico envuelven un enorme silencio, una indescriptible ausencia. ¿Dónde está quien los hizo y le dio a uno la misión de cuidar y cultivar y al otro de embellecer, dar frutos y amenidad? ¿Dónde se encuentra aquél para el cual es ese pequeño Edén? Teodicea pura implícita en cine de animación.

Acaso cultivando y cuidando esta tierra nuestra para su Creador llenemos del silencio del misterio nuestro mundo.

lunes, 23 de agosto de 2010

Antífona de comunión TO-XXI.2 / Jn 6,55


El que come mi carne y bebe mi sangre -dice el Señor- tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día (Jn 6,55).
La Eucaristía es el memorial del sacrificio de la Cruz. Y, lo mismo que quienes participaban en los sacrificios veterotestamentarios -salvo que toda la víctima fuera para Dios- comían parte de lo ofrecido, así quienes toman parte en la misa pueden comer de la víctima. En el holocausto, toda era para Dios y, por ello, quienes lo ofrecían no podían comer. Aquí también Cristo se ofrece totalmente al Padre, pero nosotros podemos comer a la víctima en su totalidad. Jesús es todo para Dios y se nos da también a nosotros totalmente.

No es como si lo comiéramos, no es un simple recuerdo psicológico escenificado. Se trata, aunque de modo incruento, de un banquete sacrificial. Y a quien comemos es al Logos eterno del Padre. Por ello, esta manducación es como una audición. De modo que, para comer y asimilar esta divina comida, debemos tener presente la parábola del sembrador.

Hemos de ser tierra buena para recibir a Cristo, ese grano que muere para darnos vida eterna. Y así, en el presente, tenemos ya esa vida divina y la esperanza de que nuestros cuerpos serán por Él resucitados al final de los tiempos.

domingo, 22 de agosto de 2010

Antífona de comunión TO-XXI.1 / Sal 104(103),13.14s


La tierra se sacia de tu acción fecunda, Señor; para sacar pan de los campos y vino que alegra el corazón del hombre (Sal 104(103),13.14s).
Toda la creación se sacia con la acción de Dios sobre ella. Todo ha sido creado no para ser abandonado por su hacedor, sino que todo tiene su plenitud de ser en la acción continua de Dios en sus criaturas. Todas las criaturas tienen hambre de que Dios siga obrando en ellas, que las siga dando ser, que las lleve a la plenitud de su realidad.

Las criaturas tienen otra plenitud, más allá de seguir siendo, y es la que encuentran en la historia. El hombre re-obra sobre ellas dándoles una finalidad. Esta acción humana no es ajena a la de Dios. Nosotros no imprimiríamos ese sello sobre las cosas si Dios dejara de sostenernos en el ser, si no nos hubiera dado la capacidad de nombrar las cosas. El hombre cultiva la realidad. No solamente cosecha trigo y vendimia uvas, además hace pan y vino, con todo lo que ello comporta. Pueden ser para la fiesta familiar, que alegra el corazón del hombre, y para la ofrenda cultual, como hizo Melquisedec (cf. Gn 14,18).

Pero, además de la plenitud histórica, tienen una mayor, la que les da Dios haciéndolas expresión de su misterio. Los sonidos, en la historia, son palabras, y Dios las lleva más allá y las palabras humanas son, en labios de Jesús, palabras divinas, así como en las Sagradas Escrituras. En los sacramentos, además de ser ocasión para la presencia del misterio, sirven para un signo eficaz de gracia.

En la Eucaristía, bendecimos a Dios por el pan y el vino. Son fruto de la tierra y del trabajo del hombre, son realidad natural, pero tienen también la impronta de la historia; y todo ello gracias a la acción de Dios, por ello lo bendecimos. Pero por su acción irán más allá, serán transformados en el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

Y nosotros, por el bautismo, somos llevados más allá de nosotros mismos y hechos hijos de Dios. Y la gracia de la Eucaristía nos va haciendo crecer en la divinización. El hombre se sacia con la acción fecunda de Dios.

viernes, 20 de agosto de 2010

Antífona de entrada TO-XXI / Sal 86(85),1ss


Inclina tu oído, Señor, escúchame. Salva a tu siervo, que confía en ti. Piedad de mí, Señor, que a ti te estoy llamando todo el día (Sal 86(85),1ss).
La celebración es un diálogo entre Dios y su pueblo. En toda conversación, no es solamente necesario que se hable, sino también que se escuche. Si nosotros entramos en conversación con Él, es porque ha tomado la iniciativa. Aunque, en principio, no tengamos por qué pretender que nos escuche y nos hable, a la celebración de la Eucaristía acudimos esperanzados, pues ha sido Él quien nos ha invitado ha conversar, a dialogar con Él.

Y también nos enseña a hacerlo. El se muestra como el que dialoga con el hombre. Qué estremecedor es escucharle, por ministerio del ninfagogo del salmo 45, decirnos: "Escucha, hija, mira: inclina el oído" (Sal 45,10). Invitándonos a escuchar, nos enseña a situarnos en actitud de diálogo con Él, a pedirle que nos escuche, a saber que no podemos imponerle nuestras palabras.

Por la escucha, comenzamos a responderle a Dios, pues lo primero que nos pide es que le prestemos atención. De la escucha, nace el seguimiento y la obediencia a su palabra, es la fuente de lo demás. Cuando Jesús es preguntado por el primer mandamiento, nos recuerda el paso del Deuteronomio conocido como el Shemá (Escucha):
Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es solamente uno. Amarás al Señor, tu Dios, con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas. Las palabras que hoy te digo quedarán en tu memoria, se las repetirás a tus hijos y hablarás de ellas estando en casa y yendo de camino, acostado y levantado. [...] (Dt 6,4-7).
Y a Dios le pedimos que nos escuche y le decimos que tenga piedad de nosotros. Le hemos escuchado como Señor y esto nos ha enseñado la humildad y el reconocer su grandeza, que Él es quien nos puede salvar. El entrar en diálogo con Dios, como respuesta a su invitación, es la escuela de la verdadera piedad. Nos hemos situado en la debilidad que somos, ante el más fuerte y misericordioso.

Y le pedimos una palabra de respuesta, a nosotros que hemos aprendido de Jesús a orar ininterrumpidamente: que tenga piedad de nosotros. Y su palabra de respuesta es su Logos eterno que se entrega en la Cruz. La Eucaristía es lo que Dios nos da en este diálogo de amor que quiere mantener con nosotros.