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domingo, 24 de julio de 2011

Antífona de comunión TO-X.2 / 1 Juan 4,16

Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él (1Jn 4,16).
La Eucaristía es el memorial de la entrega de Jesús en la cruz, en ella el misterio pacual se hace presente. Y los creyentes, por la fe, conocen en él cómo nos ha amado Jesús y, por ello, cómo le ama el Padre, cómo es el amor trinitario: "Como el Padre me ha amado, así os he amado yo. Permaneced en mi amor" (Jn 15,9). Ese amor de cruz no es conquistable; a lo que estamos llamados es a permanecer en donde no podemos auto-colocarnos, donde hemos sido puestos. Adán no se introdujo en el Paraíso, su tarea era permanecer en donde, desde el primer momento, había sido puesto. Pero, aunque no podamos ponernos ahí, en el amor de Dios, lo mismo que Adán pudo auto-excluirse del Paraíso, así nosotros podemos salir del amor divino.

La Eucaristía nos manifiesta ese amor de Dios y que estamos en él. Y es ese amor comulgado el que nos capacita para la permanencia en ese amor. ¿Y cómo permanecer en ese amor? El que guarda los mandamientos de Jesús, ese es el que permanece en su amor (cf. Jn 15,10).

¿Y cuáles son esos mandamientos? Ese misterio pascual nos dice del amor de Dios y de nuestro estar en él, nos capacita para permanecer en él y nos habla de cuáles sean sus mandamientos, pues el amor, la escucha del amor, nos llama a amar. A amar a Dios; a amar al prójimo, es decir, a ser prójimo de todo necesitado con el que nos encuentre en el camino; a amar a los enemigos; a amarnos los discípulos los unos a los otros con amor crucificado. En el mandamiento del amor, se encierran la Ley y los Profetas. El amor divino es un imposible si se margina una yod de la Escritura. Cualquier avaricia, soberbia, pereza, lujuria, ira,... es merma en el amor o incluso, según la gravedad, negación.

Y la vida Eucarística, esto es, la vida en el amor, en la permanencia en él, en el cumplimiento de la voluntad de Dios con su amor, pues con él es como amamos divinamente, es vida divina, vida trinitaria. Pues es un estar en Dios y Dios en nosotros.

[Si no me equivoco, con esta glosa, concluimos el comentario de las antífonas principales del misal]

lunes, 17 de enero de 2011

Antífona de comunión TO-II.2 / 1 Juan 4,16

Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él (1Jn 4,16).
La Eucaristía es memorial del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, pues lo es de su misterio pascual. Esto hace que la celebración sea un lugar de encuentro con ese amor, no de un conocimiento conceptual del mismo, sino que lo que se hace presente es el amar mismo de Dios.

Y que sea encuentro, que ese Amor nos salga al encuentro, quiere decir que la Eucaristía es lugar para conocer cómo es ese Amor, conociéndolo en cómo me está amando. Jesús revela quién es Dios y su misterio de salvación para con nosotros. Jesús al realizar la voluntad salvífica de Dios desvela quién es Dios y Dios se revela, como Amor que es, amándonos en Jesús. El Amor no es una cosa estática, es acción y la pura acción es Amor, es amar y el Amor es pura acción pura. Dios no tiene la inmutabilidad de una piedra inerosionable, sino la de la sola acción pura, sin sombra de potencia. Su inmutabilidad no es inacción, sino pura acción. Conocemos a Dios en su acción y su acción nos lo desvela. La humanidad de Cristo es perceptibilidad de acción divina, del Amor.

Pero ese amor de Dios manifestado en la oblación crucial de Cristo es cognoscible por fe. En la presencia sacramental del misterio pascual, en la recepción en la comunión del don de sí mismo que Jesús hace, conocemos y creemos que el amor de Dios para con nosotros es; no es una ilusión, ni un concepto, ni una proyección, sino que es. El Amor es Verdad.

[Un comentario a la otra antífona de comunión de este formulario segundo del Tiempo Ordinario lo tenéis aquí]

sábado, 9 de octubre de 2010

Antífona de comunión TO-XXVIII.2/ 1Juan 3,2


Cuando se manifieste el Señor, seremos semejantes a Él, porque lo veremos tal cual es (1Jn 3,2).
"El Cuerpo de Cristo". Mientras el ministro lo muestra a cada comulgante, esto es lo que dice uno a uno para que cada quién manifieste individualmente su fe. Se trata de un momento en que vivimos anticipadamente las realidades escatológicas.

Estamos ante una epifanía. El mismo Jesús se nos manifiesta. Ciertamente con apariencia de pan, pero es Él quien se nos hace presente. En ella, no hay nada espectacular, como aquéllas de las que fueron testigos los israelitas en el desierto, más bien todo lo contrario. Sin embargo, es una mayor manifestación, pues la presencia es cualitativamente superior. El Cuerpo de Cristo no está presente en el pan, sino que es su Cuerpo; ya no hay pan, solamente su apariencia. Ahora bien, siendo una manifestación superior por ser sustancial, con todo, lo es bajo la apariencia de pan. Estamos pendientes de la Parusía, de su manifestación en gloria.

A la manifestación, como a otra cara de una misma moneda, le corresponde un conocimiento. Jesús se nos hace presente en la Eucaristía y nosotros lo contemplamos con la fe. El mero entendimiento humano solamente intelige que se trata de pan o, en su caso, de vino, pero no puede conocer que es el Cuerpo o la Sangre de Cristo. Nuestra inteligencia es sentiente, pues no somos ángeles; no conocemos al margen de los sentidos, pues no conocemos prescindiendo de nuestro cuerpo. Sin fe, el conjunto de sensaciones (color, forma, peso, olor, sabor, tacto,...) inteligidas nos llevarían a juzgar que es pan o vino.

En virtud de la fe y gracias a los sentidos, pues la fe también es sentiente ya que creemos en cuerpo y alma, sabemos que es el Cuerpo o la Sangre del Señor. ¿Cómo podríamos decir esto es el Cuerpo de Cristo sin los sentidos? No creemos a pesar de los sentidos, sino más allá de la mera intelección sentiente. Lo que no quiere decir que la fe la anule, sino que la eleva. Pero es un conocimiento bajo una apariencia sumamente humilde, un conocimiento que espera el encuentro sin ese velo y sin la limitación de la pequeñez de nuestra condición de peregrinos. Aguardando verlo en la plenitud de su gloria.

Entonces, "seremos semejantes a Él". Mas esa divinización ya ha empezado. La Eucaristía nos va transformando a los que ya, por el bautismo, somos hijos de Dios.

domingo, 26 de septiembre de 2010

Antífona de comunión TO-XXVI.2 / 1 Juan 3,16


En esto hemos conocido el amor de Dios: en que Él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar nuestra vida por los hermanos (1 Jn 3,16).
En varios momentos de la celebración, como ocurre en la comunión, se muestra el Cuerpo de Cristo para la adoración de los fieles. Sí, "se" muestra, pero es Él quien se nos da a conocer. Es el ministro, pero es el Señor quien se pone ante nosotros. Es un tiempo para el reconocimiento y conocimiento del que se me hace presente y ahí, en la mostración de lo adorable, está la llamada a la adoración.

Esta presencia del Señor no es un abstracto, no es descontextualizada. La Eucaristía, digámoslo una vez más, es memorial del misterio pascual, es sacrificio. Por ello, en ella conocemos, por fe, el amor de Dios, porque se nos hace presente quien da la vida por nosotros y somos testigos y partícipes de su oblación. Adoramos el cuerpo entregado y la sangre derramada por nuestra salvación. Adoramos el amor de Dios.

Y la llamada a la adoración del sacrificio de la Cruz, hecho de una vez para siempre, va de la mano de la llamada a la comunión con ese sacrificio. La participación en la Eucaristía queda manca si el comulgante no se convierte él mismo, en unión de la víctima pascual, en oblación, si su vida no se hace un sacrificio conforme al Logos.

Esta entrega, unida a la de Cristo y por ello fecunda, va tejiendo el cuerpo de Cristo, su Iglesia, con lazos de amor crucial. Dar la vida por los hermanos es amarnos los creyentes los unos a los otros como Cristo nos ha amado. La comunión del cuerpo eucarístico de Cristo nos lleva a entrar activamente en la comunión del cuerpo eclesial de Cristo.

En ese amor crucial de unos por otros, en esa entrega mutua, los no creyentes conocen que somos discípulos del Señor. Así la Iglesia da perceptibilidad, ante el mundo, del Cuerpo resucitado del Señor. El amor mutuo es signo que da credibilidad al anuncio de la Resurrección, es también llamada.

[Un comentario a la otra antífona de comunión lo tenéis aquí]