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viernes, 12 de diciembre de 2008

La Cruz de las aulas y VI

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Después de lo dicho sobre este asunto, no solamente nos hemos quedado con unas reflexiones que pueden servirnos para comprender otros problemas de nuestra época, sino que nos vienen algunas preguntas. Entre otras, podríamos hacernos las siguientes: ¿Necesitamos que haya cruces en las aulas? ¿Hay que luchar por que las haya? Y el que las haya, ¿a costa de qué? ¿A quedar reducidas a símbolos de amor entregado o cualquier otra cosa buena?

José Blanco dijo que el era creyente y que creía que no debía haberlas. Me sorprendió oír a un periodista especializado en temas religiosos criticarle, pues éste no concebía que alguien que se considerara religioso pensara que no debía de haber cruces en las aulas. Desde luego, no es un dogma de fe que las haya, aunque tampoco la separación de Iglesia y Estado precisa de su ausencia. A mí, desde luego, me parece respetable que un creyente piense que sea mejor que no las haya; ahora bien, en mi discutibilísima opinión, que sea por razones evangélicas y, cuanto más lo sean, mejor. Con esto no quiero juzgar los motivos del dirigente socialista ni mucho menos juzgar sobre su fe.

[Hago un pequeño paréntesis a raíz de esto. Hay algunos que se dicen católicos, pero la fe o la moral que sostienen poco tiene que ver con el credo y la enseñanza de la Iglesia. Mas los hay también que incluyen, en la denominación de origen "católico", posturas coyunturales, opciones pastorales, devociones, etc. Ni lo uno ni lo otro. Lo discutible es libre y lo de la enseñanza de la Iglesia también, pero en sentido distinto. En lo de fe y moral, se es libre de aceptarlo o no y es lo que le define a uno como católico o no. Luego está la vivencia de ello, que le hará a uno mejor o peor católico, más o menos santo. Y, en lo discutible, se es libre de opinar o de tener unas devociones u otras; pero, en esto, sostener una u otra cosa no define el que sea uno católico o no. Aquí lo que se juega uno es el tener posturas más o menos acertadas; aquí es donde es posible el pluralismo dentro de la Igleia. Aunque apresuradamente y poco matizado, espero que se entienda].

Volvamos al asunto. Con independencia de que deba haber o no cruces en las aulas, este tema me ha llevado a pensar una vez más en la significatividad o insignificancia del catolicismo en España –esto se puede aplicar a otros muchos países–. Las cruces en las aulas son prescindibles, incluso, en determinadas coyunturas, hasta puede ser conveniente que no las haya. Pero hay un signo del que los cristianos no podemos prescindir y que, sin embargo, casi brilla por su ausencia.

Nuestro Divino Redentor dijo que el que no dejara todo y cargara con su cruz no podía ser discípulo suyo, pero de poner cruces en las aulas no dijo nada. En cambio sí nos hablo de un signo inequívoco, que además es mandato: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros igual que yo os he amado, amaos también entre vosotros. La señal por la que conocerán todos que sois discípulos míos, será que os amáis unos a otros” (Jn 13, 34s). ¿Hay ese amor mutuo entre los creyentes?

Aquí no se habla del amor al pobre, al necesitado, al enemigo, etc., sino del amor mutuo entre los discípulos. ¿Es la vivencia comunitaria de la fe algo supererogatorio o imprescindible? ¿No es nuestro cristianismo demasiado individualista? Desde luego es más fácil colgar una cruz de madera que estar siendo crucificado por el carácter, las estupideces y los egoísmos de aquellos con quienes tendría que caminar en seguimiento de Cristo. Y para que el roce con los otros pueda dar lugar a un amor mutuo crucificado (“igual que yo os he amado”) hace falta más tiempo que los tres cuartos de hora de la misa dominical.

En la misma última cena, el Señor, sabiendo lo difícil que es esto, ora al Padre: “No sólo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también lo sean en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado” (Jn 17, 20s). La unión entre los discípulos testimonia que Jesús es el enviado del Padre. Esa unión está hecha con el Amor con que Jesús nos amó y, por ser don de ese Amor, es partícipe de la que hay entre las tres divinas personas.

Todos los símbolos que hablen de Dios son buenos, pero éste es el gran signo. De éste no podemos prescindir. ¿La insignificancia del cristianismo en nuestra cultura no tendrá que ver algo con esto? Si estas palabras no despiertan en alguien la locura de querer vivir así la fe, me conformaría con que, al menos, hubieran suscitado la nostalgia de la forma de vivir la fe que tuvieron los primeros cristianos.

[Para quienes dejéis algún comentario, tened paciencia. Probablemente hasta el domingo por la tarde no tendré ocasión para poder publicarlos].

martes, 9 de diciembre de 2008

La Cruz de las aulas V

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La entrada anterior de esta serie nos ponía, ante los ojos, que los símbolos tienen un cierto grado de ambigüedad. En el caso de un crucifijo, supongamos, por simplificar, que todo él es de madera, consta de una materia y de la inscripción en una finalidad que le dan los hombres. La madera con las propiedades que esta tiene de suyo, incluida la forma que le ha dado el artesano, con independencia del significado o uso que le queramos dar, son las mismas para todos. Lo que introduce la ambigüedad es que la materia está abierta a que el hombre le imprima una significación, que la inscriba en una determinada finalidad.

Lo original de un crucifijo, la cruz con su crucificado, es ser símbolo religioso del misterio pascual de Jesucristo, por tanto, del cristiano. Pero hemos visto cómo puede ser utilizado para otras simbologías. Para el consejo escolar, el amor entregado; para otros, simboliza lo que hay que apartar de la vista (cf. Is 53, 3).

Pero junto a la materia y a la finalidad que le aplique cada uno y que siempre estará en diálogo, no pocas veces tenso, con la que le den los demás del propio entorno, hay otra cosa en común para todos. Al ser una madera labrada, vemos, aunque no tengamos noción ninguna de lo que pueda significar, que es algo hecho por el hombre. Por ello, aparece ante mí como una interrogación: ¿Qué querrá decir esto? ¿Qué sentido tiene? Al interrogar, abre la posibilidad del diálogo, que puede empezar por ser mono-diálogo, conversación con uno mismo.

Quiera o no quiera, el símbolo empieza por ser signo, señala en una dirección de sentido que invita a ser resuelta. A veces, seguir esa indicación puede llevar a cambiar la vida. Como en el caso, entre otros muchos a lo largo de la Historia, que os voy a contar.

Un japonés, visitando un museo europeo, vio en una vitrina un crucifijo. Mudo, fuera de su contexto, reducido a pieza de arte, como cualquier cosa hecha por el hombre lo interrogó. Y el turista preguntó qué era eso. Le dijeron que el Dios de los cristianos. Si solamente hubiera sido una curiosidad intelectual, probablemente no hubiera llegado mucho más lejos. Pero Dios se puede servir de cualquier cosa para dar perceptibilidad al anhelo de Él que anida en todo hombre. Siguió indagando. Se convirtió, hizo el catecumenado y se bautizó en Ávila, en la pila en que lo fuera Sta. Teresa. Tiempo después profesó como dominico y se ordenó de presbítero.

Esta historia me la contó el sacerdote que lo bautizó. Continuaremos.

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sábado, 6 de diciembre de 2008

La Cruz de las aulas IV

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Continuamos glosando al margen lo de la cruz en el colegio de Valladolid. El consejo escolar decidió que hubiera una cruz en las aulas y lo hizo con una motivación muy concreta, porque era símbolo de amor entregado.

Como se ve, la motivación explícita no era religiosa. Si, para simbolizar eso, hubieran decidido colocar la foto de una madre velando a su hijo enfermo por la noche, tal vez no hubiera habido ningún problema. Aunque quién sabe, tal vez algún colectivo feminista se hubiera sentido ofendido por considerarlo expresión de machismo; seguro que el padre está durmiendo plácidamente mientras la madre sufre una secular explotación cultural. O acaso los ofendidos fueran de un sindicato raro de enfermería; de esas tareas se tiene que hacer cargo el Estado, esa madre está quitando un puesto de trabajo.

Y ahora echad la imaginación a volar, pensad en posibles ofendidos con la estampa que he propuesto. Incluso jugad a soñar más símbolos de otras cosas nobles e idles asignando posibles ofendidos. Conclusión, siempre puede haber alguien que se sienta molestado. Hasta la ausencia de símbolos podría dar lugar a una larga lista de agraviados. Propongo que alguien presente una reclamación donde corresponda alegando que una pared sin crucifijo es un símbolo religioso. Se puede argumentar. El vacío es algo muy budista, por ejemplo. Pero incluso es cristiano; basta con fijarse en el estilo cisterciense.

Situarnos, como suele ser muy frecuente en la cultura dominante, en el punto de vista de la sensibilidad ofendida de alguien, lleva a la tiranía de los más sensibles o de quien quiera pasar por tal. Aunque, claro, esto es limitado. Lo vigente es que solamente sean unas cuantas sensibilidades las que puedan alegar ofensa. Y, como el embrión y el comatoso no tienen demasiada sensibilidad, tampoco pueden sentirse demasiado ofendidos. Éstos últimos son los que menos alegaciones pueden presentar. Lo que ofende tiene que ser tasado objetivamente y no subjetivamente.

Por el camino del subjetivismo, me da la impresión de que vamos hacia la dictadura de la arbitrariedad de unos pocos; la sensibilidad obrará como excusa y fatal argumento coactivo: “¿No querrás ofender a fulanito? ¿Verdad?” Habrá que continuar reflexionando, porque aún quedan algunas facetas interesantes por tocar.

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jueves, 4 de diciembre de 2008

La Cruz de las aulas III

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Los hechos tienen relevancia especial cuando los problemas que en ellos convergen afectan a un amplio espectro de asuntos, en este caso, sociales. Porque lo de las cruces en las aulas no es una cuestión de beatos. En este caso, como en otros semejantes, la respuesta que damos a ellos van conformando el tipo de convivencia que queremos tener. Cuando la contestación es indiscernida de forma reiterada, la sociedad que se va moldeando se aproxima peligrosamente a la turba.

Quizás una de las cuestiones más decisivas, y no está ausente de nuestro hecho, es la relación entre la sociedad y el Estado; por tanto, el lugar del individuo también. Siendo como somos seres políticos -en el sentido de relativo o referente a la polis-, ciudadanos, sociales, si se nos desnuda de un ámbito propio, como es el social, es como si se nos dejara sin atmósfera en el espacio exterior; solos, sumidos en la masa, ante el Estado. 

¿Qué papel tiene la sociedad en los colegios públicos? ¿El Estado posibilita el que los padres tengan un lugar para la educación de sus hijos o asume también el papel de educador? En el centro vallisoletano, el consejo escolar fue el que decidió que se pusiera la cruz en las aulas con una determinada motivación, sobre la que habrá que reflexionar otro día. ¿Qué valor tienen sus decisiones? ¿Era lo acordado algo ilegal o inmoral? ¿Son ilegales o inmorales determinadas cosas en el espacio público? Tengamos en cuenta que un colegio no es un juzgado ni un ayuntamiento ni un parlamento ni una sede ministerial. Estos últimos sí son propiamente espacios de órganos estatales. No hay que confundir público con estatal; aunque todo lo estatal es público, no todo lo público es estatal.

Una de las cosas sobre las que más se habla en temas de educación es de su papel socializador. A los que suelen tener opiniones minoritarias en muchos temas -esto les suele pasar a los que tienen la funesta manía de pensar por sí mismos-, la socialización supone aprender a vivir pacíficamente en minoría, sin formar un gueto, con personalidad suficiente como para no camuflarse o adaptarse al entorno para que lo toleren. La socialización debería suponer personalizar y no masificar y, para ello, no es necesario crear un ambiente que no sea reflejo de la sociedad.

Pero además de la concepción del espacio público y la socialización, hay otras cuestiones en juego que afectan a más aspectos de nuestra vida social. El respeto a los derechos de las minorías no puede suponer la castración de la mayoría; ésta no es culpable de serlo, no tiene que agradecer que la minoría la deje seguir viviendo. ¿Es ese colegio ahora un reflejo de la sociedad o es el sello de un Estado neutral que gusta de formar abejas obreras neutras? ¿Habrá que censurar las opiniones "ofensivas" de la mayoría sobre temas de religión o sobre cualquier otro en los recreos?

La política, la educación y la religión no se pueden delegar, se tienen que ejercer personalmente. Aunque haya políticos profesionales, todos somos políticos y la res-pública debe ser objeto de nuestra atención. Aunque haya profesores y colegios, todos somos maestros, especialmente los padres, y la educación debe ser objeto de nuestra atención y no de nuestra simple delegación, algunas veces hasta solamente tácita. Aunque haya sacerdotes, la religación con Dios es algo personal. Si la estatalización es, en este sentido, la gran amenaza para política y educación, la clericalización lo es para la religión.

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[Nota para los contertulios de este blog: aunque hay que continuar con este tema, como quiera que estamos en Adviento, estoy pensando si ir entreverando una serie comentando los textos bíblicos del Mesías de Händel]

miércoles, 3 de diciembre de 2008

La Cruz de las aulas II

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En la cuestión que nos da pie para estos comentarios, lo mismo que en otros hechos parecidos, una de las cosas que se ha alegado es la neutralidad del Estado. Por lo general, esto es algo que se da por cierto. Como éste, hay muchos otros elementos de cimentación de nuestra vida social que vigen sin haber sido siquiera mínimamente pensados o discutidos. Con lo que con respecto a ellos lo que hay es la creencia propia del carbonero; socialmente tenemos una propensión sumamente rebañega a tomar por cierto lo que se dice, lo que se lleva, lo que se opina. Pero, ¿es verdad que el Estado tiene que ser neutral en materia de religión? Permitámonos el lujo de hablar sobre lo que habitualmente no se habla.

Lo primero que habría que pensar es si aconfesinalidad es sínonimo de neutralidad. Como mucho sería una de las posibles formas de entenderla, pero no la única, y, desde luego, no está dicho explícitamente en la actual y comatosa Constitución que así haya que entenderla en el orden actual.

Pero si no es neutral, entonces tendrá que ser parcial –podría pensar alguno–. Ahora bien, neutral no es sinónimo de imparcial, es decir, de no tomar partido por una sola de las partes. Los órganos e instituciones estatales tienen que ser imparcianles, pero esto no quiere decir que tengan que ser neutrales. Neutral no es sinónimo de imparcial.

¿Qué es ser neutral? En rigor, echando mano al latín, neutral (de neuter= ni uno ni otro) es el que no es ni de uno ni de otro. Entonces, ¿para quién está el Estado? La aconfesionalidad llevaría a que el Estado no favoreciera ni una ni otra ni ninguna confesión religiosa, incluida la fe en el no-Dios (a-theos) o el anti-Dios. Pero esto no quiere decir que el Estado deba tener una neutralidad absoluta en todos los sentidos.

Respecto a las personas, el Estado no debe ser neutral. Si el Estado no fuera ni de unos ni de otros, ¿entonces para qué lo querríamos? El Estado está al servicio de las personas, por tanto, tiene que estar al servicio de unos y de otros, de todos y cada uno. En latín, hay una palabra emparentada con neuter y es uterque que significa uno y otro. Vamos que, en vez de hablar de la neutralidad del Estado, habría que hablar, si se me permite el vocablo, de uterquidad.

Así lo entiende la Constitución (art. 9.2). Los órganos estatales tienen que favorecer el que los ciudadanos, todos y cada uno de ellos, puedan ejercer sus derechos, incluida, claro, la libertad religiosa. Pero incluso, según ese artículo, tienen que facilitar el que se den las condiciones necesarias para que sea posible la vida de los grupos a que pertenezcan las personas, lo que abarcaría las confesiones religiosas. Es que hay derechos, que no se pueden ejercer en solitario; sin otros, su ejercicio es un brindis al Sol. Por tanto, aunque los poderes públicos no tengan que favorecer las distintas religiones, mucho menos una en concreto, sí tienen que facilitar que se den las condiciones para que la libertad religiosa sea posible individual y grupalmente. No se trata de propagar una fe religiosa o todas, sino de estar a favor de que las distintas confesiones puedan llevar a cabo sus fines legítimos.

El concepto de neutralidad está bien para determinados individuos de colmenas y termiteros, pero no para una sociedad, a no ser que el modelo sea el de esas colectividades animales, por tanto, a-personales. El concepto de neutralidad creo que lleva a la castración social, a la anulación de un aspecto importante para cualquier ciudadano, a que del espacio público se expulse algo. La neutralidad, so capa de respeto a todos, al final, no respeta a nadie y toma partido por una postura, la de aquellos que consideran que hay un derecho que no tiene publicidad en su ejercicio: la libertad religiosa.

Habrá que seguir pensando sobre esto.

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martes, 2 de diciembre de 2008

La Cruz de las aulas I

Cuando ya se ha dicho lo indecible sobre la retirada del crucifijo en un colegio, voy yo ahora y me pongo a escribir de ello. Lo hago por dos razones. El suceso, en cuanto que las cosas ocurren y se suceden unas a otras, expresa y va realizando lo profundo de la Historia, el acontecimiento propiamente dicho. Estamos gestando un modo de estar y hechos así son muy significativos. Pero además, la sucesión de cosas es tan rápida que la reflexión no se dilata en el tiempo lo suficiente como para poder posar lo ocurrido. Pasa algo, hay una oleada de reacciones en poco tiempo... ¿y luego?

Esta fugacidad da superficialidad, pues nos roba la memoria. Quien crea que el tema central de Fahrenheit 451 de Ray Bradbury es la censura de libros está, a mi modo de ver confundido; la amnesia, ese es el drama. Ortega, aunque acaso un poco superficial y fugazmente, dice que la memoria, más que la inteligencia, es lo que nos distancia de los animales. Es curioso cómo desde Kant, aproximadamente, ha ido desapareciendo la tríada entendimiento, memoria, voluntad, previamente sumida en la clandestinidad por la bina entendimiento-voluntad; ahora normalmente se habla de entendimiento, sentimiento, voluntad. ¿Por qué desgajar el sentimiento del entendimiento? ¿Acaso el sentimiento no nos da también a conocer la realidad en la valoración de la misma en que estemos? Por cierto, la discípula de Husserl, Edith Stein, tímidamente, en su obra inconclusa por razón de su martirio Ciencia de la Cruz, al contacto con S. Juan de la Cruz, empieza a recuperar la tríada con la memoria.

Sin ésta el hombre se despersonaliza, pues de ser señor de sí mismo, pasa a ser poseído por lo que se va sucediendo, aproximándose peligrosamente al esquema estímulo-respuesta. La memoria nos posibilita el tener dominio, ser propietarios. ¿Problema de avaricia? No. Solamente el que se tiene a sí mismo en sus manos y, consigo, su mundo, puede darse y darlo.

Mañana, después de este pequeño preámbulo, nos sumiremos en la cuestión. Mientras tanto y para ir calentando motores, esta cita de un amigo con quien con frecuencia discrepo, pero al que escucho, porque siempre, aún en el desacuerdo, me descubre algo, aunque sea eso, la postura que hay en mí y que no es suya:

No es, lector, por puritanismo por lo que quien ahora y aquí te predica se revuelve acremente una vez contra el vicio del juego, otra contra el donjuanismo erótico, otra contra cualquier otra plaga social análoga, sino que es porque todo eso degrada la inteligencia y produce la tontería colectiva. Y la tontería es el mayor enemigo de la civilización. […] Soportaría a un pueblo corrompido si fuese inteligente, pero donde hay salas de juego a cada paso y donde la preocupación dominante es la del sexo, el pueblo no es inteligente. […] Y si a esto se añade que en una sociedad cualquiera, en una clase social o en un estado, sea de mal gusto hablar –y hablar con pasión– de problemas religiosos, entonces no vacilo, esa sociedad es de una tontería irresistible. […] Y una sociedad así necesita una violenta conmoción catastrófica que le obligue a despertarse al sentimiento de la vida eterna, que le fuerce a mirar a los ojos de la esfinge. Y entonces no se aburrirá. La tragedia no aburre. Y las sociedades deportivas y eróticas son una sima de aburrimiento. Y en el fondo, tristes. (Unamuno)
Creo que la condicional que pone mi amigo nunca se da, la inmoralidad trae tontería siempre, porque bondad, verdad y belleza van de la mano. Pero este matiz tal vez nos desvíe del tema. Creo que, grosso modo, el dibujo de nuestro contexto social se aproxima bastante.

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