Cuando ya se ha dicho lo indecible sobre la retirada del crucifijo en un colegio, voy yo ahora y me pongo a escribir de ello. Lo hago por dos razones. El suceso, en cuanto que las cosas ocurren y se suceden unas a otras, expresa y va realizando lo profundo de la Historia, el acontecimiento propiamente dicho. Estamos gestando un modo de estar y hechos así son muy significativos. Pero además, la sucesión de cosas es tan rápida que la reflexión no se dilata en el tiempo lo suficiente como para poder posar lo ocurrido. Pasa algo, hay una oleada de reacciones en poco tiempo... ¿y luego?
Esta fugacidad da superficialidad, pues nos roba la memoria. Quien crea que el tema central de Fahrenheit 451 de Ray Bradbury es la censura de libros está, a mi modo de ver confundido; la amnesia, ese es el drama. Ortega, aunque acaso un poco superficial y fugazmente, dice que la memoria, más que la inteligencia, es lo que nos distancia de los animales. Es curioso cómo desde Kant, aproximadamente, ha ido desapareciendo la tríada entendimiento, memoria, voluntad, previamente sumida en la clandestinidad por la bina entendimiento-voluntad; ahora normalmente se habla de entendimiento, sentimiento, voluntad. ¿Por qué desgajar el sentimiento del entendimiento? ¿Acaso el sentimiento no nos da también a conocer la realidad en la valoración de la misma en que estemos? Por cierto, la discípula de Husserl, Edith Stein, tímidamente, en su obra inconclusa por razón de su martirio Ciencia de la Cruz, al contacto con S. Juan de la Cruz, empieza a recuperar la tríada con la memoria.
Sin ésta el hombre se despersonaliza, pues de ser señor de sí mismo, pasa a ser poseído por lo que se va sucediendo, aproximándose peligrosamente al esquema estímulo-respuesta. La memoria nos posibilita el tener dominio, ser propietarios. ¿Problema de avaricia? No. Solamente el que se tiene a sí mismo en sus manos y, consigo, su mundo, puede darse y darlo.
Mañana, después de este pequeño preámbulo, nos sumiremos en la cuestión. Mientras tanto y para ir calentando motores, esta cita de un amigo con quien con frecuencia discrepo, pero al que escucho, porque siempre, aún en el desacuerdo, me descubre algo, aunque sea eso, la postura que hay en mí y que no es suya:
No es, lector, por puritanismo por lo que quien ahora y aquí te predica se revuelve acremente una vez contra el vicio del juego, otra contra el donjuanismo erótico, otra contra cualquier otra plaga social análoga, sino que es porque todo eso degrada la inteligencia y produce la tontería colectiva. Y la tontería es el mayor enemigo de la civilización. […] Soportaría a un pueblo corrompido si fuese inteligente, pero donde hay salas de juego a cada paso y donde la preocupación dominante es la del sexo, el pueblo no es inteligente. […] Y si a esto se añade que en una sociedad cualquiera, en una clase social o en un estado, sea de mal gusto hablar –y hablar con pasión– de problemas religiosos, entonces no vacilo, esa sociedad es de una tontería irresistible. […] Y una sociedad así necesita una violenta conmoción catastrófica que le obligue a despertarse al sentimiento de la vida eterna, que le fuerce a mirar a los ojos de la esfinge. Y entonces no se aburrirá. La tragedia no aburre. Y las sociedades deportivas y eróticas son una sima de aburrimiento. Y en el fondo, tristes. (Unamuno)
Creo que la condicional que pone mi amigo nunca se da, la inmoralidad trae tontería siempre, porque bondad, verdad y belleza van de la mano. Pero este matiz tal vez nos desvíe del tema. Creo que, grosso modo, el dibujo de nuestro contexto social se aproxima bastante.
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