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domingo, 13 de noviembre de 2022

Apotegmas de los padres del cemento (4)

En cierta ocasión, un maestro de novicios mando a uno a ayudar en la cocina. Aquel día el monje encargado de ésta estaba preparando una sopa de cebolla. Indicando el montón, le dijo al novicio que las picara. Éste, que no había cocinado en su vida, le preguntó cómo se hacía. El viejo monje le dijo: «Limítate a picar. El resultado déjalo en manos de Dios».

martes, 1 de noviembre de 2022

Apotegmas de los padres del cemento (3)

Un abad, con buen criterio, trató de convencer a un monje para que fuera al psicólogo. Éste, durante algún tiempo, se resistió, pero finalmente fue. Cuando el psicólogo le dijo que sufría un trastorno narcisista de la personalidad, se entristeció, porque él quería amar a los demás. Tras un silencio, dijo: «Dios quiera que en el cielo haya también un rinconcito para los narcisistas».

domingo, 23 de octubre de 2022

Apotegmas de los padres del cemento (2)

Un maestro preguntó un día a los novicios cuál era la distancia más larga que tendrían que recorrer en el monasterio a lo largo de su vida. Cada uno probó con algún recorrido y ninguno acertó. El maestro les dijo: «La que hay en el templo entre el fariseo y el publicano».

viernes, 7 de octubre de 2022

Apotegmas de los padres del cemento (1)

Un monje a quien había ido a visitar su familia le pidió al abad quedarse con el bolígrafo que le habían regalado y éste le dijo que no. A lo que replicó: «Es que es un regalo». El abad le dijo: «Y si te hubieran regalado un elefante, ¿también lo meterías en la celda?».


[Cien elefantes danzan en tu corazón / y de mirarlos no puedes dejar, / aunque la celda vacía estuviere / lugar no habría para un borrón]


miércoles, 17 de junio de 2009

¿Puedo comer del árbol?

La entrada de ayer y la oportuna pregunta de David J. Santos me hicieron recordar un apotegma de los padres del desierto.
Abba Bané preguntó un día al abba Abraham: “¿Un hombre que está como Adán en el paraíso tiene necesidad todavía de pedir consejo?”. Y éste le dijo: “Sí, Bané, porque si Adán hubiese pedido consejo a los ángeles: «¿Puedo comer del árbol?». Ellos le hubieran dicho: «No»”.
Cuando probablemente aún no era un abba, sino un ermitaño que estaba todavía en los comienzos de la vida espiritual, Bané le pidió consejo a abba Abraham. En la vida práctica, es decir, en los comienzos de la vida espiritual, el combate no está centrado en evitar el mal patente, sino que la lucha interior se enfoca ya en la purificación del corazón. El abba, el padre espiritual, que no es un teórico, sino alguien que ya pasó por ahí y está donde el principiante quiere llegar, le enseñará el arte de la guerra invisible. Lo mismo que no bastan las dotes naturales, sino que hay que aprender a usarlas y ejercitarlas para poder llegar a rendir frutos de ellas, algo así pasa en la vida espiritual. No basta la gracia. Esta nos dota de lo que no teníamos antes, pero Dios nos da piernas para que nosotros aprendamos a andar y caminemos.

Cuando, después de muchos combates llevados a cabo con la gracia y con una creciente pericia, el corazón queda purificado, entonces el que era principiante pasa a una situación de apatheia. Su corazón no está apegado a nada, su única riqueza es Dios y todo lo demás cobra relieve en función de Él. Entra como en una vida nueva. S. Ignacio de Loyola habla del segundo grado de humildad y Sta. Teresa de un gusano que se transforma en mariposa. Se trata de una situación de una gran libertad, ante todo libertad-de todo afecto desordenado. Es como haber vuelto al Paraíso.

Y aquí viene la pregunta de Bané. ¿Cuando alguien está como Adán en el Paraíso es necesario aún el maestro espiritual? No es menester repetir la hermosa contestación. Aunque ya se sea un maestro, no se está en el cielo. Todavía es necesario el consejo, porque podemos seguir siendo tentados y porque el crecimiento espiritual continúa. Por delante está pendiente el tercer grado de humildad, donde la libertad será mayor, sobre todo libertad-para la Cruz.

Doroteo de Gaza decía: "¿Viste caer a alguno? Pues eso ha sucedido porque se ha dirigido a sí mismo. Nada hay más grave que dirigirse a sí mismo, nada más fatal". ¿Y quién nos puede guiar? Algunos saben cosas de moral, pocos de espiritualidad, menos aún son los que tienen experiencia en las cosas del espíritu. Si tienes el anhelo de crecer, pídele a Sta. Teresa que te alcance la gracia de encontrar a alguien que te enseñe.

miércoles, 25 de febrero de 2009

Limosna, oración, ayuno


Hoy, Miércoles de Ceniza, voy a callar y dejar que los Padres del desierto glosen tres palabras del evangelio de hoy (Mt 6,1-6.16-18).

Sobre la limosna.
El abba Agatón exhortaba con frecuencia a su discípulo, diciéndole: "no se te ocurra adquirir para tí una cosa tal que cuando te la pida un hermano te resulte penoso el dársela y te encuentres así faltando a los mandamientos de Dios: 'Da a todo el que te pida y, al que tome lo tuyo, no se lo reclames' (Lc 6,30)".
Sobre la oración.
El abad del monasterio que Epifanio, el obispo de Chipre, tenía en Palestina, envió a decirle esto: "Gracias a tus oraciones, nosotros no hemos descuidado la Regla: hemos recitado cuidadosamente Tercia, Sexta, Nona y Vísperas". A lo que el obispo les reprendió respondiéndoles: "Ya veo que hay unas horas que habéis dejado de orar. El verdadero monje debe orar sin interrupción o al menos debe hacerlo desde su corazón".
Sobre el ayuno.
Dijo uno de los Padres: "Hay personas que comen mucho y se quedan con hambre, y se aguantan. Otros comen poco y se quedan saciados. El que come mucho y se queda con hambre y se domina, tiene mayor mérito que el que come poco y se sacia.
Antes de la limosna, hay una actitud en relación a los bienes. Las oraciones puntuales han de estar engastadas en una oración continua. La medida del ayuno, como la de cualquier penitencia, no es principalmente algo externo, pues la ascesis lo es de la persona concreta.

sábado, 17 de enero de 2009

Un consejo de S. Antonio

Como hoy es S. Antonio el Grande, vamos a degustar uno de sus apotegmas.

Preguntó uno al abba Antonio: "¿Qué debo hacer para agradar a Dios?" Y el anciano le respondió: "Haz lo que te mando: dondequiera que vayas, ten siempre a Dios ante tus ojos; para cualquier cosa que hagas o digas, básate en el testimonio de las Sagradas Escrituras; en cualquier lugar que mores, no te vayas enseguida. Observa estos tres preceptos, y serás salvo".

S. Antonio se preocupa en primer lugar de la atención. No se trata de tener pensamientos sobre Dios. No es poner nuestra atención en la imagen o imágenes que podamos tener sobre Él, sino que toda nuestra atención, en cualquier circunstancia, esté en Él; cuando esto es así, todo lo vemos, oímos, gustamos, palpamos, etc. en Dios. Cuando nuestra atención está en Él, todo cobra su propio relieve. Por ello, es tan importante educar la atención. En ello, en buena medida, hacemos lo que hicieron los primeros discípulos, dejarlo todo y seguirlo. Cuando dejamos de poner la atención en las cosas y la ponemos en Dios, las recuperamos todas en Él; recibimos ya el ciento por uno.

Todo lo que hagamos o digamos que esté basado en la Sagrada Escritura. Para lo cual, ella debe de ser cimiento, el humus en el que estemos enraizados. No se trata de cotejar con nuestros pensamientos o nuestras acciones con algún pasaje bíblico. Tenemos que alimentarnos de la divina palabra de modo que por metabolización espiritual la hayamos hecho nuestra que hasta la sudemos. Entonces nuestro obrar será testimonio de Dios, pues solamente hacemos nuestra la Palabra cuando ésta nos hace suyos. Con razón, la Lectio divina era central en la vida de los monjes.

Y cultiva la quietud. Estés donde estés, no sea como los animales que entre el estímulo y la respuesta hay continuidad. Que no te dejes manejar y mover, sino que todo cuando llegue a ti se pose en la quietud divina, de Dios que mora en la cámara central del castillo, y desde allí brote la respuesta.