jueves, 8 de enero de 2009

miércoles, 7 de enero de 2009

Legislación y justicia

Álvaro Cuesta, en unas declaraciones, ha dicho: "Las leyes no son la expresión de la voluntad de Dios, las leyes son la expresión de la voluntad del pueblo, de los representantes del pueblo". Dejemos de lado la curiosa aposición que convierte a la voluntad del pueblo en la de los representantes del pueblo; esto ya es muy significativo. Estos son los conceptos que se están barajando en el proceso de ampliación legislativa del aborto y reforma de la ley de libertad religiosa.

A riesgo de ser pesado, voy a glosar esta afirmación. Una de las cosas que podemos hacer es pensar dónde estamos. Primero para nosotros, para poder estar ahí. Y luego para la acción. Hay una que fácilmente podemos llevar a cabo: dialogar con otros. En la vida cotidiana, tarde o temprano, nos encontramos con personas que piensan o son pensadas por la opinión dominante en un sentido distinto al nuestro. Para ellas, necesitamos una palabra. Ésta no puede ser un eslogan o un argumentario aprendido de memoria, sino algo pensado por uno mismo.

He aquí el consejo de S. Pablo para hacer el primer anuncio del Evangelio: "Con los de fuera proceded con sabiduría, aprovechando las ocasiones; vuestra conversación sea siempre agradable, con su pizca de sal, sabiendo cómo tratar con cada uno" (Col 4,5s). No puedo glosar la frase ahora; es magnífica. A ver si Dios me da ocasión otro día, porque, en ella, concentrados están algunos de los principios que más necesita la reforma de nuestra pastoral o, mejor, evangelización.

Volvamos a Álvaro Cuesta. "Las leyes son la expresión de la voluntad del pueblo", ¿pero es eso todo? Hay una cuestión fundamental que, a lo largo de la Historia, ha sido recurrente para decir si algo es o no ley y es si es o no justa. Porque un imperativo puede ser expresión de la voluntad de un pueblo y ser una mayúscula injusticia.

Cuando los obispos hablan de la Ley Natural evidentemente piensan que ésta es voluntad de Dios, pues Él ha creado todas las cosas. Pero no están pidiendo que haga nadie un acto de fe en Dios y menos en el cristiano. Lo que están diciendo, mejor o peor, es que las leyes para que sean justas no pueden ir en contra de la realidad de las cosas, que el hombre no es una página en blanco sobre la que se pueda escribir cualquier cosa y con cualquier material. Y que la soberanía nacional tiene límites. No es suficiente el camino por el que algo llega a ser ley; para que lo sea, necesita ser justa.

La ley del aborto es una ocasión en la que se pone de manifiesto de manera extremadamente cruel algo sumamente peligroso: lo justo es lo que legislan los pueblos. La injusticia estaría en que no fuera expresión del pueblo, sino de un tirano. Lo bueno de la formalidad democrática sería que nos garantizaría unos representantes que asegurasen siempre que lo que emanara de las cámaras fuera voluntad popular. Dicho de otra manera, la justicia sería creación del pueblo y variaría con el cambio de su voluntad; lo que hoy es justo, dejaría de serlo mañana.

Desde aquí, ¿cómo se puede criticar el pasado de una nación? Solamente apelando a la ilegitimidad democrática de sus legislaciones. Pero, claro, tan democráticas serían las leyes del Senado y Congreso norteamericanos de antes de la abolición de la esclavitud como las de después. Aunque no, porque no había sufragio universal. Mas tampoco lo había cuando la abolición. Luego ésta no sería expresión de la voluntad popular y no sería una ley. ¿A partir de cuando las leyes podemos considerarlas suficientemente legítimas? El reducir la formalidad a la democrática nos lleva al absurdo de que nunca ha habido leyes hasta hace dos días.

Pero, ¿por qué se sabe que lo justo es la voluntad del pueblo? Esto postularía que hay una Ley Natural mínima: el pueblo crea la justicia. Es decir, todo reposaría sobre el pueblo, fuente de la justicia. Vamos que el pueblo sería un dios arbitrario y el parlamento su profeta. Y claro, aunque no de fe sobrenatural, todo esto, en realidad, es cosa de fe y francamente yo en eso no creo, aunque solamente sea por lo irracional y absurdo que es. No sé vosotros, pero mi realidad como persona no es tan vacía como para que en ella quepa cualquier contenido; aunque éste sea voluntad del pueblo.

[Por cierto, dada la importancia del caso, no estaría de más que una plataforma -es la palabra al uso-, con todas las confesiones religiosas y todos los colectivos -ésta también es de las habituales- que estuvieran en contra del aborto, estuviera en primer plano. Que pierde protagonismo la Conferencia Episcopal; no debería importar].

martes, 6 de enero de 2009

El Mesías de Händel XVI

.../...

El bajo nos ha cantado Ml 3,1 y ha dicho que ese Señor-Mensajero entrará en el Templo "de pronto". Es decir, de manera impredecible. Así es la Epifanía del Señor, así será también su Parusía, así irrumpe también en nuestra vida. Impredecible no porque aún los hombres no tengamos suficiente ciencia para calcularlo, ni porque no tengamos capacidad, sino porque Dios y su obrar son en sí mismo misterio. Si no podemos predecir, si no podemos meterlo en nuestros cálculos, si no tenemos capacidad, no es tanto por defecto nuestro sino por sobre-abundancia suya. Su realidad es pura santidad, trasciende cualquier inteligencia.

Y, como el Mensajero de la Alianza viene y ésta no es impuesta -Dios no nos condena a ser felices-, el oráculo del profeta nos insta: "miradlo entrar". Cada uno de los sentidos nos da la realidad de una manera. Hemos escuchado las palabras de Malaquias, bellamente musicalizadas por Händel, y nos han dado la realidad en noticia. Los sonidos de algo nos llegan, pero al oirlos nos dicen que la realidad que los ha emitido está lejos; son nuncios, pregoneros de ellas nos entregan la realidad en noticia.

La vista nos da la realidad en presencia. Cuanto entra en lo que abarca nuestra mirada se nos hace presente. Es como si entrara en nuestro mundo. Y el Señor-Mensajero, por ser Mensajero, nos trae noticia, pero, por ser Señor, hace presente la realidad divina. Y nos dice que miremos, que a su venida abramos el ámbito de nuestro mundo, que abramos nuestro templo, para que Él se haga presente.

María ha escuchado el oráculo y se ha abierto totalmente para que la gloria del Señor entre en su templo. Y qué es el camino espiritual sino abrir las puertas a la presencia divina para que su gloria haga realidad nuestra vocación a ser Templo suyo. Y así también la Iglesia. La presencia del esplendor de su gloria atrae hacia ella a todas las gentes (cf. Is 60); no, por ella, sino por la gloria de su Señor.

Aprendamos a abrir, en todo momento, la mirada a esa imprevisible venida. Presente en todo lugar, aunque especialmente en algunos -los necesitados, su Palabra, la asamblea reunida en su nombre, eminentemente en la Eucaristía, etc.-, impredeciblemente nos la hace patente en ocasiones y quiere hacerse más presente. No le basta, para nosotros, con la presencia que tiene en cualquier criatura; quiere que seamos hijos, que participemos en la presencia que cada una de las divinas personas tiene en las otras.

Para acoger su presencia y la manifestación de ésta, que no esté nuestra atención embriagada por otras cuestiones, sino sobria y en vela para acogerlo a Él y a la posible manifestación de su presencia; cuando Él quiera y como quiera. Y si nos regala su oscuridad, alegrémonos, porque no deja de estar presente y, en su tiniebla, más nos manifiesta su trascendencia.

.../...

lunes, 5 de enero de 2009

El Mesías de Händel XV

.../...

El versículo de Ml 3,1 que venimos rumiando a base de glosas no solamente nos dice que ese Señor-Mensajero, que con su entrada en el Templo lo llenará de gloria, es el deseado y buscado. Nos dice algo más. A quien deseamos es al Mensajero de la Alianza. Adán en el Paraíso deseaba la divinización, pues para eso había sido creado, para eso hemos sido creados todos los hombres. Pero no necesitaba la Alianza porque, antes del pecado, vivía en comunión con Dios. Es más, no hubo ningún momento en que no lo estuviera, hasta que desobedeció.

Quienes están en comunión no necesitan una Alianza. Solamente se alían los que están separados. Con el pecado, el hombre, al romper la comunión con Dios, también resquebrajó la unidad que tenía con el resto de la creación, la de los hombres entre sí y con él mismo; el pecado también nos ha agrietado por dentro. Necesitamos esa comunión y no podemos recomponerla. Dios no la necesita y es el único que puede hacerlo. Y no solamente somos incapaces de restaurarla, de re-conciliar lo des-unido, ni siquiera podemos conseguir que Dios lo haga. No es que no podamos unirnos a Dios con nuestras solas fuerzas, es que tampoco, sin esa comunión, podemos recomponer lo demás.

El Mensajero de la Alianza trae una Buena Noticia, la que nunca deja de ser novedad, la que nunca deja de ser buena: Evangelio. Por puro amor, Dios toma la inciativa de establecer una Alianza. Por puro amor, sin necesidad suya ni mérito nuestro, nos creó; por puro amor, nos destinó a ser sus Hijos; por puro amor, tras el pecado, fue estableciendo distintas Alianzas en el Antiguo Testamento; por puro amor, viene el Mensajero de la Alianza Nueva que ya habían anunciado los profetas (Jer 31,31-34; Os 2,20-24; Ez 16,10).

Pero, si ya la habían anunciado los profetas, ¿a qué viene este Mensajero? ¿Reiterará sólo la promesa o anunciará su inminencia? ¿Será nada más anuncio o manifestará también las clausulas de esa Alianza? ¿Quién la concluirá? Él, además de Mensajero, es el Señor. ¿Qué nos dirán de todo esto los demás textos que ha seleccionado el libretista de Händel?

Dios ha tomado la iniciativa. Pero una Alianza es de dos. Quien no acoge su oferta, queda al margen de ella. El Mensajero nos la ofrece, pero no nos la impone.

.../...

domingo, 4 de enero de 2009

El Mesías de Händel XIV

.../...

Dejábamos a Ml 3,1ss. La llegada del Señor-Mensajero colmaría el Templo de gloria. Pero de ese Señor-Mensajero se nos dice que es buscado y es deseado. Se trata del anhelo más profundo del hombre y, por ello, es en lo que ponemos más empeño en hallar.

Dios no ha creado una realidad hueca de sentido. Ha creado todo y le ha conferido un sentido, una finalidad última, un para qué. Todo ha sido creado para ayudar al hombre en la prosecución de su fin y el hombre, al perseguir el suyo propio y usar las demás cosas en orden a éste, lleva a toda la creación hacia ese sentido. ¿Y para qué me ha creado Dios? ¿Cuál es el sentido de mi vida? ¿Hacia dónde encaminar mi existencia?

Él nos eligió en Cristo -antes de crear el mundo- para que fuésemos santos e irreprochables ante Él por el amor. Él nos ha destinado por medio de Jesucristo, según su voluntad y designio, a ser sus hijos, para que la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en su querido Hijo, redunde en alabanza suya (Ef. 1,4ss).


Por eso deseamos y buscamos al Señor-Mensajero, porque hemos sido creados para la divinización, para participar de la vida trinitaria. Y, como esto no lo podemos alcanzar con nuestras fuerzas, no sólo buscamos la vida divina, lo único que sacia nuestro corazón, sino que buscamos también a quien sacie esta sed (cf. Sal 42): "Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre" (Jn 1,12). Buscar nuestra identidad es buscar a Dios.

Pero este acuciante anhelo de divinidad, tratamos unas veces de silenciarlo y otras de satisfacerlo con sucedáneos. La sed nos habla de carencia de algo y nos da miedo; el tener que buscar algo nos dice que lo que tenemos es insuficiente y nos da miedo dejarlo. Por poco que esto sea, nos da algo. El demonio nos dice que Dios no nos quiere y nos da miedo. Intentamos no oír el deseo y lo intentamos acallar de muchas maneras. Matamos el tiempo y, al hacerlo, nos matamos. Nos di-vertimos y, al hacerlo con las muchas cosas que nos ofrece la vida, desviamos nuestra vida. Aturdimos nuestra atención y, al hacerlo, nos alimentamos de ruido.

Pero también intentamos saciar la sed con múltiples sucedáneos. y elevamos a la categoría de dios a tantas cosas. La lista sería interminable. Cada época tiene sus dioses y cada uno tiene su propio panteón con uno por encima de todos; pero nunca único, porque solamente el verdadero es solamente uno.

Que la belleza divina nos haga sentir con fuerza su atracción, que es nuestra acuciante hambre de eternidad, para que, sintiéndola más, más busquemos a su Hijo, que no está lejos, pues ya está presente en el deseo; pues nuestro anhelo de Dios es sentir que nos desea como hijos. Y, cuanto más lo hallemos, más lo amaremos y más nos pondremos a vaciar de falsos dioses su Templo, para que sólo su gloria lo llene y así su fulgor, para los demás, brille también con nitidez en nosotros.

.../...

sábado, 3 de enero de 2009

Propagar y propagandas

Leo dos noticias sobre sendas campañas publicitarias. Una promocionará el ateísmo en los autobuses de Barcelona, siguiendo la estela de los londinenses; la otra ha sido promovida por los obispos holandeses y va dirigida a los católicos que esporádicamente van a la iglesia.

Y me pregunto sobre la adecuación o no del método. Porque la bondad de un medio, de una herramienta, de un útil, etc. no solamente la da la finalidad buena o mala para la que se use, sino también la adecuación o no a ese fin. En los dos casos, la finalidad es distinta, ¿pero es esto suficiente? Un martillo, para partirle la cabeza a alguien, no es lo mismo que para clavar un clavo. Pero cortar pan es bueno y, sin embargo, usar el martillo para eso no es muy adecuado. La finalidad no hace bueno al martillo para ese fin, incluso a martillazos se puede frustrar éste; más que rebanadas de pan, serán migajas.

Sé -vosotros me vais conociendo- que tal vez le dé demasiadas vueltas a las cosas y, al final, puedo acabar encontrándole cinco o seis patas al gato. Pero, bueno, me vais a permitir que le de un poco a la centrifugadora capital. Si me paso de vueltas, no me hagáis caso.

Tengo mis serios reparos en que las campañas publicitarias sean adecuadas para las cuestiones religiosas. No me refiero a anunciar un concierto de una cantata de Bach o una campaña de Caritas. Pienso, sobre todo, en el primer anuncio del Evangelio, pues es lo que propiamente va dirigido a los de fuera de la Iglesia. El que se ha convertido, supongo que seguirá el catecumenado cara a cara en la parroquia o donde sea. El que ha madurado ya suficientemente su fe, lo suyo es que la viva en el seno de una comunidad de creyentes. Aunque todo esto tal vez sea suponer mucho.

Sobre lo que vengo glosando, se me ocurren, a bote pronto, las siguientes razones y no por orden de importancia.

El medio es en buena medida el mensaje. La publicidad abrumadoramente se utiliza en el mundo comercial. Esto convierte, en mayor o menor medida, lo publicitado en un objeto de consumo. El anuncio del Evangelio puede fácilmente quedar convertido en un objeto más entre los muchos que se ofertan en el mercado y, con él, el anhelo de divinidad puede quedar reducido a cualquier otro deseo que puede ser satisfecho en la órbita del consumismo. Esto viene reforzado por el modo actual de vivir la fe; bastante individualista, con unas parroquias que, en buena medida, parecen reproducir el esquema de una empresa de servicios, etc.

En las campañas publicitarias, se delega lo que se debería de hacer personalmente, de tú a tú; aquí es donde debería de estar nuestra fuerza. Esa palabra, que en un momento dirijo a alguien con rostro, ha sido precedida por la acción del Espíritu Santo, pero no solamente; también por una vida que se ha convertido en una interrogante y que está siendo avalada por el amor mutuo crucificado entre los hermanos de fe, que es en lo que se conoce que somos discípulos de Cristo.

Además la publicidad es, en sí misma, algo impersonal. Con terminología de corte orteguiano, va dirigida a la gente y no a las personas concretas. Y quien recibe ese mensaje no ve al que se lo dirige; el emisor es algo impersonal, anónimo.

Los católicos que van irregularmente a la iglesia, ¿qué encuentran en ella? ¿Tan poca vida palpan que hace falta la publicidad? Tal vez la gran campaña empezaría por ser lo que decimos ser. Y, respecto a los no creyentes, otro tanto. Lo que necesitan ver en la Iglesia es la gloria del cuerpo de Cristo resucitado. Y esta visibilidad se la dará el que cobre carne en nosotros el mandamiento nuevo.

Como veis, una vez más, acaso soy un poco exagerado. Con todo, sin embargo, para Dios, una campaña de publicidad no es un obstaculo para obrar a favor de alguien. Aunque tampoco lo son mis pecados.

viernes, 2 de enero de 2009

Schönborn y el test de la "Humanae Vitae"

De Viena no solamente nos llega el concierto de Año Nuevo. De su cardenal, Schönborn, pudimos leer, poco antes de terminar 2008, unas polémicas declaraciones entorno a la recepción de la Humanae Vitae, acaso la Encíclica más políticamente incorrecta. El arzobispo vienés arremetía duramente contra buena parte del episcopado europeo por la "tímida" acogida a la carta papal. No voy a entrar en la justeza o no de sus afirmaciones, ni en las réplicas que ha encontrado. Voy a tomar pie en el oleaje de la superficie para buscar la corriente marina de fondo.

En mi primer acercamiento a la Humanae Vitae, tuve la impresión de que era algo importante. Con el paso del tiempo, se me va acrecentando la convicción de que tal vez sea uno de los acontecimientos, al menos eclesialmente, más importantes del pasado siglo. No es simplemente un suceso, algo que ocurrió y, a ello, sucedió otra cosa. Sino que es algo que sigue obrando y, por eso, de la postura que tomemos ante ella, va a depender lo que sea la Iglesia y, por consiguiente, también nuestro mundo.

Este seguir obrando es lo que convierte a la Encíclica en un magnífico test. La reacción ante ella da la medida de dónde está cada quién, al menos en las cuestiones morales, si a la altura de los tiempos o anclado quién sabe dónde. Ambos polos no se identifican, ni mucho menos, con las tópicas corriente de progres y carcas o liberales y conservadores.

Moralmente, tras el Concilio, se han dado dos fuertes corrientes en la Iglesia; esto no quiere decir que sean las únicas. Las mentes disyuntivas de blanco o negro sí lo piensan, por eso, si no te ven conservador, te llaman progre o viceversa. Esto se da también en otros órdenes de la vida de fe, no es monopolio de la moral y ésta, aunque la carta de Pablo VI se centre en ello, es más que sexualidad. Pero ciñámonos a lo moral y concretamente a la Humanae Vitae, pues el que mucho abarca poco aprieta.

Esas dos corrientes parecen contradecirse, pero, en mi más que irrelevante opinión, comparten un fondo común. Muy sintética y acertadamente Schönborn decía que la aplicación se había dejado a cada conciencia. Como no podía ser menos, si esto se entendiera clásicamente. Pero detrás de esta frase no está precisamente el obrar conforme a la voz de la conciencia. Cuando se dice obrar conforme a la conciencia, se está diciendo, en nuestro contexto cultural, otra cosa.

En realidad, el trasfondo es una mentalidad iuspositivista -nos sale de nuevo la pedante palabreja: perdonadme-. Para muchos de nuestros contemporáneos significa que cada quién, se dictará a sí mismo la ley moral, no que vaya a seguir la voz de su concienica. No es que uno sea ley para sí mismo, sino que es legislador para sí mismo. Pero, en no pocos de quienes han defendido la enseñanza papal, inconscientemente ha funcionado una mentalidad parecida. Unos apelando a la conciencia y otros a la ley moral le han hecho un flaco favor a la Humanae Vitae, es decir, a la evangelización y a la Iglesia.

¿Por qué digo esto? Buena parte de los pocos que han defendido la Humanae Vitae lo han hecho como si fuera una ley externa al hombre, dictada bien por el Dios del voluntarismo o por la Iglesia. En el caso de Dios, a la par, se ha trasmitido la imagen de una divinidad tiránica y arbitraria. Como si Dios hubiera creado al hombre y luego le dictara unas normas. Si fuera algo dictado por la Iglesia también se comunicaría una imagen arbitraria de la moral. La naturaleza humana iría por un lado y, sobre ella, bien fuera el legislador Dios bien la Iglesia, caería la carga de unas normas. Cuánto tenemos en común con nuestros contemporáneos.

Así es muy difícil que uno se tome en serio el deber moral. Si se me permite la paradójica expresión, Dios es iusnaturalista y la Iglesia, en este caso Pablo VI, lo que hace es poner en palabras humanas el deber ser y hacer, que no son un postizo pegado a la criatura.

Y luego, claro, el modo de transmisión de la verdad. Cuántas veces dando por supuesta la fe en el oyente. Si éste no es creyente, el que enseña no puede actuar como si el otro lo considerara su pastor. Y qué pocas veces tomamos en consideración el punto del camino en el que está cada quien. Con qué frecuencia, por no tratar al retoño como tal, nuestras palabras son como un adoquín tirado a la cabeza.

Mucho me he alargado. Y, cuanto más se habla, más riesgo de decir tonterías. Las que se me hayan deslizado no las toméis en cuenta. Lo importante es lo que enseñe la Iglesia.