miércoles, 7 de enero de 2009

Legislación y justicia

Álvaro Cuesta, en unas declaraciones, ha dicho: "Las leyes no son la expresión de la voluntad de Dios, las leyes son la expresión de la voluntad del pueblo, de los representantes del pueblo". Dejemos de lado la curiosa aposición que convierte a la voluntad del pueblo en la de los representantes del pueblo; esto ya es muy significativo. Estos son los conceptos que se están barajando en el proceso de ampliación legislativa del aborto y reforma de la ley de libertad religiosa.

A riesgo de ser pesado, voy a glosar esta afirmación. Una de las cosas que podemos hacer es pensar dónde estamos. Primero para nosotros, para poder estar ahí. Y luego para la acción. Hay una que fácilmente podemos llevar a cabo: dialogar con otros. En la vida cotidiana, tarde o temprano, nos encontramos con personas que piensan o son pensadas por la opinión dominante en un sentido distinto al nuestro. Para ellas, necesitamos una palabra. Ésta no puede ser un eslogan o un argumentario aprendido de memoria, sino algo pensado por uno mismo.

He aquí el consejo de S. Pablo para hacer el primer anuncio del Evangelio: "Con los de fuera proceded con sabiduría, aprovechando las ocasiones; vuestra conversación sea siempre agradable, con su pizca de sal, sabiendo cómo tratar con cada uno" (Col 4,5s). No puedo glosar la frase ahora; es magnífica. A ver si Dios me da ocasión otro día, porque, en ella, concentrados están algunos de los principios que más necesita la reforma de nuestra pastoral o, mejor, evangelización.

Volvamos a Álvaro Cuesta. "Las leyes son la expresión de la voluntad del pueblo", ¿pero es eso todo? Hay una cuestión fundamental que, a lo largo de la Historia, ha sido recurrente para decir si algo es o no ley y es si es o no justa. Porque un imperativo puede ser expresión de la voluntad de un pueblo y ser una mayúscula injusticia.

Cuando los obispos hablan de la Ley Natural evidentemente piensan que ésta es voluntad de Dios, pues Él ha creado todas las cosas. Pero no están pidiendo que haga nadie un acto de fe en Dios y menos en el cristiano. Lo que están diciendo, mejor o peor, es que las leyes para que sean justas no pueden ir en contra de la realidad de las cosas, que el hombre no es una página en blanco sobre la que se pueda escribir cualquier cosa y con cualquier material. Y que la soberanía nacional tiene límites. No es suficiente el camino por el que algo llega a ser ley; para que lo sea, necesita ser justa.

La ley del aborto es una ocasión en la que se pone de manifiesto de manera extremadamente cruel algo sumamente peligroso: lo justo es lo que legislan los pueblos. La injusticia estaría en que no fuera expresión del pueblo, sino de un tirano. Lo bueno de la formalidad democrática sería que nos garantizaría unos representantes que asegurasen siempre que lo que emanara de las cámaras fuera voluntad popular. Dicho de otra manera, la justicia sería creación del pueblo y variaría con el cambio de su voluntad; lo que hoy es justo, dejaría de serlo mañana.

Desde aquí, ¿cómo se puede criticar el pasado de una nación? Solamente apelando a la ilegitimidad democrática de sus legislaciones. Pero, claro, tan democráticas serían las leyes del Senado y Congreso norteamericanos de antes de la abolición de la esclavitud como las de después. Aunque no, porque no había sufragio universal. Mas tampoco lo había cuando la abolición. Luego ésta no sería expresión de la voluntad popular y no sería una ley. ¿A partir de cuando las leyes podemos considerarlas suficientemente legítimas? El reducir la formalidad a la democrática nos lleva al absurdo de que nunca ha habido leyes hasta hace dos días.

Pero, ¿por qué se sabe que lo justo es la voluntad del pueblo? Esto postularía que hay una Ley Natural mínima: el pueblo crea la justicia. Es decir, todo reposaría sobre el pueblo, fuente de la justicia. Vamos que el pueblo sería un dios arbitrario y el parlamento su profeta. Y claro, aunque no de fe sobrenatural, todo esto, en realidad, es cosa de fe y francamente yo en eso no creo, aunque solamente sea por lo irracional y absurdo que es. No sé vosotros, pero mi realidad como persona no es tan vacía como para que en ella quepa cualquier contenido; aunque éste sea voluntad del pueblo.

[Por cierto, dada la importancia del caso, no estaría de más que una plataforma -es la palabra al uso-, con todas las confesiones religiosas y todos los colectivos -ésta también es de las habituales- que estuvieran en contra del aborto, estuviera en primer plano. Que pierde protagonismo la Conferencia Episcopal; no debería importar].

3 comentarios:

David J. Santos dijo...

"En cierto estilos de pensamiento se concede tanta importancia a los condicionantes sociales, que se atribuye más protagonismo a la sociedad que a las personas. Esa manera de pensar no es muy compatible con la visión cristiana de nuestro ser personal. ¿Qué valor tendría una vida personal que fuera simplemente el producto de la sociedad que la rodea? ¿De dónde podría venir esta sociedad omnipotente?"

Fernando Sebastián, "Cartas desde la fe", p. 94.

Koobi-fora dijo...

¿porque se sabe que lo justo es la voluntad del Pueblo?.
Intentandome poner en la piel de una persona que opina como Alvaro Cuesta, respondería:

"Lo justo es un valor absoluto, no existe los justo, que algo sea justo ó injusto depende del momento y las circusntancias, por eso, es el pueblo el que decide lo que es justo e injusto en cada momento con las circusntancias precisas que vive ese pueblo"


horrible....terrorífico...

Koobi-fora dijo...

Lo del aborto es tristísimo, durísmo:

a los políticos pro-aborto les diría: da gracias que tu madre no aborto, y puedes estar aquí disfrutando de tu escaño, de veraneo, de tu familia y amigos, de tu fama, de tus relaciones....da gracias, porque a muchos no se les dará la oportunidad de estudiar, hacer deporte....ir al cine...


y nosotros los cristinaos, ¿que podemos hacer?
no se, sobretodo rezar, y ser mejores cristinos, amarnos los unos a los atros como dice el padre Alfonso.

¡¡que mundo tan duro en el que vivimos¡¡

bueno, a pesar todo el bien abunda más que el mál.

Digamos que en la edad media el mal ocupaba un 15% de la sociedad, y hoy en día ha subido al 25 %, es mucho pero es menor, inferior al bien.

es solo una manera de explicarme.

¡¡hasta mañana¡¡