lunes, 13 de septiembre de 2010

Trasplatónica

La rosa,
he contemplado la rosa;
no ésta ni aquélla
ni muchas ni pocas.
La he visto a ella,
infinito silencio y negrura,
que me callaba:
Dios.

domingo, 12 de septiembre de 2010

Antífona de comunión TO-XXIV.2 / cf. 1Cor 10,16


El cáliz de nuestra acción de gracias nos une a todos en la sangre de Cristo; el pan que partimos nos une a todos en el cuerpo de Cristo (cf 1Cor 10,16).
El hontanar de la Iglesia es el misterio pascual, ese misterio del Cuerpo muerto en cruz y glorificado. Nosotros, en el bautismo, entramos a participar en ese misterio y somo hechos miembros del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. Somos, no podemos entendernos de otra manera, parte de una comunidad. No somos cristianos y luego decidimos ser miembros de la Iglesia. A una somos lo uno y lo otro, no podemos ser lo uno sin lo otro.

Mas no se es cristiano, lo mismo que no se es hombre, como una piedra es una piedra. Ser piedra no es algo que esté sometido a desarrollo y crecimiento. Sí, desde la pila del bautismo en adelante, somos el mismo cristiano, pero no somos lo mismo. Podemos ser santos o traicionar esa identidad, podemos vivir intensamente la fraternidad cristiana o ser de un individualismo atroz, podemos vivir comunitariamente la fe o consumir productos religiosos,...

Y, en la Eucaristía, podemos participar de muchas maneras: desde un estado comunitariamente casi comatoso hasta una vivencia de gran plenitud de comunión. Desde ahí nos acercamos a comulgar el Cuerpo de Cristo; desde donde nos hallemos, siempre que no estemos muertos espiritualmente y, por tanto, necesitemos de la penitencia, nos acercamos al cáliz de nuestra acción de gracias y al pan que partimos.

La celebración de la Eucaristía hace ese Cuerpo de Cristo que es la Iglesia y, a nosotros, nos "comuniona", estrecha nuestra fraternidad. Pero no de manera mágica. Cuando somos engendrados, somos puestos en la vida y tenemos que vivir esa vida. Nosotros tenemos que vivir la comunión que se nos regala, tenemos que crecer en ella día a día, de comunión en comunión cada vez más.

Esperemos que algún día la pregunta que nos hagamos no sea a qué hora voy a misa, sino con quién celebrarla.

[El comentario a la otra antífona de comunión lo encontráis aquí]

sábado, 11 de septiembre de 2010

Antífona de entrada TO-XXIV / Cf. Eclesiástico 36,15(18)


Señor, da la paz a los que esperan en ti y deja bien a tus profetas; escucha la súplica de tu siervo y la de tu pueblo Israel (cf. Eclo 36,15(18)).
Los que trabajan por la paz son dichosos porque llegarán a la plenitud de la filiación divina (cf. Mt 5,9). Pero los tales saben, precisamente porque luchan por la verdadera paz, que ésta es para ellos inalcanzable, porque es tornar a la comunión con Dios.

Acudimos a la Eucaristía necesitados de paz, necesitados de reconciliación. Y laboramos por ella yendo a la celebración y pidiendo la paz a aquél en quien tenemos nuestra esperanza, pues es quien en nuestro bautismo nos la ha hecho vivir volviéndonos al paraíso de la comunión divina.

Jesús es el "príncipe de la paz" (Is 9,5), el es nuestra paz (cf. Mq 5,4) y también el donador de ella: "la paz os dejo, mi paz os doy" (Jn 14,27), pero no lo hace como el mundo, pues da su vida por esa paz. Su manera de pacificar es distinta, es cargar con el mal. Pero no solamente es que traiga la paz de manera distinta, sino que Él mismo es esa paz, pues la comunión con Dios, la reconciliación que nos trae, es la comunión con Él.

Y, sin embargo, también nos habla de división (cf. Lc 12,51) y de espada (cf. Mt 10,34), porque quien quiera esa paz tiene que pasar también por su misma persecución, por su Cruz.

Y esa paz que pedimos –no sólo individualmente, sino también como pueblo de Dios– y esperamos recibir en la comunión, y que lo hacemos sabiendo que esto supone la comunión en su Cruz, es realización de su Palabra en nosotros y manifestación a todos, en nuestras vidas pacificadas y crucificadas, de la verdad del Evangelio.

viernes, 10 de septiembre de 2010

domingo, 5 de septiembre de 2010

Antífona de comunión TO-XXIII.2/Juan 8,12

Yo soy la luz del mundo –dice el Señor–. El que me sigue no camina en las tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida (Jn 8,12).
La presencia eucarística del Señor es un faro en medio de la noche de este mundo, es luz que brilla en las tinieblas (cf. Jn 1). Adán en el Paraíso vivía en un mundo luminoso, porque veía todas las cosas en Dios y contemplaba el misterio divino, tenía familiaridad con quien se paseaba por el Edén a la hora de la brisa (cf. Gn 3, 8). Pero tras el pecado no solamente perdió el poder conocer el misterio divino, sino que también su capacidad creatural de entendimiento se vio afectada. Pues lejos de quien nos da armonía y plenitud, hasta lo más propio se ve afectado: tan enraizada en nosotros está la necesidad de lo sobrenatural.

Jesús es luz en la que podemos ver las cosas como son en sí mismas y en cuanto formando parte del designio divino. Y luz en la que nos vemos en la verdad y en la que se nos desvela el para de nuestra existencia.

La presencia de Cristo lo ilumina todo y es luz que llama hacia sí, pues ese es nuestro destino. En la procesión de la comunión somos barcos peregrinos que, guiados por ese radiante faro divino, surcamos en la noche las aguas para alcanzar nuestro puerto definitivo.

Y al comulgar lo pregustamos. Alcanzamos el término de nuestra singladura, pero, al mismo tiempo, es también etapa en una navegación de cabotaje hasta llegar definitivamente a la patria celeste.

Es luz que nos guía hacia sí misma y luz que nos hace luminarias, no solamente que nos ilumina. Como en el cirio pascual encendimos nuestras pequeñas velas en el bautismo, así al comulgar nos alimentamos de luz divina y somos encendidos en fulgente fuego de amor, en luz de vida. Así es como se hace verdad lo que la luz del mundo, que es Cristo, nos dijo: "Vosotros sois la luz del mundo" (Mt 5,14).

[El comentario a la otra antífona de comunión lo tenéis AQUÍ ]

sábado, 4 de septiembre de 2010

Antífona de entrada TO-XXIII / Salmo 119(118),137.124


Señor, tú eres justo, tus mandamientos son rectos. Trata con misericordia a tu siervo (Sal 119(118),137.124).
¿Con qué acudimos a la celebración, con nuestra justicia, con nuestras cuentas pendientes, con la lista de lo que nos pueda adeudar Dios o con nuestra necesidad de amor y compasión? ¿A quién acudimos al Dios justo o al misericordioso?

Acudir, habríamos de acudir con nuestra miseria y también con la verdad de nuestra justicia, y necesitamos acudir al Dios justo y misericordioso, pues no hay otro. No es un Jano bifronte. En Él, misericordia y justicia son inescindibles, ambas lo es absolutamente. Pero no de forma aditiva, no son dos infinitos que se sumen. Dios es simplicísimo y las distinciones en su esencia son cosa nuestra, pues nuestro entendimiento no da para más.

Pero además necesitamos que Dios sea justo y misericordioso. Si no fuera justo, si no juzgara mi maldad o bondad, ¿cómo iba a saber que necesito misericordia? Necesito su justicia, para que rebose en mi su misericordia. Y necesito todo Dios, pues uno a medias no lo es. Y, en la Eucaristía, se ponen de manifiesto la una y la otra, pues es el memorial del misterio de la Cruz, que es siempre gloriosa.

En ella, se me manifiesta la rectitud de sus mandatos, pues veo la obediencia de Cristo a la voluntad del Padre y cómo el cumplimiento del mandato del amor, en el que todos se contienen y llevan a término, es en donde toda la realidad se ajusta a su creador.

Y, en ella, veo su justicia. Veo cómo he sido juzgado y declarado culpable. La sentencia sobre Jesús es la mía. Ahí cobro con-ciencia, con-sé junto al saber de Dios. La Cruz me da con-sabiduría de dónde estoy respecto a Dios. Y, en ella, entro en comunión con la ejecución de mi sentencia.

Sólo en la Cruz salvadora, sólo en el misterio de redención, muerte y resurrección, justicia y misericordia los encuentro para mí unidos. Eso que vivimos en nuestro bautismo, lo actualizamos en cada celebración eucarística. Ahí soy ajusticiado y misericordiado. Con ella podemos morir para vivir; sin ella tendremos justicia y sólo el ofrecimiento de la misericordia, pues no habremos querido la justicia misericordiosa-la misericordia justa, al negar la Cruz redentora.

Dame la Cruz, que yo quiera tu justicia y misericordia.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Unas orquídeas blancas

Blanca tu boca saluda
y hacéis coro
en busca de un abrazo,
del mío.
Bocas que besarme quieren
y el beso deseado
es que las bese.