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jueves, 21 de abril de 2011

Haced esto. 1 Corintios 11,23-26

San Pablo nos dice que ha recibido una tradición. No es algo que él haya inventado, procede del Señor; ése es su manadero. Así le ha llegado a él el Jueves Santo y así lo hemos acogido nosotros para entregarlo. Todo nos llega en la tradición viva de la Iglesia. El "haced esto" tiene un primer significado, aunque no sea el más importante, en esta transmisión. La permanente presencia del mandato se da en la entrega y recepción de la tradición y la tradición es cumplimiento del mandato.

En esta tradición, unidos la una al otro, están presentes la Eucaristía y el Sacerdocio de la Nueva Alianza. La una no es posible sin el otro y éste no tiene sentido sin el Sacrificio. En la tradición nos llegan ambos sacramentos en este "haced esto". Y esa tradición tiene como primeros receptores del mandato a los Doce y como primeros sacerdotes a ellos, quienes fueron los primeros comulgantes.

El "haced esto", el mandato, lo reciben después de que Jesús dijera: "Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros". El Sumo y Eterno Sacerdote es Jesús que se entrega por nosotros. Jesús se da primero como sacrificio y como alimento. Y, en esa donación, nos da la Eucaristía e instituye el sacerdocio. En esa tradición que comienza esa noche, un elemento esencial y vertebrador será la sucesión apostólica.

Ese mandato, "haced esto", lo es a celebrar el memorial del misterio pascual: "en memoria mía". "Haced esto" es celebrar el memorial; lo cual no es hacer memoria psicológica. Por la celebración del memorial, se hace de nuevo presente el misterio de la fe. Y, por esa presencia mistérica, tomamos parte en el sacrificio de la Nueva Alianza, que es también sacrificio expiatorio; la Eucaristía es verdadero sacrificio. En el memorial, la víctima tiene presencia eminente. El Cuerpo y la Sangre se hacen verdadera, real y sustancialmente presentes. Y, por esta presencia, el sacrificio lo es también de comunión. Lo mismo que el Jueves Santo primero, podemos comer y beber el Cuerpo y la Sangre del Cordero Pascual.

Esa oblación de sí mismo, en la que se nos da el mandado "haced esto", es el contenido de lo que hemos de ser y hacer. Quienes participan de la Eucaristía han de ser eucarísticos. Gracias al misterio pascual, recibimos la vida del Resucitado, somos configurados conforme a su Pascua y, por ello, hemos sido elegidos para vivir la vida que se nos ha donado en el Bautismo. Por ello, el mandato lo es a vivir vida pascual, por tanto a amar como Él nos ha amado. La vida eucarística es una vida sacrificial, una vida que ama hasta morir crucificada.

"Haced esto".

lunes, 4 de octubre de 2010

Antífona de comunión TO-XXVII.2 / 1 Corintios 10,17

El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan y bebemos del mismo cáliz (1Cor 10,17).
El sacrificio de la Nueva Alianza es la Cruz de Cristo. No se trata de un contrato social, sino de la Alianza en su sangre, que es donde está el hontanar de la Iglesia, ahí es constituido el nuevo pueblo de Dios. La Iglesia no nace del pueblo soberano, estamos ante una theo-arquía.

No son nuestras voluntades convergentes las que hacen la comunidad fraterna, sino que es el Padre de Jesucristo el que nos hace por el bautismo hijos suyos. Y no son los lazos de afectividad meramente humana los que nos unen, sino que en el Espíritu Santo somos uno en el Amor divino. Ese es el gran poder que nos rige y constituye como Iglesia, estamos ante una ágape-cracia.

Qué lejos estamos de un mundo narcisista en el que nosotros mismos seamos la medida de las cosas, cuando nos acercamos al altar. La desmedida entrega de Cristo, amándonos hasta el extremo, es la que nos habla de la mesura de la infinitud y eternidad divinas a las que estamos convocados. La Eucaristía nos recuerda que hemos sido creados a imagen y semejanza divina, no que Dios sea una creación conforme a nuestra figura.

La Eucaristía es la que hace a la Iglesia y nosotros formamos parte del único Cuerpo de Cristo, somos uno solamente en la comunión del Cuerpo y la Sangre de Cristo, en la comunión de su misterio pascual.

domingo, 12 de septiembre de 2010

Antífona de comunión TO-XXIV.2 / cf. 1Cor 10,16


El cáliz de nuestra acción de gracias nos une a todos en la sangre de Cristo; el pan que partimos nos une a todos en el cuerpo de Cristo (cf 1Cor 10,16).
El hontanar de la Iglesia es el misterio pascual, ese misterio del Cuerpo muerto en cruz y glorificado. Nosotros, en el bautismo, entramos a participar en ese misterio y somo hechos miembros del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. Somos, no podemos entendernos de otra manera, parte de una comunidad. No somos cristianos y luego decidimos ser miembros de la Iglesia. A una somos lo uno y lo otro, no podemos ser lo uno sin lo otro.

Mas no se es cristiano, lo mismo que no se es hombre, como una piedra es una piedra. Ser piedra no es algo que esté sometido a desarrollo y crecimiento. Sí, desde la pila del bautismo en adelante, somos el mismo cristiano, pero no somos lo mismo. Podemos ser santos o traicionar esa identidad, podemos vivir intensamente la fraternidad cristiana o ser de un individualismo atroz, podemos vivir comunitariamente la fe o consumir productos religiosos,...

Y, en la Eucaristía, podemos participar de muchas maneras: desde un estado comunitariamente casi comatoso hasta una vivencia de gran plenitud de comunión. Desde ahí nos acercamos a comulgar el Cuerpo de Cristo; desde donde nos hallemos, siempre que no estemos muertos espiritualmente y, por tanto, necesitemos de la penitencia, nos acercamos al cáliz de nuestra acción de gracias y al pan que partimos.

La celebración de la Eucaristía hace ese Cuerpo de Cristo que es la Iglesia y, a nosotros, nos "comuniona", estrecha nuestra fraternidad. Pero no de manera mágica. Cuando somos engendrados, somos puestos en la vida y tenemos que vivir esa vida. Nosotros tenemos que vivir la comunión que se nos regala, tenemos que crecer en ella día a día, de comunión en comunión cada vez más.

Esperemos que algún día la pregunta que nos hagamos no sea a qué hora voy a misa, sino con quién celebrarla.

[El comentario a la otra antífona de comunión lo encontráis aquí]

jueves, 4 de febrero de 2010

El Mesías de Händel LXXXVI

¡Demos gracias a Dios, que nos da la victoria por nuestro Señor Jesucristo! (1Cor 15,57).
Canta el coro, pues agradecidos son todos los redimidos y lo son no solamente individualmente sino con los otros y la vida eterna será un canto de acción de gracias.

El pecado de nuestros primeros padres fue una derrota, pero esa victoria de la muerte ha sido revertida. La victoria de Cristo es su derrota. Las luchas y victorias de los reyes de Israel y Judá son una imagen profética del verdadero combate y el verdadero triunfo, el del León de Judá (Ap 5,5).

Desde su infancia, Jesús es perseguido, mas nunca derrotado. En el desierto, vence a toda tentación. Como el más fuerte, expulsa a Satanás de los endemoniados. Con su muerte y resurrección, triunfa sobre todo mal, sobre el pecado y la muerte. Y a los poderes derrotados lleva en su cortejo triunfal.
Dios borró el protocolo que nos condenaba con sus cláusulas y era contrario a nosotros; lo quitó de en medio, clavándolo en la cruz, y, destituyendo por medio de Cristo a los principados y autoridades, los ofreció en espectáculo público y los llevó cautivos en su cortejo (Col 2,14s).
Y esa victoria nos la da Dios por medio de Jesucristo. ¿Pero cómo nos la da? ¿Nos la da solamente como efecto o también como acción de vencer? No recibimos solamente el resultado del combate, sino también la fe con la que decir sí a Jesús, con la que creer en Él, es decir, con la que vencer. La fe no es saltar desde lo natural, sin más, a lo sobrenatural, desde la muerte a la vida. ¿Cómo íbamos a poder hacerlo con nuestras fuerzas meramente humanas? ¿Pero de qué nos serviría el que se nos diera por gracia el poder de creer si rehusáramos hacer lo que se nos da poder hacer? ¿Y cómo sería nuestra la victoria si no fueramos nosotros los que venciéramos? No se nos da sin nosotros aquello a lo que no alcanzamos, no se completa lo que no culminamos, sino que se nos da el poder vencer, obtener la victoria ya alcanzada por Cristo. Se nos pone en el poder creer, pero tenemos que ejercer esa posibilidad.
Doy gracias a Dios que siempre nos asocia a la victoria de Cristo y que por medio nuestro difunde en todas partes la fragancia de su conocimiento. Porque somos el incienso que Cristo ofrece a Dios (2Cor 2,14s).

miércoles, 3 de febrero de 2010

El Mesías de Händel LXXXV

Y a dúo, con el apóstol, tanto la contralto como el tenor se preguntan:
¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón? El aguijón de la muerte es el pecado, y la fuerza del pecado es la ley (1Cor 15,55b-56).
Ya ahora la muerte ha dejado de tener fuerza. De la esperada resurrección final participamos por el bautismo y, por ello, los que por miedo a la muerte vivíamos esclavizados por el diablo (cf. Hb 2,15) podemos vivir ahora en la libertad de los hijos de Dios.

El hombre, tras el pecado de los primeros padres, ha saboreado lo que es la muerte. No simplemente la separación del alma y el cuerpo al final de esta vida, pues es consecuencia de la radical, la muerte del alma, ya que el pecado es estar separado de la fuente de la vida.

El hombre vive palpando continuamente, aunque trate de aturdirse para no sentirlo, el vacío existencial de estar lejos de Dios e intenta llenarlo por los medios a su alcance, con lo que puede sin la gracia divina. Y busca mil sucedáneos para dar respuesta a la oquedad que siente en su interior. Tiene miedo a morir de sed de divinidad. Y ese temor a no satisfacer el deseo radical de su existencia es lo que le da capacidad al diablo para esclavizarnos por el engaño. Nos ofrece falsas salvaciones y el hombre trata de aferrarse, sin Dios, a cualquier apariencia de plenitud.

La victoria de Cristo sobre la muerte nos brinda, por gracia, la verdadera vida, la divina, la única que puede saciar nuestra sed y, por ello, la que asienta nuestra vida no en el temor a la muerte eterna, sino en la esperanza en la deificación eterna. Lo único que de verdad necesita el hombre, y que él no puede satisfacer con sus propias fuerzas, se nos da gratuitamente por medio de la fe en Jesucristo: la vida divina.
Sostenemos, pues, que el hombre es justificado por la fe, sin las obras de la Ley. […] Él absuelve a los circuncisos en virtud de la fe y a los incircuncisos también por la fe. Entonces, con la fe, ¿derogamos la Ley? Nada de eso, al revés, la Ley la convalidamos (Rm 3,28.30s).
La Ley es santa, espiritual y buena (cf. Rm 7,12.14) y da el conocimiento del bien, pero no el poder para realizarlo (7,14-18); muestra el mal, pero no capacita para vencerlo. Sin la gracia, la realización material de lo prescrito en la Ley es una obra humana, es amontonar ladrillos que nunca pueden hacer una torre que llegue hasta el cielo. Solamente la gracia nos hace obrar no simplemente con una voluntad meramente humana, sino con la caridad sobrenatural y, por ello, justificados, hechos justos, por la fe en Cristo Jesús, nuestras obras lo son de vida eterna. Con la gracia nuestras obras no son simplemente humanas; ella nos capacita para cumplir divinamente la voluntad de Dios.


Imagen por gentileza de Mónica

jueves, 21 de enero de 2010

El Mesías de Händel LXXXIV


[Continuación]

La historia no es solamente, por tanto, algo de los hombres. Ni es solamente una cadena de causación natural. Los hechos históricos son palabras humanas, pero la urdimbre y la trama de la historia es ante todo Palabra de Dios.

Una Palabra que moldea ese otro fruto de su Palabra que es la Creación y que tiene una dinámica de crecimiento. Los hechos, en cuanto perteneciente a la Historia de Salvación y no simplemente a una historia que solamente fuera humana, son palabra llena de significación que alumbra el pasado, el presente y el futuro, en este sentido, son profecía o flor de verdad. Pero son también causa que realiza, que hace realidad lo prometido, y entonces es cumplimiento o fruto de bondad. Y que remite a realizaciones futuras, de modo que los hechos divinos son también promesa o semilla preñada de atrayente belleza. Flor para ser contemplada por la fe, fruto degustado que llena de esperanza, semilla a regar en la tierra de la humildad con la caridad. Y una Palabra que es fiel, que está indeleblemente escrita, no simplemente sobre un papiro o un pergamino, sino en la entraña de la historia, porque lo más hondo de ella es el Verbo eterno del Padre por medio del cual y para el cual fueron creadas todas las cosas; en quien naturaleza, historia y Dios están unidos.

El apóstol, en el texto recitado por la contralto, remite a Is 25,8. A una palabra dicha en un momento de tribulación de Israel, a una palabra de esperanza para ese pueblo en esa situación. Pero una palabra que ya era realización de la primera palabra de salvación pronunciada sobre los hombres. Una palabra que iba más allá de esa esperanza concreta y pequeña y que estaba abierta a una realización insospechada. La muerte, ciertamente, ha sido ya absorbida en la victoria (cf. 1Cor 15,56) de la Resurrección de Cristo, en la vida nueva recibida en el bautismo y lo será, a ello remite directamente S. Pablo y nuestro Mesías, en la resurrección del último día.

Pero este paso de 1 Cor, al remitir a ese versículo de Isaías, está, a la par, reenviándonos al oráculo del que forma parte, a ese banquete escatológico del que habla. Y éste nos va remitiendo a toda su profecía y ésta a toda la Escritura. Porque, en realidad, aunque difractada en el tiempo, la palabra de Dios pronunciada sobre los hombres es una sola: su Hijo. En todo rincón de la Escritura resuena para nosotros el eco de su voz.

viernes, 8 de enero de 2010

El Mesías de Händel LXXXIII


Aunque continúa el libreto con el siguiente versículo de 1 Corintios, sin embargo, para facilitar la transición, Händel da paso ahora a un recitativo de la contralto.
Cuando esto corruptible se vista de incorrupción y esto mortal se vista de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra escrita: La muerte ha sido absorbida en la victoria (1Cor 15,54-55a).
Aunque estemos hablando de las últimas realidades y, más concretamente, de la resurrección final, sin embargo, esto no supone la anulación de la historia, sino todo lo contrario. Estamos ante la culminación de ella y, desde ahí, es desde donde encontramos su sentido y significación. Este versículo de S. Pablo nos ilumina para comprender qué sea la historia, pues es historia de salvación y, por ello, algo que desborda el entendimiento humano.

Porque análogamente a como el hombre no puede conocer en pureza el ámbito de la naturaleza, sino que ese espacio de funcionalidad siempre lo ve inmergido en la causalidad histórica, en el sentido, así, aunque por abstracción podamos hablar de ella, no hay propiamente una historia puramente humana, pues ésta está inscrita en la llamada de Dios a los hombres a la vida sobrenatural, está marcada por un sentido último que va más allá de lo que da de sí lo meramente humano.

El apóstol nos dice que, cuando ocurra eso que ha cantado antes el bajo, entonces se cumplirá la escritura. La historia, por tanto, nos aparece como cumplimiento de la Palabra divina. Lo cual va teniendo lugar paulatinamente y con un sentido último en el que quedan envueltas las intervenciones y palabras de Dios a lo largo del tiempo.
Él nos eligió en Cristo –antes de crear el mundo– para que fuésemos santos e irreprochables ante Él por el amor. Él nos ha destinado por medio de Jesucristo, según su voluntad y designio, a ser sus hijos, para que la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en su querido Hijo, redunde en alabanza suya (Ef 1,4ss).
[Continuará]
El misterio es gentileza de Mrs. Wells

martes, 5 de enero de 2010

El Mesías de Händel LXXXII

Entonces,
...la trompeta resonará, y los muertos despertarán incorruptibles y nosotros nos veremos transformados. Porque esto corruptible tiene que vestirse de incorrupción, y esto mortal tienen que vestirse de inmortalidad (1Cor 15, 52b-53).
El bajo, del recitativo, pasa a cantar un aria en un mano a mano con la trompeta solista, porque la trompeta sonará. Tajantemente se expresa S. Pablo. No se trata de quimeras ni de especulaciones. El final llegará, la historia tiene un último punto. Y la trompeta última inexorablemente, sin que nada ni nadie la pueda detener, sonará. Por ello, el diablo tiene prisa, porque sabe que el tiempo de que dispone para actuar está contado, es limitado; por eso, además de por nublar la razón y presionar, mete prisa, porque él la tiene y no puede perder tiempo. La obra de Dios, en cambio, se deja sentir porque no tiene agobio de premura, aunque dé diligencia, pues Él es el Señor del tiempo y de la historia.

En la antigüedad, la trompeta, por su sonido fuerte y penetrante, era usada en la guerra para dar señales a los ejércitos o por los heraldos para anunciar algo. La última trompeta proclamará la acción del Juez Supremo y será también llamada.

Sonará para comunicar a todos la intervención del Resucitado y para que los muertos despierten. En el pasaje original, el apóstol usa el verbo griego egeiro que, en principio, significa despertar, levantar, suscitar y que vino a querer decir resucitar. En contraste con el mundo pagano, en las sepulturas cristianas se decía que el fallecido dormía, pues esperaba la resurrección. Para quienes no creían en ella, la muerte era considerada como la liberación del cuerpo, tras la cual, el alma inmortal tendría una existencia sin ataduras.

El cristiano cree que Dios lo ha hecho todo bien y lo ha hecho a él bien. La materia no es mala ni el cuerpo, lo único malo es el pecado. Y Dios nos ama en la totalidad de lo que somos y nosotros queremos amar con plenitud en la totalidad de lo que somos, en alma y cuerpo. Por ello, la única liberación que deseamos es la del pecado y la de la muerte, es decir, la de la separación del alma y el cuerpo.

Este cuerpo que con su debilidad tras el pecado de Adán, con su corruptibilidad y mortalidad, me ha ido recordando que soy limitado, que no soy Dios; que me ha ido, mediante el dolor físico y anímico sentidos gracias a él, llamando a alejarme de la soberbia y acercarme a la humildad; que con él he sentido el agua sobre mi cabeza en el Bautismo, he oído la Palabra divina, gustado el Cuerpo eucarístico, palpado la fraternidad de la fe en la Iglesia, olido a los pobres y necesitados; estos brazos con los que he estrechado a los seres amados, estos labios que han besado, estos pies que han caminado al encuentro de los demás; este cuerpo que ha visto la creación divina está llamado a contemplar a Dios cara a cara. Si no fuera así, yo no gozaría en la totalidad de lo que soy la vida eterna. Y el amor de Dios, ¿no resultaría limitado?

Vivos y muertos, en el Señor, gozarán de la vida eterna en cuerpo y alma.

martes, 29 de diciembre de 2009

El Mesías de Händel LXXXII

Os voy a declarar un misterio: No todos moriremos, pero todos nos veremos transformados. En un instante, en un abrir y cerrar de ojos, al toque de la última trompeta... (1Cor 15,51-52a).
Como quiera que se trata de la declaración de un misterio, es el bajo, primero con un recitativo, quien va a tomar ahora la palabra.

Pero la declaración del misterio, por parte de S. Pablo, lo es como misterio divino. Nosotros hablamos normalmente de misterio como aquello de lo que sabemos que no sabemos y nos atrae o necesitamos la averiguación de aquello que desconocemos, pero desde el supuesto de que esa ignorancia es algo momentáneo y salvable tarde o temprano por nuestra razón. Esperamos desvelarlo en un momento u otro con nuestro esfuerzo; se suele dar por sentado que los misterios de la naturaleza, por ejemplo, serán penetrados por la ciencia.

Pero lo que el apóstol pone ante nosotros es misterio en cuanto tal. Dios no es misterio porque de momento se escape a nuestro entendimiento, sino porque en sí mismo lo es para nosotros. Su trascendencia respecto a nuestra inteligencia es misterio. Y, en esta vida, paradójicamente, mediante la fe, lo conocemos como tal misterio. La razón por sí misma, a través del conocimiento de lo visible, ni siquiera llega a atisbar el misterio de la intimidad divina, de la vida de amor que hay entre Padre, Hijo y Espíritu Santo, aunque pueda llegar a saber de Dios: "Lo que puede conocerse de Dios lo tienen a la vista: Dios mismo se lo ha puesto delante" (Rm 1,19; cf. C.E.C. n 35). Y la exposición del misterio divino ante nuestro pobre logos no aparece propiamente como tal misterio, sino, a lo más, como problema intelectual a resolver o como absurdo lógico, pero no propiamente como misterio.

Y, gracias a la fe, todo se nos muestra como misterio: la naturaleza y la historia vehiculando el trascendente obrar salvífico de Dios para con nosotros.

No todos morirán antes de la venida en gloria del Señor. La resurrección de la carne para ellos lo será, a la par, que lo sea para quienes ya hayan entonces muerto. Pero esto no es un dato que abarquemos en la totalidad de su significación. En la fe, lo conocemos como misterio. ¿Pues qué puede saber nuestra razón sobre la resurrección de un cuerpo? ¿Qué puede decirnos nuestra inteligencia natural sobre que todos, vivos y muertos, seremos transformados?

Y misterio pues será obra divina y divina obra. Acción más allá de la causalidad intramundana, tanto natural como histórica ("en un instante, en un abrir y cerrar de ojos"); allende la historia ("al toque de la última trompeta").

Entonces...

lunes, 28 de diciembre de 2009

El Mesías de Händel LXXXI

Y, tras la confesión de la soprano, el coro canta:
Si por un hombre vino la muerte, por un hombre ha venido la resurrección. Si por Adán murieron todos, por Cristo volverán a la vida (1Cor 15,21s).
Los elementos compositivos acompañan claramente a los versículos paulinos. Tanto Adán como Cristo ejercen una mediación de carácter universal, aunque de signo distinto; al quedar todos por ambos afectados, es el coro el que canta. Por otra parte, el contraste entre muerte y vida queda expresado por los cambios de intensidad del sonido, alternando el débil con el fuerte, y también por el menor o mayor acompañamiento de instrumentos a las voces.

La resurrección final está vinculada, como triunfo, a la victoria de Cristo, pero, como conclusión de una historia marcada por el pecado, lo está también a Adán. La resurrección lo será gracias a Cristo, pero lo será porque necesitamos resucitar por haber muerto. Y es que, por la elección de un hombre contra la voluntad divina, entró el pecado en el mundo y por éste la muerte (cf. Rm 5,12.18).

La lejanía de Dios, el pecado, es algo que afecta al hombre en la totalidad de lo que es. Por ello, la muerte del alma, que es estar al margen de la gracia de Dios, es un daño para todo lo que somos. El pecado de Adán, la frustración de su mediación para con todos sus descendientes por su negación voluntaria del designio de Dios para él, comprometió a la totalidad de la humanidad en la totalidad de lo que los hombres somos. Una de las consecuencias del pecado de Adán es la separación de alma y cuerpo. Lo cual contrasta con la Virgen Inmaculada; la que no tiene mancha de pecado original fue asumpta al cielo en cuerpo y alma.

Nos es difícil, desde nuestro individualismo exacerbado, consecuencia del pecado, comprender la dimensión comunitaria del hombre que, de forma dramática, se manifiesta en el misterio del pecado original. Esta dimensión la podemos palpar, en su vertiente positiva, no solamente en la esperanza de la resurrección final, mediante la obra salvífica de un solo hombre, Jesús, el Hijo de Dios, sino también, de manera especial, en la comunión de los santos. En ella, ya pregustamos la sociedad celeste, en la que, tras la venida en gloria del Señor, estaremos, Dios lo quiera para cada uno de nosotros, en comunión perfecta de unos con otros, con toda la creación, con Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo y también con nosotros mismos, pues cuerpo y alma estarán en perfecta y gloriosa armonía. Lo que fracturó el pecado, será sanado y glorificado por Cristo.
Si el delito de uno trajo la condena a todos, también la justicia de uno traerá la justificación y la vida (Rm 5,18).

martes, 15 de diciembre de 2009

El Mesías de Händel LXXX


Y la primera aria de esta tercera parte la concluye así la soprano:
[Porque] Cristo resucitó de entre los muertos: el primero de todos (1Cor 15,20).
El acto de fe en la resurrección del último día no está asentado en el vacío, sino en la resurrección del Señor. Ciertamente, si Cristo no ha resucitado, nuestra fe es vana; pero si solamente fuera algo que le afectara únicamente a Él, nuestra esperanza en Cristo acabaría en esta vida (cf. 1Cor 15,17-20). Pero no, Él ha resucitado como primero, como primicia de la resurrección final.
Por el bautismo fuisteis sepultados con Él y habéis resucitado con él, porque habéis creído en la fuerza de Dios que lo resucitó de entre los muertos (Col 2,12).
Hemos sido incorporados al misterio pascual del Señor por las aguas bautismales, la fe nos ha dado acceso a una nueva vida. Tenemos la garantía sobre la que se asienta la esperanza en esa resurrección futura.
Por el bautismo fuimos sepultados con Él en la muerte, para que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva. Porque, si hemos quedado incorporados a Él por una muerte como la suya, lo estaremos también por una resurrección como la suya (Rm 6,4s).
A la Cabeza, seguirán los miembros de su cuerpo, que es la Iglesia. La historia, después de aquél domingo, de aquél primer día de la semana, es también misterio pascual y todos los bautizados estamos incorporados a él. Es ésta nuestra auténtica identidad y nuestra vocación. Por ello, como vivimos esa vida de gloria, nuestra vida ha de ser conforme a ella. Vivir la santidad en la que estamos, vivir el amor en que habitamos, vivir la resurrección que nos da vida es la verdad de nuestra existencia. Y viviendo así, viviendo el cielo en la tierra, lo hacemos presente y visible en esta vida para los demás. La historia está preñada por las últimas realidades; nuestro mundo está empapado de escatología.

Si hemos muerto con Cristo y si con Él vivimos ya en esta tierra la vida de amor de las tres divinas personas, estamos libres de toda norma y atadura y libres para cumplir en todo la voluntad de Dios.
Si moristeis con Cristo a lo elemental del mundo, ¿por qué os sometéis a reglas como si aún vivierais sujetos al mundo? (Col 2,20s).
No deberíamos tener más ley que el amor, nuestra única atadura debería ser el soplo del Espíritu. Pero como vivimos en este mundo, como aún hay mucho por purificar en nosotros, hemos de trabajar, con la fuerza de Dios, para irnos desatando de toda ligadura, por fina que sea, para poder volar plenamente en las alas del Espíritu.

lunes, 13 de abril de 2009

Antífona de comunión P-DI / 1 Corintios 5,7s

Ha sido inmolada nuestra víctima pascual: Cristo. Así, pues, celebremos la Pascua con los panes ázimos de la sinceridad y la verdad. Aleluya (1Cor 5,7s).
El evangelista S. Juan nos hace ver en su relato de la Pasión que Cristo fue crucificado en el momento en que en el Templo era sacrificada la víctima del ritual de la antigua pascua judía.

Tanto en la Vigilia Pascual, como en la eucaristía del Domingo de Pascua, en el momento de la comunión, en plena celebración de la Resurrección del Señor, se canta esta antífona, si no es sustituida por otro canto eucarístico. Participamos del sacrificio de la nueva Pascua, pero la víctima está verdaderamente sacrificada y verdaderamente viva.

Pero estas palabras de S. Pablo además nos invitaban a celebrar el acontecimiento central de la historia, siendo nosotros panes ácimos. No se trata ya de retirar de la casa, como en la antigua celebración pascual, la levadura vieja. Sino de purificarnos de todo mal, para que seamos panes de sinceridad y verdad. Que toda nuestra vida no tenga otra finalidad que la Pascua, que toda la vida la esperemos de la Resurrección del Señor. Una vida, una existencia con una pura intención.

Toda nuestra vida, estos cincuenta días de Pascua en especial, estamos invitados a ser en medio del mundo esos panes ácimos de sinceridad que hagan presente la alegría de la Resurrección. Todos nuestros días, una celebración de la Pascua.

Y, en las manos del Sumo y Eterno Sacerdote, Jesucristo, ¿qué llegarán a ser los panes ácimos de la sinceridad y la verdad?

¡Aleluya! Es decir: ¡Alabad al Señor!