domingo, 23 de noviembre de 2008

Salmo 101 (100) I


Como es hoy el día de Cristo Rey, voy a empezar a hacer un pequeño comentario del Salmo 101 (100). No sé cuántos días me llevará; de momento la primera entrega.

El salmo, probablemente en la boca de un rey, comienza con un tono hímnico dirigiéndose a Dios e inmediatamente el soberano empieza a enunciar sus propósitos en relación a uno de los aspectos de su condición real, concretamente el juicio. Los reyes de entonces no eran como los de ahora, no solamente por no ser constitucionales, sino por la misma concepción de la figura regia. El que no fueran constitucionales no quiere decir que fueran gobernantes totalitarios, pues por encima de ellos estaba la Torah de Dios y a su alrededor la constante crítica de los profetas auténticos. Respecto a sus competencias, éstas nos pueden sorprender hoy un poco. El rey era el pastor de su pueblo, salía al frente de los ejércitos –algunos murieron en la batalla–, era juez e incluso cumplía algunas funciones cultuales. Nuestro salmo se centra solamente en las competencias de justicia, por ello, no hay por qué echar en falta otros aspectos que sí aparecen en otros salmos reales o en otros pasajes bíblicos.

Para comprender el salmo, podemos imaginarnos un contexto. El rey, en el momento de acceder al trono, era investido del poder de administrar justicia. Podríamos entender este salmo como la exposición, ante Dios, del programa ideal de gobierno que desearía llevar a cabo. Pero es una declaración un tanto peculiar.

«¡Voy a cantar a la misericordia y a la justicia; para ti, Yhwh, salmodiaré». Los propósitos del rey no son dichos simplemente para que los gobernados sepan qué pretende hacer. Sus propósitos son un canto dirigido a Dios, es trobar la misericordia y la justicia. Pero, ¿qué misericordia y qué justicia? ¿La suya propia o/y la de Dios? La dinastía davídica ha experimenta la justicia y la bondad de Dios. David escuchó el juicio de Dios sobre su pecado y experimentó su misericordia, algo que va más allá de una estricta lealtad a un pacto. Pero antes palpó la bondad divina al ser elegido sin ningún mérito, sino por pura bondad. El rey canta lo justo que pretende ser, pero esto no es sino una respuesta a la misericordia y justicia divinas de que ha gozado. Cantar y orar a Dios lo hacemos con su palabra, es siempre respuesta al diálogo que Él abre y solamente estamos a la altura si la palabra que damos es el resonar de la recibida en nosotros.

«Prestaré atención al camino íntegro: ¿Cuándo vendrás a mí?» El monarca, como primer propósito se sitúa de forma perceptiva, va a atender. Pero el camino, ante el que abre sus sentidos, no se dirige a un punto lejano y estático, sino que es un caminar hacia Dios que viene a nuestro encuentro. ¿Cómo podrá un hombre practicar la misericordia y la justicia si Dios, que es la misma misericordia y justicia no viene hacia él? Tras el fracaso de la monarquía esto resulta más evidente. Is 32,1 profetiza esperanzado: «Mirad, un rey reinará con justicia y sus jefes gobernarán según derecho». ¿Y si ese rey fuera Dios mismo? Si fuera así, la justicia y la misericordia nunca faltarían, porque Él no se puede negar a sí mismo.
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1 comentario:

Mónica dijo...

sin embargo este Rey no juzgo al mundo sino que fue juzgado por su criatura y nunca antes hemos tenido un rostro tan preciso de la humildad de su Reinado