miércoles, 26 de noviembre de 2008

Salmo 101 (100) IV



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Dejábamos ayer a medias el v. 3. El rey no pone en su atención lo malo, pero además dice: «aborrezco las acciones propias de los descarriados: no se me pegarán». Los hombres, y es ya mucho, a veces no ejecutamos malas acciones, pero, sin embargo, nuestro corazón puede seguir apegado a lo malo, aunque no lo realicemos. Éste es uno de los elementos que hace que una tentación tenga fuerza. Pero, pese a esa afección que impregna de un atractivo especial las cosas, pues es estar ligados a ellas en cierto modo, el hombre puede, a Dios gracias, omitir la acción mala. Mejor es no solamente no caer en la tentación, sino estar desafectado de todo lo malo. Perfectísimo es el que no solamente no siente atracción por ello, sino que incluso lo detesta. Entonces, además de ser dificilísimo que la tentación enganche, se está más lejos de la afección a lo malo que cuando solamente se está desafectado.

Esto es un altísimo grado de humildad, porque la soberbia da relieve afectivo a la realidad teniéndose a uno mismo como la última referencia valorativa; mientras que la humildad perfecta tiene puesto el afecto en todo en la proporción en que la realidad viene jerarquizada por el valor supremo que es Dios. Esta sublime humildad nos lleva a preguntarnos si el rey está confesando dónde está en el camino divino o expresa un deseo de lo que quisiera ser para poder luego obrar siempre sin que ni sus acciones ni sus intenciones queden contaminadas, aunque sea poco, por lo malo. Es más, ¿está hablando de sí o por su boca habla anticipadamente el rey que es pura misericordia y justicia?

Pero la afirmación del rey también nos interpela. Al verdadero discípulo, la distancia que tiene con tan alta humildad no le desanima; al contrario, estas palabras le abren el deseo de caminar por el camino de los mandatos divinos con un corazón ensanchado de tal modo que no solamente no esté apegado a lo malo, sino que de tal modo ame lo bueno que brote espontáneamente en su interior el aborrecimiento a lo que desvía, a lo que descarría del camino perfecto. Y, en cuanto lo desea, así pone de su parte lo que le es posible para purificar su afecto.

Y esta, más que desafección a lo malo, afección a lo bueno, le lleva al rey a establecer un principio de pureza de perfil cultual que alcanza a todos los círculos concéntricos: él mismo, su palacio, Jerusalén. Y, por ello, dice en el v. 4: «Que se aleje de mí el corazón perverso, no quiero conocer la maldad». Como en el Templo, nada malo o impuro ha de entrar en sus dominios.

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2 comentarios:

Mónica dijo...

Diríase que su comentario es soberbio ! , y no tengo nada más que añadir que por humildad es mejor callar

zaqueo dijo...

Sí. Desear... desear de tal manera, que nada sea capaz de desviar sus pies. Aunque esté descalzo y el camino sea áspero, caminará lleno de alegría y esperanza.