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miércoles, 7 de julio de 2010

Nombrar sin decir. Gn 2,23


Aunque la acción creadora del Señor Dios es simplicísima, sin embargo, el autor sagrado la describe, en los primeros capítulos del Génesis, de manera múltiple. Y es que la unicidad divina, como luz blanca difractada, desde la creaturalidad la palpamos.

Entre esa multiplicidad de actividad que parece haber en Dios y que no es sino expresión de la infinita riqueza de su hacer, nos cuenta la Biblia que dice y nombra, dice luz y la llama día. El hombre, creado a imagen y semejanza, no dice, solamente da nombre a los animales. No los trae por acción creadora a la realidad, sino que puestos delante de Él por Dios, les da nombre, los nombra. Es decir, les da norma; como visir de Dios, puesto en Edén para cultivarlo y cuidarlo, les da un para. Y aquí va a estar inscrita la historia. Todo su drama va a consistir en si el hombre encamina a las criaturas y así mismo hacia el para que Dios quiere para ellas y no es otro que la gloria divina. Como dice S. Ireneo:
La gloria de Dios es el hombre vivo, y la vida del hombre es la visión de Dios: si ya la revelación de Dios por la creación procuró la vida a todos los seres que viven en la tierra, cuánto más la manifestación del Padre por el Verbo procurará la vida a los que ven a Dios.
¿Y que es esta visión de Dios sino la divinización del hombre (cf. 1Jn 3,2)?

Pero el autor sagrado deja en silencio la escena. Habrá que esperar un poco a escuchar la voz del hombre, su pequeño logos de criatura. Y, cuando lo escuchamos, lo oímos envuelto de alegría. Ante la mujer (issá), la palabra (logos) va en soplo (pneuma) sonoro y en júbilo, y Adán (hombre) se ve varón (is) (cf. Gn 2,23).

Gozo y palabra hablada ante quien es igual. Pero no solamente ese nombre que habla del qué, sino también otro nombre que habla del quién, el misterio más profundo de cada hombre, sea varón o mujer: Eva, la viviente (cf. Gn 3,20). Y esto tras el pecado. Como si, antes de éste, ese nombre fuera solamente don de Dios conocido únicamente en el silencio por quien lo recibía (cf. Ap 2,17). También la desnudez estaba antes en el silencio y no necesitaba de vestiduras. Parece que el nombre propio y la ropa velaran y protegieran el misterio de cada quién en espera de la comunión del cielo, de la consumación de la divinización tras la redención.

jueves, 1 de julio de 2010

Entre la B y la N. Gn 1,1


La Biblia comienza con la palabra hebrea "bereshit" y termina con "amén" en griego, es decir, que toda la Sagrada Escritura está entre el principio y el sí, pero también entre la b(eth) y la n(u). Todo tiene un comienzo; Dios dice, separa, da nombre y contempla la bondad de lo creado, nos dice el primer capítulo del Génesis. Pero Dios no destruye lo que ha creado, al final, hay un Amén, no una aniquilación, con todo lo tenso que nos aparezca el final de los tiempos. Pensemos, por ejemplo, que los que resuciten para vida eterna, en su cuerpo glorificado, contemplarán lo material de la creación transfigurado.

¿Y por qué empezará la biblia con la beth, la segunda letra del alefato (alfabeto hebreo) y no por la alef, que es la primera? ¿Y por qué no termina con la omega que es la última letra del alfabeto (el griego sí que lo es propiamente)? Sobre lo primero pensó la tradición rabínica.

La creación es algo segundo, principiado; mientras que el Creador es el principio sin principio, la causa de todas las causas que, a su vez, no es causada por otra realidad. Pero la beth, además de ser la segunda letra, es también la que representa el número dos. Dios es unidad perfectísima, sin división, las tres divinas personas tienen una misma y única sustancia (homoousios) absolutamente simple. En cambio, las criaturas pertenecemos al mundo de la multiplicidad, de la complejidad.

¿Y la nu (pronunciada ny) griega del amén? No es ni mucho menos la última letra del alfabeto y, en cierta manera, es primera. Dos docenas de letras tiene el alfabeto y la primera de la segunda de ellas es la nu; el final es un comienzo. Pero además, con esta letra, los griegos representaban el número cincuenta. Éste nos remite en la Biblia a una comunidad de hombres henchida por el Espíritu (cf. 1Re 18,4.13; 2Re 2,7); sobre los discípulos descendió, como lenguas de fuego, en Jerusalén el "quincuagésimo" día tras la resurrección, que es lo que significa "pentecostés" en griego (cf. Hch 2,1-4).

Somos criaturas (beth), pero nuestra vocación es ser comunión en el Espíritu (nu).

Y ahora en español, con vuestro permiso. Entre B y N, no es que la realidad sea blanco y negro, es que Dios contempló todo (desde la eternidad ve desde la beth hasta la nu) y todo está por Él hecho BieN.