sábado, 6 de diciembre de 2008

La Cruz de las aulas IV

.../...

Continuamos glosando al margen lo de la cruz en el colegio de Valladolid. El consejo escolar decidió que hubiera una cruz en las aulas y lo hizo con una motivación muy concreta, porque era símbolo de amor entregado.

Como se ve, la motivación explícita no era religiosa. Si, para simbolizar eso, hubieran decidido colocar la foto de una madre velando a su hijo enfermo por la noche, tal vez no hubiera habido ningún problema. Aunque quién sabe, tal vez algún colectivo feminista se hubiera sentido ofendido por considerarlo expresión de machismo; seguro que el padre está durmiendo plácidamente mientras la madre sufre una secular explotación cultural. O acaso los ofendidos fueran de un sindicato raro de enfermería; de esas tareas se tiene que hacer cargo el Estado, esa madre está quitando un puesto de trabajo.

Y ahora echad la imaginación a volar, pensad en posibles ofendidos con la estampa que he propuesto. Incluso jugad a soñar más símbolos de otras cosas nobles e idles asignando posibles ofendidos. Conclusión, siempre puede haber alguien que se sienta molestado. Hasta la ausencia de símbolos podría dar lugar a una larga lista de agraviados. Propongo que alguien presente una reclamación donde corresponda alegando que una pared sin crucifijo es un símbolo religioso. Se puede argumentar. El vacío es algo muy budista, por ejemplo. Pero incluso es cristiano; basta con fijarse en el estilo cisterciense.

Situarnos, como suele ser muy frecuente en la cultura dominante, en el punto de vista de la sensibilidad ofendida de alguien, lleva a la tiranía de los más sensibles o de quien quiera pasar por tal. Aunque, claro, esto es limitado. Lo vigente es que solamente sean unas cuantas sensibilidades las que puedan alegar ofensa. Y, como el embrión y el comatoso no tienen demasiada sensibilidad, tampoco pueden sentirse demasiado ofendidos. Éstos últimos son los que menos alegaciones pueden presentar. Lo que ofende tiene que ser tasado objetivamente y no subjetivamente.

Por el camino del subjetivismo, me da la impresión de que vamos hacia la dictadura de la arbitrariedad de unos pocos; la sensibilidad obrará como excusa y fatal argumento coactivo: “¿No querrás ofender a fulanito? ¿Verdad?” Habrá que continuar reflexionando, porque aún quedan algunas facetas interesantes por tocar.

.../...

viernes, 5 de diciembre de 2008

A Dios le gusta la carne

He interrumpido la serie sobre lo de la cruz en los colegios, pero no por comentar los textos evangélicos de El Mesías –otro día iremos a por ellos–, sino porque he leído una entrevista a J. M. Castillo, en la que hay una afirmación que me parece interesante comentar: “La Iglesia es un gran obstáculo para entender el Evangelio”. Como veis, no cito el título, un poco suavizado, sino lo que dice el autor en la entrevista. El resto de las declaraciones tampoco tienen desperdicio, pero ésta en concreto apunta a una de las cuestiones que planteaba Palladio en uno de sus comentarios.

Detrás de este aserto hay una visión de Dios muy distante de la mía y, por los comentarios, también vuestra. Mi experiencia de fe me ha enseñado que Dios no es un geómetra cartesiano, que no tiene que hacer abstracción de nada mío para acercarse a mí. Es más, hasta se sirve de lo malo que hay en mí y a mi alrededor para decirme quién es Él.

El Dios del cristianismo no solamente no es distante, sino que hasta se pringa en la Historia. Dice el evangelio de S. Juan expresivamente, frente a cualquier tendencia gnóstica o platonizante, que se hizo carne. No es que Dios tenga interés por la Historia humana, sino que va más allá, se hace parte de ella. Y lo hace de tal manera que sufre sus consecuencias. La Cruz es un escándalo tanto para los judíos como para los griegos. Los unos esperaban un signo, una intervención poderosa de Dios en la Historia, pero quedando al margen de ella, inconmovible en su trascendencia. Para los otros, una necedad: ¿Cómo un hombre horrendamente torturado en una cruz puede revelar la divinidad y divinizar al hombre?

El que creó la Naturaleza y la Historia no se desdice de las leyes que las rigen. Por ello, la Historia particular de un pueblo, incluidas sus barbaridades, no son un obstáculo para manifestar quién es. Ni siquiera los pecados tremendos de un rey. Pero, como es reincidente, también se sirve de la fragilidad de los hombres que forman la Iglesia; las muchas tonterías y maldades que hemos hecho los que pertenecemos a ella a lo largo de la Historia no son lo suficientemente grandes ni oscuras como para empañar la grandeza de su Amor. Dios sería muy poca cosa si dependiera de unas determinadas condiciones históricas para conversar con los hombres, porque somos nosotros los que necesitamos que nos digan las cosas espacio-temporalmente, porque nuestra inteligencia es sentiente.

Su revelación llega en palabras humanas. Las limitaciones literarias de un pueblo antiguo no son para Él un corsé. Ni siquiera su primitiva y antropomórfica concepción de la causalidad para contar su experiencia de Dios –a la que nosotros, al leer, añadimos la proyección de nuestra mentalidad aristotélica en cuestión de causalidad, no poco estrecha para meter en ella a Dios–. Su gracia nos llega en los Sacramentos, no en una relación inmaterial y, por tanto, intemporal e inespacial. Y es que no somos ángeles y con quien se quiere comunicar es con nosotros, a quienes se quiere dar es a nosotros. Si Dios prescindiera de nuestra carnalidad, más que afirmarnos, nos estaría negando.

Si Dios hubiera tenido que esperar a una Historia impoluta, a unos hombres purísimos -pluscuamarios–, con un leguaje y mentalidad angélicas, para acercarse a nosotros, nunca lo hubiera hecho, porque el que nos salva es precisamente Él.

jueves, 4 de diciembre de 2008

La Cruz de las aulas III

.../...

Los hechos tienen relevancia especial cuando los problemas que en ellos convergen afectan a un amplio espectro de asuntos, en este caso, sociales. Porque lo de las cruces en las aulas no es una cuestión de beatos. En este caso, como en otros semejantes, la respuesta que damos a ellos van conformando el tipo de convivencia que queremos tener. Cuando la contestación es indiscernida de forma reiterada, la sociedad que se va moldeando se aproxima peligrosamente a la turba.

Quizás una de las cuestiones más decisivas, y no está ausente de nuestro hecho, es la relación entre la sociedad y el Estado; por tanto, el lugar del individuo también. Siendo como somos seres políticos -en el sentido de relativo o referente a la polis-, ciudadanos, sociales, si se nos desnuda de un ámbito propio, como es el social, es como si se nos dejara sin atmósfera en el espacio exterior; solos, sumidos en la masa, ante el Estado. 

¿Qué papel tiene la sociedad en los colegios públicos? ¿El Estado posibilita el que los padres tengan un lugar para la educación de sus hijos o asume también el papel de educador? En el centro vallisoletano, el consejo escolar fue el que decidió que se pusiera la cruz en las aulas con una determinada motivación, sobre la que habrá que reflexionar otro día. ¿Qué valor tienen sus decisiones? ¿Era lo acordado algo ilegal o inmoral? ¿Son ilegales o inmorales determinadas cosas en el espacio público? Tengamos en cuenta que un colegio no es un juzgado ni un ayuntamiento ni un parlamento ni una sede ministerial. Estos últimos sí son propiamente espacios de órganos estatales. No hay que confundir público con estatal; aunque todo lo estatal es público, no todo lo público es estatal.

Una de las cosas sobre las que más se habla en temas de educación es de su papel socializador. A los que suelen tener opiniones minoritarias en muchos temas -esto les suele pasar a los que tienen la funesta manía de pensar por sí mismos-, la socialización supone aprender a vivir pacíficamente en minoría, sin formar un gueto, con personalidad suficiente como para no camuflarse o adaptarse al entorno para que lo toleren. La socialización debería suponer personalizar y no masificar y, para ello, no es necesario crear un ambiente que no sea reflejo de la sociedad.

Pero además de la concepción del espacio público y la socialización, hay otras cuestiones en juego que afectan a más aspectos de nuestra vida social. El respeto a los derechos de las minorías no puede suponer la castración de la mayoría; ésta no es culpable de serlo, no tiene que agradecer que la minoría la deje seguir viviendo. ¿Es ese colegio ahora un reflejo de la sociedad o es el sello de un Estado neutral que gusta de formar abejas obreras neutras? ¿Habrá que censurar las opiniones "ofensivas" de la mayoría sobre temas de religión o sobre cualquier otro en los recreos?

La política, la educación y la religión no se pueden delegar, se tienen que ejercer personalmente. Aunque haya políticos profesionales, todos somos políticos y la res-pública debe ser objeto de nuestra atención. Aunque haya profesores y colegios, todos somos maestros, especialmente los padres, y la educación debe ser objeto de nuestra atención y no de nuestra simple delegación, algunas veces hasta solamente tácita. Aunque haya sacerdotes, la religación con Dios es algo personal. Si la estatalización es, en este sentido, la gran amenaza para política y educación, la clericalización lo es para la religión.

.../...

[Nota para los contertulios de este blog: aunque hay que continuar con este tema, como quiera que estamos en Adviento, estoy pensando si ir entreverando una serie comentando los textos bíblicos del Mesías de Händel]

miércoles, 3 de diciembre de 2008

La Cruz de las aulas II

.../...
En la cuestión que nos da pie para estos comentarios, lo mismo que en otros hechos parecidos, una de las cosas que se ha alegado es la neutralidad del Estado. Por lo general, esto es algo que se da por cierto. Como éste, hay muchos otros elementos de cimentación de nuestra vida social que vigen sin haber sido siquiera mínimamente pensados o discutidos. Con lo que con respecto a ellos lo que hay es la creencia propia del carbonero; socialmente tenemos una propensión sumamente rebañega a tomar por cierto lo que se dice, lo que se lleva, lo que se opina. Pero, ¿es verdad que el Estado tiene que ser neutral en materia de religión? Permitámonos el lujo de hablar sobre lo que habitualmente no se habla.

Lo primero que habría que pensar es si aconfesinalidad es sínonimo de neutralidad. Como mucho sería una de las posibles formas de entenderla, pero no la única, y, desde luego, no está dicho explícitamente en la actual y comatosa Constitución que así haya que entenderla en el orden actual.

Pero si no es neutral, entonces tendrá que ser parcial –podría pensar alguno–. Ahora bien, neutral no es sinónimo de imparcial, es decir, de no tomar partido por una sola de las partes. Los órganos e instituciones estatales tienen que ser imparcianles, pero esto no quiere decir que tengan que ser neutrales. Neutral no es sinónimo de imparcial.

¿Qué es ser neutral? En rigor, echando mano al latín, neutral (de neuter= ni uno ni otro) es el que no es ni de uno ni de otro. Entonces, ¿para quién está el Estado? La aconfesionalidad llevaría a que el Estado no favoreciera ni una ni otra ni ninguna confesión religiosa, incluida la fe en el no-Dios (a-theos) o el anti-Dios. Pero esto no quiere decir que el Estado deba tener una neutralidad absoluta en todos los sentidos.

Respecto a las personas, el Estado no debe ser neutral. Si el Estado no fuera ni de unos ni de otros, ¿entonces para qué lo querríamos? El Estado está al servicio de las personas, por tanto, tiene que estar al servicio de unos y de otros, de todos y cada uno. En latín, hay una palabra emparentada con neuter y es uterque que significa uno y otro. Vamos que, en vez de hablar de la neutralidad del Estado, habría que hablar, si se me permite el vocablo, de uterquidad.

Así lo entiende la Constitución (art. 9.2). Los órganos estatales tienen que favorecer el que los ciudadanos, todos y cada uno de ellos, puedan ejercer sus derechos, incluida, claro, la libertad religiosa. Pero incluso, según ese artículo, tienen que facilitar el que se den las condiciones necesarias para que sea posible la vida de los grupos a que pertenezcan las personas, lo que abarcaría las confesiones religiosas. Es que hay derechos, que no se pueden ejercer en solitario; sin otros, su ejercicio es un brindis al Sol. Por tanto, aunque los poderes públicos no tengan que favorecer las distintas religiones, mucho menos una en concreto, sí tienen que facilitar que se den las condiciones para que la libertad religiosa sea posible individual y grupalmente. No se trata de propagar una fe religiosa o todas, sino de estar a favor de que las distintas confesiones puedan llevar a cabo sus fines legítimos.

El concepto de neutralidad está bien para determinados individuos de colmenas y termiteros, pero no para una sociedad, a no ser que el modelo sea el de esas colectividades animales, por tanto, a-personales. El concepto de neutralidad creo que lleva a la castración social, a la anulación de un aspecto importante para cualquier ciudadano, a que del espacio público se expulse algo. La neutralidad, so capa de respeto a todos, al final, no respeta a nadie y toma partido por una postura, la de aquellos que consideran que hay un derecho que no tiene publicidad en su ejercicio: la libertad religiosa.

Habrá que seguir pensando sobre esto.

.../...

martes, 2 de diciembre de 2008

La Cruz de las aulas I

Cuando ya se ha dicho lo indecible sobre la retirada del crucifijo en un colegio, voy yo ahora y me pongo a escribir de ello. Lo hago por dos razones. El suceso, en cuanto que las cosas ocurren y se suceden unas a otras, expresa y va realizando lo profundo de la Historia, el acontecimiento propiamente dicho. Estamos gestando un modo de estar y hechos así son muy significativos. Pero además, la sucesión de cosas es tan rápida que la reflexión no se dilata en el tiempo lo suficiente como para poder posar lo ocurrido. Pasa algo, hay una oleada de reacciones en poco tiempo... ¿y luego?

Esta fugacidad da superficialidad, pues nos roba la memoria. Quien crea que el tema central de Fahrenheit 451 de Ray Bradbury es la censura de libros está, a mi modo de ver confundido; la amnesia, ese es el drama. Ortega, aunque acaso un poco superficial y fugazmente, dice que la memoria, más que la inteligencia, es lo que nos distancia de los animales. Es curioso cómo desde Kant, aproximadamente, ha ido desapareciendo la tríada entendimiento, memoria, voluntad, previamente sumida en la clandestinidad por la bina entendimiento-voluntad; ahora normalmente se habla de entendimiento, sentimiento, voluntad. ¿Por qué desgajar el sentimiento del entendimiento? ¿Acaso el sentimiento no nos da también a conocer la realidad en la valoración de la misma en que estemos? Por cierto, la discípula de Husserl, Edith Stein, tímidamente, en su obra inconclusa por razón de su martirio Ciencia de la Cruz, al contacto con S. Juan de la Cruz, empieza a recuperar la tríada con la memoria.

Sin ésta el hombre se despersonaliza, pues de ser señor de sí mismo, pasa a ser poseído por lo que se va sucediendo, aproximándose peligrosamente al esquema estímulo-respuesta. La memoria nos posibilita el tener dominio, ser propietarios. ¿Problema de avaricia? No. Solamente el que se tiene a sí mismo en sus manos y, consigo, su mundo, puede darse y darlo.

Mañana, después de este pequeño preámbulo, nos sumiremos en la cuestión. Mientras tanto y para ir calentando motores, esta cita de un amigo con quien con frecuencia discrepo, pero al que escucho, porque siempre, aún en el desacuerdo, me descubre algo, aunque sea eso, la postura que hay en mí y que no es suya:

No es, lector, por puritanismo por lo que quien ahora y aquí te predica se revuelve acremente una vez contra el vicio del juego, otra contra el donjuanismo erótico, otra contra cualquier otra plaga social análoga, sino que es porque todo eso degrada la inteligencia y produce la tontería colectiva. Y la tontería es el mayor enemigo de la civilización. […] Soportaría a un pueblo corrompido si fuese inteligente, pero donde hay salas de juego a cada paso y donde la preocupación dominante es la del sexo, el pueblo no es inteligente. […] Y si a esto se añade que en una sociedad cualquiera, en una clase social o en un estado, sea de mal gusto hablar –y hablar con pasión– de problemas religiosos, entonces no vacilo, esa sociedad es de una tontería irresistible. […] Y una sociedad así necesita una violenta conmoción catastrófica que le obligue a despertarse al sentimiento de la vida eterna, que le fuerce a mirar a los ojos de la esfinge. Y entonces no se aburrirá. La tragedia no aburre. Y las sociedades deportivas y eróticas son una sima de aburrimiento. Y en el fondo, tristes. (Unamuno)
Creo que la condicional que pone mi amigo nunca se da, la inmoralidad trae tontería siempre, porque bondad, verdad y belleza van de la mano. Pero este matiz tal vez nos desvíe del tema. Creo que, grosso modo, el dibujo de nuestro contexto social se aproxima bastante.

.../...

lunes, 1 de diciembre de 2008

Ante un alcornoque

La bermeja
herida de tu tronco,
entre verdes nemorosos,
todo él en carne viva;
en las aguas y en los cielos
el silencio.

(Las Batuecas, 15-11-8)

domingo, 30 de noviembre de 2008

Salmo 101 (100) y VI


.../...

Apresuradamente hemos ido de versículo en versículo rozando apenas los temas. Pero pese a la premura, no ha podido por menos que asaltarnos una pregunta. ¿No había dicho al principio el descendiente de David que iba a cantar la misericordia y la justicia? Al final da la impresión de que solamente ha hablado de la última. ¿Por qué? ¿No va a tener lugar la primera en su gobierno? ¿Es que sobre la misericordia, por ser algo tan personal, no se pueden hacer programas?

Justicia y misericordia, con frecuencia, nos parecen incompatibles. Sin embargo, ¿serían posibles la una sin la otra? Sto. Tomás dice que la misericordia es el fundamento de toda justicia. La creación tiene un orden, conforme a la voluntad divina, y la justicia tiene que ver con ajustarse al querer de Dios. Pero la creación ha partido de la misericordia, porque qué mayor miseria que no existir. Pero, en el ámbito de la Historia, la misericordia necesita de la justicia. Ya que cómo se podría ser misericordioso si no se pudiera juzgar sobre el bien y el mal.

¿No será el programa de misericordia el último versículo?: “Hago desaparecer día tras día 
a los malvados del país, 
para extirpar de la Ciudad del Señor 
a todos los que hacen el mal”. Muchas afirmaciones de la Sagrada Escritura nos suelen escandalizar y normalmente es porque proyectamos sobre ellas nuestra mentalidad. Los reyes de la antigüedad judía tenían también la suya. El salmo línea tras linea se nos ha desbordado y ha apuntado más allá de ese rey que presenta a Dios sus propósitos de gobierno. ¿Qué querrá decir en este caso?

Toda la Biblia tiene solamente una clave de interpretación: Jesucristo. Los médicos amputan; los poderosos de entonces, como le aconteció al propio pueblo de Israel, organizaban deportaciones en masa; otras veces pasaban a espada a sus enemigos. Desgraciadamente esto sigue ocurriendo hoy. ¿Pero es ésta la única forma de que no haya malvados? ¿No sería lo ideal un rey que juzgara entre el bien y el mal y pudiera sanar el corazón enfermo? Si fuera así, si yo tuviera la posibilidad de escuchar, a la par de la verdad sobre mi vida, la oferta de la aniquilación del mal que, por mis decisiones, he hecho propio y, al hacerlo mío, me he hecho uno con él; si además aceptara ese don del rey, entonces habría desaparecido de la Ciudad del Señor un malvado. Y sería además un templo purificado donde se pudieran cumplir las palabras de Rm 12,1s:
Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios a ofrecer vuestros cuerpos como víctima viva, santa, grata a Dios, vuestro culto conforme al logos. Y no os adaptéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de vuestra mente, para que podáis discernir cuál es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto.
En las Escrituras, tenemos otro programa real sobre la misericordia y la justicia en una entronización:
También los soldados se burlaban de él y, acercándose para ofrecerle vinagre, le decían: «Si eres el rey de los judíos, ¡sálvate a ti mismo!». Sobre su cabeza había una inscripción: «Este es el rey de los judíos».
Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros». Pero el otro lo increpaba, diciéndole: «¿No tienes temor de Dios, tú que sufres la misma pena que él? Nosotros la sufrimos justamente, porque pagamos nuestras culpas, pero él no ha hecho nada malo». Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas a establecer tu Reino». Él le respondió: «Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso» (Lc 23,36-43).
Y con este salmo, cuyo comentario comenzábamos el día de Cristo Rey, preguntándonos con él cuándo vendrá Dios a nosotros (v. 2), hemos entrado en el Adviento. Con él, con ese programa, he empezado yo también una aventura. Gracias a Dios el ideal del salmista es inalcanzable; si lo pudiera abarcar, intentaría hacerlo con mis solas fuerzas. Aunque a veces la evidencia de lo imposible no es suficiente y tenemos que estrellarnos para percatarnos de ello. Pero cuando palpamos nuestra indigencia y en la medida que lo hacemos, podemos apoyarnos en la posibilidad de todas nuestras posibilidades que es Dios.