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Después del paréntesis de dos artículos, retomamos el comentario del salmo que vamos haciendo. Sí, en plural y no mayestático. La resonancia que hace en vosotros, en cuanto revierte en mí, no necesariamente sólo por los comentarios que podáis dejar, sino ante todo por la comunión de los santos, va tecleando también las palabras que se van escribiendo.
Nuestro rey ha hecho propósito de que nada malo e impuro entre en su reino y ahora, en los vv. 5-7, dirá quién puede estar en su cercanía, colaborando con él, y quién no. El que habla mal de otro a sus espaldas, el altivo, el soberbio, el traicionero y el mentiroso no deben formar parte de aquellos en quienes se va a apoyar para ejercer su soberanía. Por el contrario, serán los leales, los que van por el camino recto el objeto de su elección. El círculo más cercano a él tiene que participar de sus mismos propósitos. Él se ha mostrado leal a la alianza divinia, él quiere seguir ese camino que no es sino salir al encuentro de quien viene en su búsqueda.
Y, en nuestra vida, mil cosas están a nuestra disposición para colaborar en nuestro propósito de ejercer la realeza de la que participamos por el bautismo con la pureza de intención y lealtad del rey de nuestro salmo. En la medida que hayamos purificado nuestro corazón, en tanto en cuanto nuestro afecto esté atraído por el que viene y en todo esté preguntando por su venida, así sabrá discernir qué le puede servir y en qué medida para gobernar su mundo, el que cada uno de nosotros tiene.
Y, en el gobierno de la Iglesia, a la hora de la elección de las personas, cuánto habría que tener presente este salmo. Deseo inalcanzable, pues en esta tierra quienes trabajen en la viña del Señor serán pecadores; pero esto no nos debe llevar al conformismo, siempre habremos de buscar que la ambición, la soberbia y la mentira no hagan nido en la Iglesia, aunque sea inevitable que alguna vez se posen en sus ramas.
Pero nuestro rey es hombre de desmedidos propósitos. Ya lo hemos ido viendo y, en la elección de los próximos, no hace excepción. Su planes de gobierno exceden con mucho a sus posibilidades. ¿Cómo podrá descubrir lo que hay en el corazón de los hombres? Ahí solamente penetra la mirada de Dios, no es suficiente que el rey ideal sea solamente hijo de David.
Pero su preocupación no es solamente por los servidores próximos, sino también por los habitantes del país (v.8). Por la mañana, el momento habitual en la Biblia para emitir el juicio, el rey hará que los malvados desaparezcan de Jerusalén.
Nosotros no tenemos poder sobre la voluntad de los demás hombres que forman parte del mundo que cada uno de nosotros tiene y que, a su vez, tienen el suyo. El mal que hagan ellos es parte del suyo y no del nuestro, pues sobre él no tenemos dominio. Sobre el mal que hay en el propio sí tenemos responsabilidad; parte de ella será no proyectar luz sobre los demás para que puedan ver el mal en el suyo. Nuestra tarea será que nuestro mundo propio quede puro como el Templo.
Pero un reino así es algo lejos del alcance de ese rey, será para el Rey de la Jerusalén celeste: «Nada impuro podrá entrar en ella, ni tampoco entrarán los que hayan practicado la abominación y el engaño. Únicamente podrán entrar los que estén inscritos en el Libro de la Vida del Cordero» (Ap. 21,27). La Jerusalén celeste no necesitará un templo, pues todos participarán de la vida divina: «No vi ningún templo en la Ciudad, porque su Templo es el Señor Dios todopoderoso y el Cordero» (Ap. 21,22).
Casi hemos terminado. Aún nos queda algo.
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