domingo, 17 de abril de 2011

Pregunta alborotada. Mateo 21,1-11

La entrada de Jesús en Jerusalén supone, para la ciudad, una conmoción. Como por un terremoto, queda internamente agitada y se pregunta quién sea ese personaje que a sus calles llega.

Toda novedad causa un cierto desconcierto; de algún modo deja momentáneamente en suspenso nuestra comprensión de las cosas. ¿Qué es esto? Todo lo que somos queda transformado en pregunta y necesitamos saber qué sea para poder entrar otra vez en reposo. En una especie de homeostasis en la que cada cosa esté en su sitio dando equilibrio a un conjunto armónico. La realidad de nuevo ha sido controlada, sé a qué atenerme.

Hay veces en que esa quietud tarda en llegar, la realidad se rebela a ser dominada e incluso puede llegar a poner en peligro el conjunto. Entonces nuestro esfuerzo es mayor porque se trata de rehacer una cosmovisión. En un principio, tratamos de defender la vieja, la que ha dejado de ser evidente, la que nos sostenía, pero que ahora tratamos de apuntalar con la razón. Lo sustentante pasa a ser sostenido. Mas llega un momento en que es insostenible; ningún epiciclo añadido nos puede engañar, ninguna violencia puede acallar. Entonces la crisis llega a su fondo y, ante el innegable fracaso de lo que parecía evidente, tenemos que gestar una mentalidad nueva, que nunca será una creación de la nada, pero sí lo suficientemente radical como para poder decir que es nueva.

Dios es la novedad absoluta. Su irrupción en la historia de los hombres es totalmente estremecedora, porque lo no-mundano se hace presente en el mundo, lo trascendente en lo inmanente, la total allendidad en la aquendidad. "¿Quién es éste?" Todo es puesto en cuestión. ¿Podré dominar esa novedad? ¿Tendrá encaje en mi mundo? ¿En qué anaquel colocarla?

Jesús se resiste e insiste. No deja de atraer, de remover, de dejar inquieto. Y el hombre también puede ofrecer mucha resistencia. Una y otra vez trata de meterlo en sus razones, en sus conceptos, en su sistema. Es inútil, acaso sea mejor aturdirse para no sentirlo o enfrentarse con violencia para quitar de delante todo aquello que lo haga presente.

Hay muchas formas de matar a Jesús y es tan fácil. Porque Él no se impone con violencia, lo suyo es la atracción. Sí, su amorosa bondad presente en la verdad nos atrae con su belleza; la auténtica lo hace en dilatación de libertad. Pero es tan difícil matarle, tan imposible retenerlo en la muerte. Es el Resucitado y una vez más no se resigna a que alguien se niegue a su seducción.

"¿Quién es éste?" A responder esta pregunta no se llega con conocimiento de dominación sobre algo. Jesús no es un qué, sino un quién y un Quién mayúsculo (1). Se da... a conocer, se dona y como don hay que conocerlo; hasta la capacidad para ello nos regala: la fe. Y se nos dona en la Cruz, ahí se nos revela la intimidad divina. Conocer a Jesús es una gran muerte, por eso nos resistimos tanto, porque tenemos que morir y, tras el pecado, tememos la muerte. Pero la Resurrección y la Vida sólo es cognoscible a través de la Cruz.

[(1) El verdadero conocimiento de las cosas tampoco lo es de dominio; cuando es así, por amplios que sean los conocimientos de la ciencia, son romos. El verdadero conocimiento de la realidad lo es también por donación. Ahora bien, las cosas no son personas, no se nos dan, pero su Creador nos las da. El conocimiento verdadero de la realidad supone el Quién divino, el Donador que en sus manos nos da a conocre la realidad que Él ha creado.]

1 comentario:

Mrswells dijo...

La verdad es una cosa dificil de atrapar, se escapa entre los dedos como si fuera agua de mar, pero si uno se sumerge, dicen, que de eso va, de perserse a uno mismo metiendose a bucear,