jueves, 16 de febrero de 2012

Sobre la historicidad del cuarto evangelio



[Comparto con vosotros esta pequeña comunicación que me tocó hacer ayer en un seminario sobre un punto del capítulo VIII de la primera parte del Jesús de Nazaret de JR/B-XVI]

El capítulo octavo, “Las grandes imágenes del evangelio de Juan” (I, 261-335), está compuesto de dos secciones claramente diferenciadas: “1. Introducción: la cuestión joánica” (I, 261-283) y “2. Las grandes imágenes del evangelio de Juan” (I, 283-335). Por el número de páginas que abarca es el más extenso de las dos partes en que se divide el conjunto de la obra. ¿Pero es el más importante? Desde luego es uno de los más significativos. Veámoslo con la premura que nos impone el formato del seminario.

La finalidad del Jesús de Nazaret de JR/B-XVI es clara: «he intentado presentar al Jesús de los Evangelios como el Jesús real, como el “Jesús histórico” en sentido propio y verdadero» (I, 18) y ello «con el fin de favorecer en el lector un crecimiento de su relación viva con Él» (I, 21). La finalidad pastoral se apoya en la verdad de Jesús y con ese «Jesús real» se puede mantener una relación viva. En el caso de Jesús, lo histórico en sentido propio y verdadero no queda, por tanto, en el pasado. Pero además el Jesús histórico tiene una presencia que no se identifica con la que le da el mero recuerdo. Quien fue está realmente presente y por ello se puede tener con Él una «relación viva». Todo esto nos fuerza a preguntarnos qué entiende JR/B-XVI por historia.

El libro, además de su objetivo, tiene, como diría Ortega, un subsuelo, un suelo y un adversario. En el subsuelo del libro, para lo que ahora nos interesa, encontramos como componente central la comprensión de fe y de razón. Para JR/B-XVI, la razón es intrínseca a la fe, sin aquélla ésta no se da (cf. I, 15). En cambio, la razón puede darse sin fe, si bien aquélla esté abierta de suyo a ésta; lo cual no quiere decir que no haya concepciones de la razón que la entiendan escindida e incluso como enemiga o negadora de la fe. Este carácter racional de la fe posibilita un legítimo encuentro del cristianismo con lo helénico; por ello, habló Benedicto XVI en Ratisbona de «la profunda concordancia entre lo que es griego en el mejor sentido y lo que es fe en Dios según la Biblia» o de que «el patrimonio griego, críticamente purificado, forma parte integrante de la fe cristiana». Ahora bien, ¿qué es lo «griego en el mejor sentido»? ¿Cuál es «el patrimonio griego, críticamente purificado»?

Sobre este subsuelo, el suelo lo encuentra este libro, ante todo, en la comprensión que el Magisterio tiene de la exégesis bíblica, especialmente en la Constitución Dei Verbum y en el documento de la Pontificia Comisión Bíblica La interpretación de la Biblia en la Iglesia (cf. I, 11-12), en la que encontramos un reflejo del carácter racional de la fe. Por ello, de distintas maneras y reiteradamente a lo largo de la obra JR/B-XVI dirá: «El método histórico –precisamente por la naturaleza intrínseca de la teología y de la fe– es y sigue siendo una dimensión del trabajo exegético a la que no se puede renunciar. En efecto, para la fe bíblica es fundamental referirse a hechos históricos reales» (I, 11).

El método histórico, todos los métodos, no son lo único de este suelo, necesitan para tener fecundidad exegética de más, de lo que propiamente pertenece a la fe; en abierta disputa con Bultmann dice nuestro autor: «La unidad de estos tres elementos constitutivos de la Iglesia –el sacramento de la sucesión, la Escritura y la regla de fe (confesión)– es la verdadera garantía de que  “la Palabra” pueda “resonar de modo auténtico” y “se mantenga la tradición”» (II, 121).

La unidad de fe y razón en lo hermenéutico se manifiesta en Cristo como clave de lectura de toda la Escritura; lo que será determinante en lo histórico: «La hermenéutica cristológica, que ve en Cristo Jesús la clave de todo el conjunto y, a partir de Él, aprende a entender la Biblia como unidad, presupone una decisión de fe y no puede surgir del mero método histórico. Pero esta decisión de fe tiene su razón –una razón histórica [historische Vernunft]– y permite ver la unidad interna de la Escritura y entender de un modo nuevo los diversos tramos de su camino sin quitarles su originalidad histórica» (I, 15).

Esta clave hermenéutica cristológica la va a centrar JR/B-XVI en dos puntos. El primero, la identidad última de Jesús, que es presentada en la “Introducción. Una primera mirada al misterio de Jesús”: «En Jesús se cumple la promesa del nuevo profeta. En Él se ha hecho plenamente realidad lo que en Moisés era sólo imperfecto: Él vive ante el rostro de Dios no sólo como amigo, sino como Hijo; vive en la más íntima unidad con el Padre» (I, 28). Esto es retomado en nuestro capítulo (cf. I, 312-314) explícitamente: «El punto central del que hemos partido en este libro, y al que siempre volvemos, es que Moisés hablaba cara a cara con Dios. […] La clave decisiva para la imagen de Jesús en el Evangelio de Juan se encuentra en la afirmación conclusiva del Prólogo: “A Dios nadie lo ha visto jamás; el Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer” (Jn 1,18). Sólo quien es Dios, ve a Dios: Jesús» (I, 313). En el evangelio de Juan, que centra la atención de nuestro capítulo, a diferencia de los sinópticos en que la identidad parece oculta bajo la humanidad (cf. I, 261), «la divinidad de Jesús aparece sin tapujos» (I, 262). ¿Será esto un impedimento para la historicidad?

El segundo punto lo tenemos en la misión de Jesús, que es presentada en el primer capítulo dedicado al Bautismo del Señor y que queda expresada así en la segunda parte: «Jesús, ese “uno”, muere por el pueblo: se vislumbra así el misterio de la función vicaria [das Geheimnis der Stellvertretung], que es el contenido más profundo de la misión de Jesús» (II, 203). En nuestro capítulo, esto emergerá en algunas de las imágenes joánicas tratadas, en esas grandes metáforas en labios de Jesús (cf. I, 296-297, 317, 319, 322, 328). ¿Será la literatura, sus figuras y recursos, incompatibles con la historicidad?

¿Y quién es entonces el adversario del libro? Ciertamente, como acabamos de ver, no lo es el método histórico-crítico, porque la razón, la razón histórica como explicita JR/B-XVI, es algo intrínseco a la fe. Podríamos decir, permítaseme la paradoja, que el adversario es la helenización de la exégesis y que nuestro autor lo que lleva a cabo es un titánico esfuerzo de deshelenización.

En el susomentado discurso de Ratisbona, Benedicto XVI señala que la concepción moderna de la razón se basa «en una síntesis entre platonismo (cartesianismo) y empirismo, confirmada por el éxito de la técnica. Por una parte, se presupone la estructura matemática de la materia, por decirlo así, su racionalidad intrínseca, que hace posible comprenderla y utilizarla en su eficacia práctica: este presupuesto de fondo es, por decirlo así, el elemento platónico en el concepto moderno de la naturaleza. Por otra, se trata de la posibilidad de explotar la naturaleza para nuestros propósitos, y en este caso sólo la posibilidad de controlar la verdad o la falsedad a través de la experimentación puede llevar a la certeza decisiva». Dos consecuencias se derivan de esto; por un lado,  que todo lo que se quiera considerar ciencia, incluidas la historia, la exégesis y la teología, tendrán que conformarse al criterio de certeza que se deriva de esta convergencia de matemática y método empírico. Por otro, que todo aquello que no pueda comprenderse aquí, empezando por Dios, queda excluido como a-científico o pre-científico y recluido en lo subjetivo.

El problema no es el método histórico, sino la idea de razón desde la que se aplica y la concepción de historia que va a la par con ella. Desde ahí, escindido un supuesto “Jesús histórico” de un presunto “Cristo de la fe”, solamente caben dos opciones: o quedarse con lo que se alcanza con certeza “científica” prescindiendo de lo demás o bien sólo con lo subjetivo, es decir, o un fósil de Jesús reconstruido a base de hipótesis o una fantasiosa imaginación gnóstica descarnada de todo factum histórico. Pero en ambos casos, se deja de lado lo que es histórico por partir de un concepto erróneo de historia (cf. I, 272), cuyas raíces están en una idea de razón y habría que decir que también de lo que sea la realidad, metafísica por tanto; son dos caras de la misma moneda. Pero además, en el segundo supuesto es más claro, el concepto de fe también es falso: «Una fe que deja de lado lo histórico se convierte en realidad en “gnosticismo”» (I, 272).

JR/B-XVI no va a hacer frente, en nuestro capítulo, al concepto de historia, si bien se pueda vislumbrar a lo largo de toda la obra cómo implícitamente se apuntan algunos elementos con los que se podría pergeñar uno; su preocupación está en la historicidad del texto del cuarto evangelio, en afirmar que no es una construcción teológica sin nexo directo con lo acontecido (cf. I, 262, 267, 270 y 273). De modo que el pulso se mantiene, en estas páginas, sobre todo con Bultmann y toda tentación gnóstica. Y así, en la primera sección, se ocupará de dos cuestiones estrechamente ligadas: el autor del evangelio (I, 265-270) y la fiabilidad histórica de éste (I, 270-279).

Apoyándose en Die johanneische Frage. Ein Lösungsversuch (Tubinga 1993) de Martin Hengel, JR/B-XVI va a señalar los elementos que definen la historicidad del evangelio joánico y, por extensión, podríamos decir que también de los sinópticos. En primer lugar y antes de acudir a este autor, se señala un concepto erróneo de qué se entienda por carácter histórico de un texto: «Si por “histórico” se entiende que las palabras que se nos han trasmitido de Jesús deben tener, digámoslo así, el carácter de una grabación magnetofónica para poder ser reconocidas como “históricamente” auténticas, entonces las palabras del Evangelio de Juan no son “históricas”» (I, 272; cf. I, 274 y 279). Lo histórico de un texto es más que aquello a lo que se puede llegar con el concepto de ciencia indicado. Lo cual apunta a que la historia comprende una realidad más amplia que la abarcable de esta manera.

Y añade: «La verdadera pretensión del Evangelio es la de haber transmitido correctamente el contenido de las palabras, el testimonio personal de Jesús mismo con respecto a los grandes acontecimientos vividos en Jerusalén, de manera que el lector reciba los contenidos decisivos de este mensaje y encuentre en ellos la figura auténtica de Jesús» (I, 273). Frente a lo registrable en un aparato –«la cara externa de los sucesos» (I, 274)–, lo importante es el contenido; lo que apunta a lo propiamente humano en la historia (cf. I, 276-277).

Partiendo de los factores que Hengel considera importantes en la composición del cuarto evangelio, JR/B-XVI establece dos parámetros para la definición del tipo de historicidad del texto evangélico, dejando aparte la óptica teológica del autor sagrado. En primer lugar, la realidad histórica y la memoria personal; aquí es donde cobra peso lo examinado sobre el autor del evangelio: «Puedo suscribir la conclusión final que Peter Stuhlmacher ha sacado de los datos aquí expuestos. Para él, “los contenidos del Evangelio se remontan al discípulo a quien Jesús (de modo especial) amaba. Al presbítero hay que verlo como su transmisor y su portavoz» (I, 270). En segundo lugar, la tradición eclesial guiada por el Paráclito: «El Evangelio procede del recordar humano y presupone la comunidad de los que recuerdan, que en este caso concreto es la “escuela joánica” y, antes aún, la comunidad de los discípulos. Pero como el autor piensa y escribe con la memoria de la Iglesia, el “nosotros” al que pertenece está abierto, supera la dimensión personal y en lo más profundo es guiado por el Espíritu de Dios, que es el Espíritu de la verdad» (I, 278-279). Aquí se dirige la atención hacia un tercer momento a tener en consideración en la historia de Jesús, el contenido no es solamente humano y es ahí donde se halla la clave de lectura del evangelio (cf. I, 280-281, donde el autor remite a Jn 1,16-18 y a Dt 18,15; 34,10), que es coincidente con la primera mirada que se hizo al misterio de Jesús en la introducción del libro.

Como la preocupación de JR/B-XVI es el carácter histórico del texto, lo decisivo en su reflexión es el puente de tres ojos que une la realidad histórica (geschichtliche Wirklichkeit) al texto:  (1) el recordar de testigo e Iglesia (2) en la tradición (3) guiada por el Espíritu (cf. I, 275-279). Lo acontecido evoca una palabra de la Escritura que permite descubrir el significado de lo sucedido y nuevos sucesos revierten sobre los pasados haciendo emerger de ellos su significación; todo ello bajo la guía del Paráclito. De modo que «el Evangelio es, como tal, “recuerdo” [„Erinnern”], y eso significa: se atiene a la realidad que ha sucedido y no es una composición épica sobre Jesús, una alteración de los sucesos históricos. Más bien nos muestra verdaderamente a Jesús, tal como era y, precisamente de este modo, nos muestra a Aquel que no sólo era, sino que es» (I, 279). Este carácter recordatorio se ve reforzado al subrayar nuestro autor que el cuarto evangelio está enraizado en el Antiguo Testamento (cf. I, 279-281) y que tiene carácter litúrgico (cf. I, 281-283).

Pero antes que en el evangelio escrito, esta dinámica en que sucesos y palabras se implican y explican mutuamente, aunque no lo explicite así JR/B-XVI, la encontramos anticipada en el mismo Jesús; la sección final del capítulo dedicada a las imágenes principales del evangelio de Juan nos lo ponen de manifiesto, sus dichos remiten a sus hechos y viceversa.

Y ya para terminar del todo con vuestra paciencia. En 1910, respecto al artículo de A. Loisy “Jésus ou le Christ”, escribió Unamuno: «Me parece, como en la mayor parte de los trabajos del eminente crítico, que quizás no haya sometido aún su concepción de la historia a una crítica lo suficientemente penetrante». Tal vez aquí esté una de nuestras tareas como teólogos, pensar qué es historia.

5 comentarios:

Mónica dijo...

preciosidad de icono ... va a resultar que eres el Warthol de Jesús , ni más ni menos

Alfonso Gª. Nuño dijo...

Eres demasiado bondadosa.

Mónica dijo...

muy bueno el artículo sigo pensando que "esa imagen" ...racional y de fe - el icono pintado por ¿, Unamuno ? dice en sí qué es la historia .todo fue creado por él y para él, el del Icono , no Unamuno la historia sí :.una luz a través de un prima que se descompone en un espectro de rojo ,naranja , amarillo azul cian , añil , magenta y violeta - como en el icono ...pero que la razón , La Ciencia , define como longitudes de onda diferente .Y Hawkings acabará por decir que tiene un origen ( decir eso es fe )
Todo ha sido creado para que lo vea, entienda lea una persona , una psicología formada en un contexto histórico cultural ...
una persona mil mil millones mil millones de millones


de seres humanos ...el pibe sentado del Icono , como Juan , tienen eso en común ...humano ....nunca se es demasiado humano

Mrs Wells dijo...

Oye, habeis visto la peli que dejo Nerea ayer...que descubrimiento! Hablando de la perfecta humildad-
Hemos adoptado a san Jose de Cupertino patrono de esta familia..por su vida parecia un hombre con lo que llaman aqui, discapacidad de aprendizaje, pero lo que le prendio, le prendio bien.
san Guissepe, ruega por nosotros

Gracias Nerea, voy a ilustrar su vida, segun viene en wikipedia, se de una a quien le va a interesar ...
guiseppina

Anónimo dijo...

Apreciada Mrs.Wells, no sé porque, pero tenía la intuición que te gustaría y entenderías el mensaje precioso de la humildad y otras dotes de este Santo, me alegro de veras.
Un grande abrazo, y gracias a Don Alfonso que nos permite esta comunicación.

Nerea.