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sábado, 22 de mayo de 2010

Antífona de entrada. Vigilia de Pentecostés/Romanos 5,5.10,11

El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que habita en nosotros. Aleluya (Romanos 5,5.10,11).
Al comenzar la celebración de la Vigilia de Pentecostés, la antífona nos pone rápidamente en situación sobre lo que vamos a celebrar, es un acto de confesión en la acción del Espíritu en los creyentes y, por otro lado, al cantarla, reavivamos algunas cuestiones fundamentales sobre cualquier celebración cristiana y, en particular, sobre la Eucaristía.

En los sacramentos, tiene un lugar central la epíclesis, la invocación del Espíritu. Pero además los fieles, no solamente los ministros, son portadores de ese Espíritu que habita en nosotros, "poseemos las primicias del Espíritu" (Rm 8,23).
Como dice la Escritura: De sus entrañas manarán torrentes de agua viva. Decía esto refiriéndose al Espíritu, que habían de recibir los que creyeran en Él (Jn 7,38s).
Los creyentes no son espectadores pasivos de una acción sagrada que realiza el sacerdote, sino que, con la función que les corresponde, son partícipes activos en las celebraciones litúrgicas, también en la Eucaristía. Y esto no es posible con las meras capacidades y fuerzas naturales, esto es posible gracias al Espíritu.

La participación en la misa es un acto de amor a Dios, a los hermanos y a todo hombre, de ese amor divino que "ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo". La antífona nos está invitando a participar amorosamente en el memorial del amor de Dios, del sacrificio de Cristo en la Cruz. Gracias al Espíritu Santo, con amor divino amamos el misterio pascual en virtud del cual hemos recibido el Espíritu.

[Comentario a la antífona de comunión de la Vigilia lo tenéis aquí]

lunes, 8 de febrero de 2010

El Mesías de Händel LXXXVII


Y la soprano pregunta con S. Pablo:
Si Dios está por nosotros, ¿quién estará contra nosotros? ¿Quién acusará a los elegidos de Dios? Dios es quien justifica, ¿quién condenará? Cristo murió, más aún, resucitó y está a la derecha de Dios e intercede por nosotros (Rm 8,31.33s).
Con la fe en la Resurrección de Cristo y la esperanza en la resurrección final, las preguntas son retóricas. ¿Quién puede estar realmente contra quien está en Dios, quien vive de Él, quien se apoya en él, quien se refugia en Él, quien lo obedece? Ciertamente nos encontramos con muchas adversidades en la vida, pero, manteniéndonos en la fidelidad a Dios, somos invulnerables a ellas. Satanás, ante el poder divino, está impotente; frente a las peticiones del Padre Nuestro, no puede nada. Y es que quien de verdad pide, lo hace desde la más profunda pobreza y humildad y, entonces, desde su debilidad, es fuerte.



Si es Dios quien nos hace justos, ninguna tentación tiene poder sobre nosotros, pues todas se reducen a deificarnos desde nosotros mismos y por nosotros mismos. Pero si vivimos desde la humildad, esto es, en que sea Él quien nos divinice, entonces nada ni nadie nos puede vencer; nuestra derrota está en nuestra soberbia, en pretender ser nosotros el fundamento de nosotros mismos. Si nuestra única riqueza es Dios, no hay pobreza a la que temer, pues, en la humildad, nadie nos puede arrebatar al dueño del universo que es rico en misericordia. Si Dios es nuestra vida, no hay muerte que temer. Si es nuestra salud, ninguna enfermedad nos debilita. Si es nuestro gozo, ¿dónde está la tristeza? Si Él es nuestra gloria, las humillaciones nos ensalzan. Si la suya es nuestra voluntad, en todo encontraremos ocasión de obedecer a su amor.



Pero no porque seamos más que los demás, sino por Cristo. Por la fe en Él se nos perdonan los pecados y participamos de su vida. Satanás, el Acusador, no tiene poder sobre nosotros, pues tenemos quien interceda por nosotros ahora y en el Juicio.

lunes, 2 de noviembre de 2009

Mesías de Händel LXXII

A toda la tierra alcanza su pregón y hasta los límites del orbe su lenguaje (Rm 10,15).
Un nuevo versículo de la Carta a los Romanos en el que se cita el AT, concretamente el Sal 19 (18), 5. Las miríadas de mensajeros que anuncian la paz recorren toda la tierra y todos los tiempos, en obediencia al mandato recibido (cf. Mc 16,15). Y, como los mensajeros, aunque no pierden su individualidad, actúan como uno, el versículo lo canta el coro.

El Salmo en que se encuentra originalmente este versículo nos habla de otros mensajeros, de las criaturas de la bóveda celeste que ha hecho Dios:
El cielo proclama la obra de Dios, / el firmamento pregona la obra de sus manos: / el día al día le pasa el mensaje, / la noche a la noche se lo susurra (Sal 19(18),2s).
El Sol, la Luna y las estrellas, lejos de ser dioses, son seres creados por Dios y están a su servicio. Como mensajeros, sin pronunciar palabra, hablan de su Creador.
Lo que puede conocerse de Dios lo tienen a la vista: Dios mismo se lo ha puesto delante. Desde la creación del mundo, sus perfecciones invisibles, su poder eterno y su divinidad, son visibles para la mente que penetra en sus obras (Rm 1,19s).
Pero ahora el versículo del Salmo lo refiere S. Pablo a otros mensajeros. No son criaturas sin palabra, sino hombres que han creído en Cristo y han sido enviados por Él. No se trata de que lleven un conocimiento de Dios que pueda alcanzar la razón humana, sino de lo que es cognoscible solamente por fe. No se trata de dar a conocer solamente las perfecciones invisibles de Dios, su poder y divinidad, sino de anunciar que es Padre; que ha enviado a su Hijo para nuestra salvación y que, para ello, se ha hecho hombre, ha muerto en Cruz y ha Resucitado; que tras subir a los cielos, por medio de Él, el Padre ha enviado al Espíritu Santo.

Y este es un mensaje que no solamente tiene la pretensión de llegar a todos, sino que llega hasta el último confín de la tierra. Y el último confín es lo más profundo del corazón del hombre. Esto es así porque no son solamente las voces humanas las que llevan a cabo el anuncio; si no fuera por la acción del Espíritu Santo, esta palabra sería una palabra entre tantas otras. Por muy profunda que fuera, por muy penetrante que llegara a ser, no llegaría a lo más íntimo de la entraña humana. Pero llega al hondón del hombre y ahí resuena el anuncio de la salvación, que es llamada a ser de Cristo.

Un anuncio que, a la par, es suscitación de fe: "La fe nace del mensaje, y el mensaje consiste en hablar de Cristo" (Rm 10,17). Pero es anuncio, propuesta, llamada... nunca imposición. El hombre por el don de la fe puede responder afirmativamente, pero también puede retraerse y distanciarse de esa palabra.

jueves, 29 de octubre de 2009

El Mesías de Händel LXXI


Desde la Ascensión el número de los enviados por el Señor va creciendo y creciendo. ¿Y cómo son estos heraldos para los destinatarios, cómo eran quienes me anunciaron la Resurrección?
¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero [que anuncia la paz,] que pregona la buena noticia! (Rm 10,15).
Casi todo el libreto está construido con citas del AT; en esta ocasión Jennens, se sirve de un versículo de la Carta a los Romanos; concretamente con una variante textual, que aparece en varios manuscritos, y que aproxima la cita de S. Pablo, aún más, al oráculo de Isaías (Is 52,7) al que expresamente remite el Apóstol. Y Händel, en una de las más sentidas arias de todo el oratorio, lo pone, tras una hermosa introducción de las cuerdas, en boca de una soprano.

Jerusalén está desolada, no hay templo y, por ello, falta la presencia de Dios. Lo más propio de ella, su razón de ser le falta. Así el hombre tras el pecado, desolado; él que había sido creado para ser templo de Dios, se encuentra totalmente vacío. Los centinelas miran a su alrededor deseosos, pero impotentes. Y, sobre los montes que rodean a Jerusalén, ven llegar correr ligero a un heraldo. Sus pasos son alegres, como quien sabe que va a recibir albricias por la noticia que lleva.

¡Qué bellos son sus pies avanzando por el camino! Hermosos para quien anhela las nuevas que él porta, para quien tiene apetito de divinidad, para quien ansía la salvación. La presencia de su caminar en el vacío anhelante de Dios hace que muestren su belleza, que su carrera nos remita más allá de ellos mismos, a la noticia que trae, a pesar de la distancia.

Corre ligero, como quien con el corazón dilatado camina por la voluntad del Señor (cf. Sal 117,32). Su carrera es diferente, su ligereza no es fruto de sus fuerzas simplemente; tiene la diligencia del que obedece a Dios, la velocidad del que ha sido sanado por la gracia. Sus noticias solamente pueden venir de la misericordia divina.

Viene a anunciar la paz, a proclamar que la división, traída por el pecado, entre los hombres y Dios, entre los hombres entre sí, entre los hombres y la creación, y la división con uno mismo ha sido restañada. El hombre puede volver a la comunión con Dios. Es noticia de la bondad de Dios.

Y el oráculo completo de Isaías prosigue:
¡...que pregona la victoria! Que dice a Sión: "Tu Dios es Rey" (Is, 52,7).
Cristo ha resucitado y está entronizado a la derecha del Padre. Viene a traer vida a la ciudad desolada, a cada uno de los pecadores, y a poner la sede de su gloria en ella.

martes, 7 de abril de 2009

XIII - Jesús es bajado de la Cruz. Romanos 5,6-11

Cuando nosotros todavía estábamos sin fuerza, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos en verdad, apenas habrá quien muera por un justo; por un hombre de bien tal vez se atrevería uno a morir; más la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros. ¡Con cuánta más razón, pues, justificados ahora por su sangre, seremos por Él salvos del castigo! Si cuando eramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, ¡con cuánta más razón, estando ya reconciliados, seremos salvos por su vida! Y no sólo eso, sino que también nos gloriamos en Dios, por nuestro Señor Jesucristo, por quien hemos obtenido ahora la reconciliación (Rm 5, 6-11).
Jesús ha muerto, está realmente muerto. Ha experimentado una de las consecuencias del pecado de Adán: su cuerpo está ahora separado del alma; su cuerpo es un cadáver. Está muerto. Ha ido voluntariamente a todos los sitios, pero ahora su cadáver tiene que ser bajado de la Cruz.

Ha amado a sus enemigos hasta morir por ellos. Sí, sus enemigos. Porque ese, desde el pecado de Adán, es nuestro punto de partida. Todos empezamos por ser enemigos de Dios, porque sin gracia no es posible amarle; la mera voluntad humana no puede abrazar a Dios.

Y, cuando eramos enemigos, dio su vida por nosotros, por cada uno, por mí. Se hizo hombre para hacer como hombre lo que yo, como hombre, no podía hacer. Si hizo eso por mí, cuando era su enemigo, ahora que por el bautismo soy hijo de Dios, ¿qué no hará por mí? ¡Con qué confianza puedo acercarme a pedirle perdón en el sacramento de la penitencia!

Y S. Pablo nos anima. Con qué confianza hemos de esperar su venida en gloria, el día del juicio. Si cuando éramos pecadores se dio hasta hacerse mortal y morir, ahora que pertenecemos a su cuerpo, cómo no se nos adelantará para irnos abriendo paso hasta la gloria.

Y la confianza no es para tentarle, para intentar manipular su generosidad, sino para que nuestra entrega no sea miedosa, para que no andemos medrosos por la vida, sino que seamos arrojados en el amor, hasta dar también la vida nosotros.

Jesús está verdaderamente muerto. Su cadáver se deja hacer todo, no ofrece resistencia; se deja bajar de la Cruz y también se deja contemplar: misterio de amor divino.

viernes, 20 de marzo de 2009

I - Jesús condenado a muerte. Romanos 8,1-4

[Vamos a empezar hoy un Via Crucis, que será paulino por razones que este año no se os escapan. Para las citas, casi siempre seguiré las sugeridas por José Aldazábal. La traducción de la Biblia será la que oímos en la liturgia.]
Ahora no pesa condena alguna sobre los que están unidos a Cristo Jesús pues por la unión con Cristo Jesús, la Ley del Espíritu de vida me ha librado de la ley del pecado y de la muerte. Lo que no pudo hacer la Ley, reducida a la impotencia por la carne, lo ha hecho Dios. envió a su Hijo encarnado en una carne pecadora como la nuestra, haciéndolo víctima por el pecado, y en su carne, condenó el pecado. Así, la justicia que proponía la Ley puede realizarse en nosotros, que ya no procedemos dirigidos por la carne, sino por el Espíritu (Rm 8,1-4).

Rezar el Via Crucis unidos a Cristo Jesús es rezarlo lejos de la condenación y contemplando la fuente de esa liberación. El pecado de Adán y todos los pecados que han venido tras él son negación de Cristo. Pilato no fue el único que condenó a Jesús a muerte, todos los pecadores lo hemos condenado. Pero su condena a muerte es solamente lo más aparente que ocurrió.

En su condena Jesús condenó al pecado y nos liberó de su poder esclavizador. Lejos del Paraíso, lejos de la comunión con Dios, el hombre queda apoyado solamente en sus fuerzas, en su carne. Y nuestras meras capacidades como criaturas son impotentes para realizar el destino para el que hemos sido creados. Sin el poder de Dios, somo incapaces para realizar la divinización.

El hombre sin Dios se encuentra con la paradoja de que su única felicidad, el único sentido de su vida, la única plenitud y realización de sí mismo, es irrealizable; en la debilidad de su carne, de su ser creatural, es incapaz de alcanzar lo que debe ser y vive, sin poder salir de esta dinámica, en la muerte de la más radical contradicción: no poder ser lo que debe ser.

La única posibilidad de salir de ese mortal círculo es que Dios lo rompa. Pero esto tampoco depende de nosotros. Por puro amor, Dios envió a su Hijo. Su encarnación es un envío del Padre. Jesús se ha hecho hombre, su carne es débil como la nuestra, pero su obediencia será la más perfecta porque será la de un hombre en la más perfecta comunión con Dios. Su humanidad está en la persona del Hijo unida a la divinidad: Jesús es verdadero Dios y verdadero hombre.

El realizó, como víctima, lo que sin el poder del Espíritu nosotros no somos capaces de hacer: la oblación de sí mismo como culto agradable al Padre. Esta ofrenda de sí a Dios es para nosotros nuestra salvación. Unidos a Él, estamos unidos a su Espíritu y ya no estamos en la dinámica de la muerte, hemos salido del círculo cerrado infernal. Lo que debíamos ser y no podíamos, ahora es posible por el poder del Espíritu. Unidos a Él es posible la obediencia al Padre y la comunión con toda la Trinidad.