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domingo, 12 de abril de 2009

XV - Jesús resucita de entre los muertos. 1 Corintios 15, 4b-8

[...] y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se le apareció a Cefas y más tarde a los Doce; después se apareció a más de quinientos hermanos juntos, la mayoría de los cuales vivien todavía, otros han muerto; después se le apareció a Santiago, después a todos los Apóstoles; por último, como a un aborto, se me apareció también a mí (1Cor 15, 4b-8).
¿Habrá terminado aquí el Via Crucis? Subió a los cielos y está sentado a la derecha del Padre. Y nosotros que queremos hacer camino con Él, estamos pendientes y deseosos de una última estación: su venida en gloria.

¡Feliz Pascua! Tenemos cincuenta días para celebrarlo y, claro, el resto de nuestra vida.

miércoles, 8 de abril de 2009

XIV - Jesús es puesto en el sepulcro. 1 Corintios 15,1-4a


Os recuerdo ahora, hermanos el Evangelio que os proclamé y que vosotros aceptasteis, y en el que estáis fundados, y que os está salvando, si es que conserváis el Evangelio que os proclamé; de lo contrario, se ha malogrado vuestra adhesión a la fe. Porque lo primero que yo os transmití, tal como lo había recibido, fue esto: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado [...] (1Cor 15,1-4a).
Jesús es puesto en el sepulcro. El Sábado Santo es un día de silencio y quietud; el día de la soledad de María; el día de la espera. Pero para Jesús, aunque muerto, no es un día inactivo.

Jesús va a la morada de los muertos, a los infiernos -que no es lo mismo que el infierno o lugar de los condenados- (CEC nn. 632-635). Todos los justos del AT esperaban la salvación y Jesús muerto va a anunciársela, va a tender la mano a Adán y también, cómo no, a todos los que obrando conforme a su conciencia, buscaron cumplir la voluntad de Dios.

La muerte no es un obstáculo para que Él lleve la vida hasta el último rincón de la creación. También la vida divina puede llegar hasta el último rincón de mi ser. Todas las inercias, todos los afectos desordenados pueden ser purificados por Jesús. Cuanto más muera a mí mismo, por gracia, más me uniré a su muerte y más estaré en comunión con su resurrección.

La cita de S. Pablo ha quedado interrumpida, los puntos suspensivos son un anuncio. El Via Crucis, el camino de la Cruz, no acaba en el sepulcro. El misterio pascual culmina en la Resurrección. Esperaremos al domingo para la entrada de la XV estación.

sábado, 4 de abril de 2009

XI - Jesús es clavado en la Cruz. 1 Corintios 1,22-25

Los judíos exigen signos, los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero para los llamados -judíos o griegos- un Mesías que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Pues lo necio de Dios es más sabio que los hombres; y lo débil de Dios es más sabio que los hombres (1Cor 1,22-25).
Los judíos estaban acostumbrados a ver las grandes gestas de Dios en la historia. Los relatos sobre las teofanías del Sinaí, la liberación de Egipto, la conquista de la tierra, etc. pasaban de generación en generación. Estos signos eran grandiosos, pero externos a los testigos y además solamente eran perceptibles para quien estuviera presente en el momento de llevarse a cabo.

Esperanza judía tendríamos cada vez que esperáramos una gesta externa de Dios. Cuántas veces nos gustaría que Dios cambiara nuestras circunstancias, como si nuestra salvación o nuestra felicidad dependieran de ello. Entonces la crucifixión de Cristo es un escándalo. Nosotros querríamos que Dios interviniera en nuestra pequeña biografía personal, pero está quieto, clavado en un madero. "¿Por qué no obras con fuerza contra éste o lo otro? ¿Por qué no haces que pase esto? ¿Por qué has permitido que esto fuera así?"

Los griegos fascinados con el poder de la razón humana esperaban la salvación de los conocimientos. Todavía arrastramos esa inercia. La Ilustración, nosotros herederos de ella, esperaba que la razón llegaría a conocer la naturaleza y a través de ese conocimiento controlarla. El hombre podría ser feliz, porque todos sus obstáculos serían salvables. Pero la cátedra de Cristo parece un poco necia, la debilidad no es sabiduría para dominar.

La fe en un progreso indefinido, en virtud del poder de la razón humana, nos sigue seduciendo. Nuestra esperanza sería griega cuando en el futuro pusiéramos nuestra felicidad. Ahora no, pero llegaría un día en que sabríamos y entonces ya no habría más llanto ni dolor. La esperanza en el reino del hombre en la tierra, el paraíso socialista, la utopía de turno.

Y cuántas veces nos creemos que con saber mi vida espiritual avanzará. Qué pena da ver tantas catequesis o tantos caminos espirituales que son una transmisión nada más de nociones, por buenas y ortodoxas que sean. Cuántos esperan simplemente de un director espiritual que les aclare dudas, cuántos creen que con saber etiquetar los pensamientos quedarán vencidos.

O saber el dominio interior de uno mismo, como si la ascésis pudiera transformarnos. O llegar a la unión con el todo de la creación por el conocimiento, como si la naturaleza fuera suficiente para nosotros que lo que necesitamos es divinidad, como si disolvernos en el todo de la realidad nos saciara, cuando lo que necesitamos es ser divinos sin dejar de ser nosotros mismos.

La fuerza del crucificado es como un grano de mostaza, no parece grandiosa, y como un poco de levadura, no actúa externamente, sino que transforma desde el interior. La sabiduría del crucificado no son conceptos, es la Palabra poderosa que como semilla penetra en el interior y hace que la tierra pueda dar fruto abundante. Es fuerza y sabiduría divinizadoras.

viernes, 3 de abril de 2009

X - Jesús es despojado de sus vestiduras. 2 Corintios 8,9

Ya sabéis lo generoso que fue nuestro Señor Jesucristo: siendo rico, se hizo pobre por vosotros para enriqueceros con su pobreza (2Cor 8,9).
La afirmación de S. Pablo resulta paradójica. Desde nuestras mentalidades cabría esperar que dijera que se hizo pobre para enriquecernos con su riqueza, pero no. Con lo que nos enriquece es con su pobreza.

El Hijo de Dios se hizo pobre, es decir, se hizo hombre. Nuestra divinización, esto es, nuestro enriquecimiento viene de ahí, de su humanidad. Porque es un hombre el que dice que sí a Dios, porque es un hombre el que lleva a cabo el fin para el que habíamos sido creados todos. La oblación de su cuerpo es el culto debido a Dios y nuestra salvación.

Y nosotros, enriquecidos con su pobreza, somos los que realizamos aquello que era el proyecto que frustramos con nuestro pecado. Es verdad que no es simplemente con nuestras fuerzas naturales, no es simplemente con nuestra memoria, entendimiento y voluntad meramente humanos. Pero enriquecidos con la gracia quienes decimos que sí somos nosotros.

Y es un doble enriquecimiento sobre una doble pobreza. Porque ser pecador es menos que ser solamente criatura de Dios. Pero ser solamente hombre sin la gracia es tener la pobreza de no poder realizar lo único que nos plenifica.

Jesús se dejó desnudar para que con su pobreza nos pudieran vestir en nuestro bautismo: "N. eres ya nueva criatura y has sido revestido de Cristo; recibe, pues, la blanca vestidura, que has de llevar limpia de mancha ante el tribunal de nuestro Señor Jesucristo, para alcanzar la vida eterna" (RICA 225).

miércoles, 1 de abril de 2009

IX - Jesús cae por tercera vez. 1Corintios 10,13

Ninguna prueba os ha caído encima que sobrepase lo humano; fiel es Dios, y no permitirá Él que la prueba supere vuestras fuerzas. No; para que sea posible resistir, con la prueba dará también la salida (1Cor 10,13).
Una tercera caída que podemos entenderla también remitiéndola a una tentación. La tercera que sufre Jesús en el desierto guarda en común con las otras dos hacer la vida de espalda a Dios, pero varía en cuanto a los medios. En esta tentación, no se trata de usar el propio poder o el poder del mal, sino intentar instrumentalizar a Dios.

La trampa consiste en intentar usar la fidelidad de Dios a sus palabras, que es la fidelidad a sí mismo. Cuántas veces intentamos convertir a Dios en un cómplice de nuestros planes, cuántas veces en vez de ponernos a su servicio intentamos servirnos de Él.

Un síntoma claro de esto es cuando le reprochamos algo. Si hay una adversidad que arruina nuestros proyectos y nos volvemos contra Dios, señal es de que lo considerábamos como un aliado que tenía que servirnos para sacar adelante lo que no podíamos nosotros solos.

Pero claro, nuestros planes. Los cuales, por muy buenos que nos parezcan, no tienen que ser necesariamente de Dios. Cuántas veces hacemos un plan para que Dios lo siga, en vez de estar abiertos al que el nos vaya mostrando.

Esta visión de Dios es la que subyace, no pocas veces, a algunos argumentos del ateísmo. Detrás del reproche del mal en el mundo, suele estar bastantes veces la idea de un Dios que dirigiera la historia conforme a lo que yo pienso y como yo pienso, es decir, al servicio de mi idea de las cosas. Si las cosas no son así, será que Dios no existe. Aunque esto lo único que demostraría es que Dios no es esa idea que me hago de Él.

Jesús venció esa tentación y nos da el poder para hacerlo nosotros y para levantarnos cuando caigamos en ella: "No tentarás al Señor tu Dios" (Dt 6,16). Dejemos a Dios ser Dios.

sábado, 28 de marzo de 2009

VII - Jesús cae por segunda vez. 1Corintios 10,14-17.20s

Por eso, amigos míos, no tengáis que ver con la idolatría. Os hablo como a gente sensata, formaos vuestro juicio sobre lo que digo. El cáliz de la bendición que bendecimos, ¿no es comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo? El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan. [...] Los gentiles ofrecen sus sacrificios a los demonios, no a Dios, y no quiero que os unáis a los demonios. No podéis beber de los dos cálices, del del Señor y del de los demonios. No podéis participar de las dos mesas, de la del Señor y de la de los demonios (1Cor 10, 14-17.20s).
Jesús venció al demonio para que podamos superar las tentaciones y para que podamos levantarnos, si es que caemos en ellas. Aunque todas las tentaciones y pecados se reducen a vivir desde nuestra soberbia, desde lo que nosotros consideramos y de espaldas a Dios, Jesús fue tentado y venció tres veces.

Hay veces que lo que nosotros con nuestras fuerzas podemos no es suficiente para realizar nuestros planes sin Dios. Entonces podemos ser tentados con utilizar otro poder para llevarlos a cabo, el poder del mal para hacer el mal. No se trata, en este caso, de hacer algo malo sirviéndonos de capacidades que podríamos usar para hacer el bien, sino de usar el mal para hacer el mal.

Entonces le escuchamos a Satanás decirnos: "Si tú te arrodillas delante de mí, todo será tuyo" (Lc 4,7). Vencer a la tentación es no salir de la comunión con el único Dios y, por tanto, de la de los hermanos, para no entrar en la servidumbre del mal, pues fuera de Dios no hay un lugar neutro. Levantarse de la caída es volver a la comunión con Dios y los hermanos: "Al Señor tu Dios adorarás y a Él sólo darás culto" (Dt 6,13). Él no es solamente el fin único, sino también la posibilidad de todas las posibilidades.

Y todo esto os lo digo como a gente sensata. No basta con escuchar un discurso. La vida de fe es algo muy práctico. Y las palabras de un entrenador deportivo no ganan los partidos. La técnica de cualquier disciplina hay que hacerla propia con la práctica. Y además, en un blog, apenas se pueden tocar algunas cosas. Es muy recomendable un entrenador personal, porque, para el combate singular, no es suficiente con los principios generales, pues hay que corregir también cuestiones muy personales.

viernes, 27 de marzo de 2009

VI - La Verónica enjuga el rostro de Jesús. 2Corintios 3,18.4,5s

Y nosotros todos, que llevamos la cara descubierta, reflejamos la gloria del Señor y nos vamos transformando en su imagen con resplandor creciente; así es como actúa el Señor, que es el Espíritu. [...] Nosotros no nos predicamos a nosotros mismos, predicamos que Cristo es Señor y nosotros siervos vuestros por Jesús. El Dios que dijo: Brille la luz del seno de la tiniebla, ha brillado en nuestros corazones, para que nosotros iluminemos dando a conocer la gloria de Dios, reflejada en Cristo (2Cor 3,18.4,5s).
Creados a imagen y semejanza de Dios, con el pecado la imagen quedó empañada. En el bautismo es como si Jesús hubiera enjugado su rostro en nuestros corazones para devolver su esplendor al icono de la divinidad (Verónica=verdadero icono) que somos cada uno de nosotros; esa es nuestra vocación.

El bautismo es una participación en el misterio Pascual del Señor y, en éste, en todos sus misterios. Así como la humanidad de Jesús manifestaba la gloria de su divinidad, el bautizado, por el don del Espíritu, refleja también la gloria de la divinidad. Se trata de una nueva creación, es un puro don del poder de Dios.

Si no fuera por esto, nuestras palabras sobre Jesús solamente serían palabras humanas que hablaran de nosotros. Si diéramos la espalda a ese don, nuestras palabras, nuestros gestos, nuestras obras, hablarían sólo de nosotros, por alquitarada que fuera nuestra teología, por refinada que fuera nuestra retórica.

Ciertamente algunos tienen el ministerio de la predicación y del anuncio, pero todos, cada uno según su carisma, ha de ser un anuncio continuo de Jesús. Todas nuestras tareas, por humildes que nos parezcan, todas nuestras palabras, por torpes que creamos que sean, son lugar para que brille la gloria de la divinidad.

Este don de la gloria está llamado a crecer, a que nuestra vida sea un creciente misterio de la Transfiguración, a que nos transformemos en su imagen con resplandor creciente. Por ello, la vida del cristiano es un camino de purificación, para que nuestro corazón sea pura transparencia para su luz.

miércoles, 25 de marzo de 2009

IV - Jesús encuentra a su Madre. 1 Corintios 1, 27-31

Lo necio del mundo lo ha escogido Dios para humillar a los sabios, y lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar el poder. Aún más, ha escogido la gente baja del mundo, lo despreciable, lo que no cuenta para anular a lo que cuenta, de modo que nadie pueda gloriarse en presencia del Señor. Por Él vosotros sois en Cristo Jesús, en este Cristo que Dios ha hecho para nosotros sabiduría, justicia, santificación y redención y así, como dice la Escritura, el que se gloríe que se gloríe en el Señor (1Cor 1,27-31).
Camino del Calvario, con los ojos del mundo, Jesús es lo más bajo, lo despreciable, aquello con lo que no se cuenta para realizar los planes mundanos. Dios, por medio de su Hijo, ha elegido lo necio y lo débil para llevar a cabo su designio de salvación. Ese camino del Calvario es el camino de la muerte de la soberbia y de la divinización de los hombres.

Cuando Jesús encuentra a María, ¿qué le muestra? En realidad, más de lo que puede ver el mundo, porque Dios no ha escogido solamente lo despreciable para el mundo, sino que ha elegido lo más contrario a Dios. Cargar con la cruz es más que portar los valores opuestos al mundo, como el fracaso, el dolor o la marginación. Es cargar con el pecado de todos.

La consecuencia del pecado es la mayor contradicción interna a la que el hombre puede llegar, es negarse a uno mismo. Pecar es negar lo más íntimo a mí mismo, es negar a Dios; pecar es rechazar lo que me da el ser; pecar es renunciar al fin auténtico de mi existencia. Y este enorme desgarro lo ha asumido Jesús, Dios y hombre verdadero. Si es grande la herida en quien no es por naturaleza Dios, ¿cómo será en quien sí lo es, en quien la unión de humanidad y divinidad se dan en una sola persona?

Desde esta verdad Jesús sale al encuentro de su madre. Y éste es una nueva elección. Dios vuelve a mirar la humillación de su esclava; ella es también necedad y debilidad para el mundo. Ella no puede llevar la cruz como la lleva su Hijo, pero Él la elige para estar junto a ella (cf. Jn 19,26), Él la elige para que su corazón esté también traspasado por el dolor del pecado, de haber el hombre negado a Dios (cf. Lc 2,35).

Y en la Cruz es donde está la Resurrección, en ella se gloría María. En Cristo es donde somos y en su Cruz ha de gloriarse el discípulo.