martes, 31 de marzo de 2009

VIII - Jesús consuela a las mujeres de Jerusalén. Colosenses 1,24ss.2,3

Me alegro de sufrir por vosotros: así completo en mi carne los dolores de Cristo, sufriendo por su cuerpo que es la Iglesia, de la cual Dios me ha nombrado ministro, asignándome la tarea de anunciaros a vosotros su mensaje completo: el misterio que Dios ha tenido escondido desde siglos y generaciones y que ahora ha revelado a sus santos. [...] Este misterio es Cristo, en quien están encerrados todos los tesoros del saber y el conocer (Col 1, 24ss.2,3).
"No lloréis por mí" (Lc 23,28). El sufrimiento tal y como aparece en el Nuevo Testamento es un sinsentido para el mundo. No es algo cuya existencia esté negada. Jesús siente dolor, sufre,... Pero ni siquiera la muerte tiene la última palabra. Por eso, el sufrimiento tiene una nueva significación para el creyente.

"Dichosos vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Estad alegres y contentos" (Mt 5,11s). S. Pablo se alegra de sufrir por los creyentes de Colosas, porque así vive conforme a Cristo, sufre por la Iglesia, y, en él que es un miembro del cuerpo del Señor, la Iglesia también se asemeja a Jesús en su pasión.

El apóstol ha recibido la tarea de anunciar el misterio de Dios, que es Cristo. No es una teoría ni una ideología ni unos conceptos ni unos ritos ni unas normas: es Alguien. Y S. Pablo lo anuncia no solamente con sus torpes palabras, sino con su propia persona, por limitada y pecadora que sea. Lo hace con todos los recursos, para que lleguen a la madurez de la fe en Cristo Jesús; pero no lo hace apoyado en sus propias fuerzas, sino en la fuerza poderosa del Resucitado (cf. Col 1,28). Jesús, al acercarse a aquellas mujeres, les está manifestando, en su pasión, el misterio de Dios que es Él mismo. Esa cruz que es fuerza y sabiduría de Dios.

"Llorad por vosotras y por vuestros hijos" (Lc 23,28). Si esto es lo que hace el mal sobre el justo, qué no hará sobre el pecador. Por eso, las lágrimas de compunción eran uno de los dones más pedidos por los antiguos monjes, porque lo único que verdaderamente mata al hombre es el pecado. Estas lágrimas están abiertas a la esperanza: "Dichosos los que lloran" (Mt 5, 5). Ellos serán consolados por Jesús.

Este consuelo es la dicha de poder caminar con Él, porque su perdón es devolvernos a la comunión con Dios, para que identificándonos con Él en la persecución, lo acompañemos también en la gloria: "Vuestra recompensa será grande en el cielo, que de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros" (Mt 5, 12).

lunes, 30 de marzo de 2009

Antífona de comunión C-DV.3 / Juan 12,24s


Os aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto (Jn 12,24s).
Una de las frases de Jesús en el evangelio queda realzada en el momento de la comunión. La Eucaristía es el memorial del misterio pascual, por tanto, al participar en la celebración, por la fe, estamos asistiendo precisamente a lo que nos dice el Señor en esta antífona: a su entrega, a su sacrificio redentor.

Cuando el ministro muestra la Hostia para comulgar, a cada uno de lo comulgantes, es esto lo que le está asegurando Jesús, cuyo Cuerpo está verdadera, real y sustancialmente presente en el pan consagrado. Y, al hacerlo, nos está invitando a beneficiarnos de esos frutos.

Y, precisamente por eso, cuando decimos amén, confesando nuestra fe en que es el cuerpo de Cristo, estamos diciendo que sí a uno de sus frutos y queriendo vivir conforme a él: poder morir con Cristo como un grano de trigo para, con Él, también dar un fruto abundante.

domingo, 29 de marzo de 2009

Conocer a Jesús. Juan 12,20-33

En este evangelio, unos judíos procedentes de la diáspora griega le dicen a Felipe que quieren ver a Jesús. Vienen de una cultura que pide sabiduría, conocimiento; vienen de la cuna de la filosofía.
Jesús en su respuesta nos sorprende. Cualquiera podría esperar, dada su bondad, que les dijera simplemente que sí. Pero en el evangelio de S. Juan es frecuente encontrar situaciones en las que parece que Jesús no responde a lo que se le pregunta.

En realidad, algo así debería de pasarnos en los demás evangelios. Si no nos sorprenden tanto, en este sentido, es porque nosotros ponemos las preguntas a las que aparentemente se adaptan sus palabras. Pero si dejáramos que fueran las preguntas que hay en nosotros, tal y como alcanzamos a formularlas y responderlas por nosotros, las que se dejaran contestar, nos encontraríamos con el mismo salto.

Si el evangelio no nos sorprende, si no nos saca de donde solemos estar, seguramente es que lo hemos domesticado, lo hemos metido en nuestras categorías. Por mucho que estemos en comunión con Dios, su palabra siempre nos lleva más allá de nosotros, bien por ruptura bien por incremento.

Jesús les contesta, pero les lleva más allá del nivel en que preguntan. ¿Qué es conocerlo? No es algo de lo que seamos capaces, no es una iniciativa nuestra, sino que es una atracción desde la cruz (v. 32) y es un don del cielo (v.30), que se recibe en la obediencia de la fe (cf. Hb 5,9). Pero no es conocer de cualquier manera.

Cuando decimos "yo sé lo que es el sufrimiento", este saber es muy distinto a saber el binomino de Newton. Se trata de conocer a Dios hecho hombre para ser grano de trigo que muere y cuyo fruto es que yo, cada uno de nosotros, quede perdonado y pueda participar en la vida divina. Es precisamente su obrar en mí, la experiencia de Él vivificándome, lo que me lo da a conocer (cf. Jr 31,34).

Es que Jesús no es inescindible de su amor, porque Él es Amor. Es verdad que Dios no necesita de mí para ser y que es al margen de la creación y la historia; no las necesita para ser en plenitud. Pero yo no puedo conocer al Hijo de Dios hecho hombre, a mi Salvador, sino en mi pequeña biografía personal, a través de su Amor obrando en mí. El más pequeño acto de fe es experiencia de su acción en mí, porque es un don suyo.

Pero conocer a Jesús es asimismo estar con Él en su servicio (v. 26). Es también ser grano de trigo con Él.

[Problema: ¿Cuántos granos tiene la espiga de la foto? Teniendo en cuenta que es de trigo seleccionado y de agricultura de nuestro tiempo, ¿cómo les sonaría a los agricultores del siglo primero de una tierra tan pobre como Galilea que Jesús les dijera, en la parábola del sembrador, que la semilla en tierra buena daría 30, 60 y hasta 100 por uno?]

sábado, 28 de marzo de 2009

VII - Jesús cae por segunda vez. 1Corintios 10,14-17.20s

Por eso, amigos míos, no tengáis que ver con la idolatría. Os hablo como a gente sensata, formaos vuestro juicio sobre lo que digo. El cáliz de la bendición que bendecimos, ¿no es comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo? El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan. [...] Los gentiles ofrecen sus sacrificios a los demonios, no a Dios, y no quiero que os unáis a los demonios. No podéis beber de los dos cálices, del del Señor y del de los demonios. No podéis participar de las dos mesas, de la del Señor y de la de los demonios (1Cor 10, 14-17.20s).
Jesús venció al demonio para que podamos superar las tentaciones y para que podamos levantarnos, si es que caemos en ellas. Aunque todas las tentaciones y pecados se reducen a vivir desde nuestra soberbia, desde lo que nosotros consideramos y de espaldas a Dios, Jesús fue tentado y venció tres veces.

Hay veces que lo que nosotros con nuestras fuerzas podemos no es suficiente para realizar nuestros planes sin Dios. Entonces podemos ser tentados con utilizar otro poder para llevarlos a cabo, el poder del mal para hacer el mal. No se trata, en este caso, de hacer algo malo sirviéndonos de capacidades que podríamos usar para hacer el bien, sino de usar el mal para hacer el mal.

Entonces le escuchamos a Satanás decirnos: "Si tú te arrodillas delante de mí, todo será tuyo" (Lc 4,7). Vencer a la tentación es no salir de la comunión con el único Dios y, por tanto, de la de los hermanos, para no entrar en la servidumbre del mal, pues fuera de Dios no hay un lugar neutro. Levantarse de la caída es volver a la comunión con Dios y los hermanos: "Al Señor tu Dios adorarás y a Él sólo darás culto" (Dt 6,13). Él no es solamente el fin único, sino también la posibilidad de todas las posibilidades.

Y todo esto os lo digo como a gente sensata. No basta con escuchar un discurso. La vida de fe es algo muy práctico. Y las palabras de un entrenador deportivo no ganan los partidos. La técnica de cualquier disciplina hay que hacerla propia con la práctica. Y además, en un blog, apenas se pueden tocar algunas cosas. Es muy recomendable un entrenador personal, porque, para el combate singular, no es suficiente con los principios generales, pues hay que corregir también cuestiones muy personales.

viernes, 27 de marzo de 2009

VI - La Verónica enjuga el rostro de Jesús. 2Corintios 3,18.4,5s

Y nosotros todos, que llevamos la cara descubierta, reflejamos la gloria del Señor y nos vamos transformando en su imagen con resplandor creciente; así es como actúa el Señor, que es el Espíritu. [...] Nosotros no nos predicamos a nosotros mismos, predicamos que Cristo es Señor y nosotros siervos vuestros por Jesús. El Dios que dijo: Brille la luz del seno de la tiniebla, ha brillado en nuestros corazones, para que nosotros iluminemos dando a conocer la gloria de Dios, reflejada en Cristo (2Cor 3,18.4,5s).
Creados a imagen y semejanza de Dios, con el pecado la imagen quedó empañada. En el bautismo es como si Jesús hubiera enjugado su rostro en nuestros corazones para devolver su esplendor al icono de la divinidad (Verónica=verdadero icono) que somos cada uno de nosotros; esa es nuestra vocación.

El bautismo es una participación en el misterio Pascual del Señor y, en éste, en todos sus misterios. Así como la humanidad de Jesús manifestaba la gloria de su divinidad, el bautizado, por el don del Espíritu, refleja también la gloria de la divinidad. Se trata de una nueva creación, es un puro don del poder de Dios.

Si no fuera por esto, nuestras palabras sobre Jesús solamente serían palabras humanas que hablaran de nosotros. Si diéramos la espalda a ese don, nuestras palabras, nuestros gestos, nuestras obras, hablarían sólo de nosotros, por alquitarada que fuera nuestra teología, por refinada que fuera nuestra retórica.

Ciertamente algunos tienen el ministerio de la predicación y del anuncio, pero todos, cada uno según su carisma, ha de ser un anuncio continuo de Jesús. Todas nuestras tareas, por humildes que nos parezcan, todas nuestras palabras, por torpes que creamos que sean, son lugar para que brille la gloria de la divinidad.

Este don de la gloria está llamado a crecer, a que nuestra vida sea un creciente misterio de la Transfiguración, a que nos transformemos en su imagen con resplandor creciente. Por ello, la vida del cristiano es un camino de purificación, para que nuestro corazón sea pura transparencia para su luz.

jueves, 26 de marzo de 2009

V - El Cireneo carga con la Cruz. Gálatas 6,1ss.14

Hermanos, incluso si a alguno se le cogiera en algún desliz, vosotros, los hombres de espíritu, recuperad a ese tal con mucha suavidad; estando tú sobre aviso, no vayas a ser tentado también tú. Arrimad todos el hombro a las cargas de los otros, que con eso cumpliréis la Ley de Cristo. Por supuesto, si alguno se figura ser algo, cuando es nada, él mismo se engaña. [...] Lo que es a mí, Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, en la cual el mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo (Gal 6,1ss.14).
Jesús carga sobre su cuerpo la Cruz. La Iglesia es el Cuerpo de Cristo y tiene que cargar con la Cruz. Y cada uno de nosotros, como miembros de ese Cuerpo, tiene que hacerlo también.

Para S. Pablo, esto no es algo abstracto o genérico, sino muy concreto. La vida cristiana lo es en comunidad con otros discípulos. Los miembros del Cuerpo de Cristo no están simplemente unidos individualmente cada uno a la Cabeza, sino que lo están también entre sí; entre unos y otros hay -tendría que haber- relaciones recíprocas.

El Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, da perceptibilidad, en medio de nuestro mundo, del misterio pascual del Señor, de su Cruz y Resurrección. Este Cuerpo está lacerado por los pecados de sus miembros y mutuamente tenemos que llevar las cargas de los demás, no forzados como el Cireneo (cf. Mc 15,21), sino a imitación de Cristo Jesús. Así cumplimos su Ley: "Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros igual que yo os he amado, amaos también entre vosotros. La señal por la que conocerán todos que sois discípulos míos, será que os amáis unos a otros" (Jn 13,34s). Para Cristo, amar es cargar amorosamente con nuestros pecados.

Estar preocupados de la salud espiritual de los otros miembros del Cuerpo, cargar mutuamente con el pecado de los demás, para conducir al otro, con suavidad, a la salvación. Todo ello con humildad, sabiendo que todos somos pecadores y podemos caer.

Y, como S. Pablo, poniendo nuestra gloria en el Señor, para que así se manifieste a todos, en su Cuerpo, la gloria de su Resurrección. En su Cruz vivir crucificados; por ella, ser salvados, vivir la vida de los hijos de Dios. Y que sea en ella donde encuentre la muerte el mundo de valores configurado a espaldas de Dios.

Los hombres de nuestro tiempo, los de cada época, necesitan el anuncio de la Resurrección de Cristo. Por ello, necesitan que nosotros vivamos así, que sea perceptible para ellos, en la vida eclesial, el misterio pascual del Señor.

miércoles, 25 de marzo de 2009

IV - Jesús encuentra a su Madre. 1 Corintios 1, 27-31

Lo necio del mundo lo ha escogido Dios para humillar a los sabios, y lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar el poder. Aún más, ha escogido la gente baja del mundo, lo despreciable, lo que no cuenta para anular a lo que cuenta, de modo que nadie pueda gloriarse en presencia del Señor. Por Él vosotros sois en Cristo Jesús, en este Cristo que Dios ha hecho para nosotros sabiduría, justicia, santificación y redención y así, como dice la Escritura, el que se gloríe que se gloríe en el Señor (1Cor 1,27-31).
Camino del Calvario, con los ojos del mundo, Jesús es lo más bajo, lo despreciable, aquello con lo que no se cuenta para realizar los planes mundanos. Dios, por medio de su Hijo, ha elegido lo necio y lo débil para llevar a cabo su designio de salvación. Ese camino del Calvario es el camino de la muerte de la soberbia y de la divinización de los hombres.

Cuando Jesús encuentra a María, ¿qué le muestra? En realidad, más de lo que puede ver el mundo, porque Dios no ha escogido solamente lo despreciable para el mundo, sino que ha elegido lo más contrario a Dios. Cargar con la cruz es más que portar los valores opuestos al mundo, como el fracaso, el dolor o la marginación. Es cargar con el pecado de todos.

La consecuencia del pecado es la mayor contradicción interna a la que el hombre puede llegar, es negarse a uno mismo. Pecar es negar lo más íntimo a mí mismo, es negar a Dios; pecar es rechazar lo que me da el ser; pecar es renunciar al fin auténtico de mi existencia. Y este enorme desgarro lo ha asumido Jesús, Dios y hombre verdadero. Si es grande la herida en quien no es por naturaleza Dios, ¿cómo será en quien sí lo es, en quien la unión de humanidad y divinidad se dan en una sola persona?

Desde esta verdad Jesús sale al encuentro de su madre. Y éste es una nueva elección. Dios vuelve a mirar la humillación de su esclava; ella es también necedad y debilidad para el mundo. Ella no puede llevar la cruz como la lleva su Hijo, pero Él la elige para estar junto a ella (cf. Jn 19,26), Él la elige para que su corazón esté también traspasado por el dolor del pecado, de haber el hombre negado a Dios (cf. Lc 2,35).

Y en la Cruz es donde está la Resurrección, en ella se gloría María. En Cristo es donde somos y en su Cruz ha de gloriarse el discípulo.