domingo, 29 de marzo de 2009

Conocer a Jesús. Juan 12,20-33

En este evangelio, unos judíos procedentes de la diáspora griega le dicen a Felipe que quieren ver a Jesús. Vienen de una cultura que pide sabiduría, conocimiento; vienen de la cuna de la filosofía.
Jesús en su respuesta nos sorprende. Cualquiera podría esperar, dada su bondad, que les dijera simplemente que sí. Pero en el evangelio de S. Juan es frecuente encontrar situaciones en las que parece que Jesús no responde a lo que se le pregunta.

En realidad, algo así debería de pasarnos en los demás evangelios. Si no nos sorprenden tanto, en este sentido, es porque nosotros ponemos las preguntas a las que aparentemente se adaptan sus palabras. Pero si dejáramos que fueran las preguntas que hay en nosotros, tal y como alcanzamos a formularlas y responderlas por nosotros, las que se dejaran contestar, nos encontraríamos con el mismo salto.

Si el evangelio no nos sorprende, si no nos saca de donde solemos estar, seguramente es que lo hemos domesticado, lo hemos metido en nuestras categorías. Por mucho que estemos en comunión con Dios, su palabra siempre nos lleva más allá de nosotros, bien por ruptura bien por incremento.

Jesús les contesta, pero les lleva más allá del nivel en que preguntan. ¿Qué es conocerlo? No es algo de lo que seamos capaces, no es una iniciativa nuestra, sino que es una atracción desde la cruz (v. 32) y es un don del cielo (v.30), que se recibe en la obediencia de la fe (cf. Hb 5,9). Pero no es conocer de cualquier manera.

Cuando decimos "yo sé lo que es el sufrimiento", este saber es muy distinto a saber el binomino de Newton. Se trata de conocer a Dios hecho hombre para ser grano de trigo que muere y cuyo fruto es que yo, cada uno de nosotros, quede perdonado y pueda participar en la vida divina. Es precisamente su obrar en mí, la experiencia de Él vivificándome, lo que me lo da a conocer (cf. Jr 31,34).

Es que Jesús no es inescindible de su amor, porque Él es Amor. Es verdad que Dios no necesita de mí para ser y que es al margen de la creación y la historia; no las necesita para ser en plenitud. Pero yo no puedo conocer al Hijo de Dios hecho hombre, a mi Salvador, sino en mi pequeña biografía personal, a través de su Amor obrando en mí. El más pequeño acto de fe es experiencia de su acción en mí, porque es un don suyo.

Pero conocer a Jesús es asimismo estar con Él en su servicio (v. 26). Es también ser grano de trigo con Él.

[Problema: ¿Cuántos granos tiene la espiga de la foto? Teniendo en cuenta que es de trigo seleccionado y de agricultura de nuestro tiempo, ¿cómo les sonaría a los agricultores del siglo primero de una tierra tan pobre como Galilea que Jesús les dijera, en la parábola del sembrador, que la semilla en tierra buena daría 30, 60 y hasta 100 por uno?]

4 comentarios:

zaqueo dijo...

"Pero conocer a Jesús es estar con Él...también ser grano de trigo con Él."

Hay tres fases consecutivas. la primera me lleva a la segunda y de ahí a la tercera.
Para conocer a Jesús primero le busco, eso me lleva a estar con Él y escucharle; el vivir con Él me lleva al amor, a descubrir al otro y compartir.
Y lo que estoy dispuesto a compartir se multiplica.

Mel in ora dijo...

Mi versión de las fases sería la siguiente: primero oigo, deseo y le busco con sinceridad, no exijo y le espero. Él me encuentra, empiezo a vivir en relación de amistad con Él y a morir a mí mismo pues sé que no me merezco esta relación, en la que el como amigo me ama y quiere que yo sea feliz y como un niño espera todo de mi sin exigirme nada.
Yo al principio busco esos cien por mi cuenta y me doy cuenta de que no puedo conseguirlos de esta manera y entonces pido su ayuda, muero poco a poco a mi mismo, dejándole a Él que actúe y que me diga lo que le tengo que de verdad ofrecer por mucho que me cueste, sin buscar nada a cambio, confiando plenamente en su promesa y cuando le doy un poco de la miseria de mi vida Jesús da el ciento por uno. El ciento por uno se refiere a que por uno que doy yo Él me da cien a mí. La fe y el amor recibidos exigen un cambio de vida. Pues la fe no solo es creer sino confiar y esto es la llamada que Dios nos hace a cada uno. Confía en mí. Carga tu cruz.
Posdata: Cuando cargamos nuestra cruz al hombro reconociendo nuestros pecados, Él lleva la cruz por nosotros.

Mónica dijo...

Mi experiencia de ayer :
Ayer ví en una parroquia de Madrid a dos hombres que iban vestidos de frailes medievales , (como en los frescos del Giotto) , les pregunté si eran Franciscanos por el hábito color ceniza que llevaban , y me dijeron que eran "Discípulos de Jesús" una congregación "nueva" .
Pues eso que me impresionaron por su novedad tan auténtica en eso de buscar la pobreza la castidad y la obediencia y en su traje talar color gris , parece que después del Concilio todo esto desapareció un poco y ahora verles por las calles inspira mucha confianza en Dios.
Sí que creo que el hábito hace al monje

zaqueo dijo...

El hábito de algun@s monjes-monjas me ha engañado no pocas veces.
Me ha enseñado a no dar nada por supuesto.

Conozco monjes auténticos que no llevan hábito y se les puede reconocer sin que lo digan con palabras.

Esto me lleva a preguntarme: Y yo ¿de qué voy?