lunes, 22 de diciembre de 2008

El Mesías de Händel IX

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Una de las grandes limitaciones de los escritores sagrados es la lengua. No solamente por la mayor o menor riqueza léxica o flexibilidad sintáctica. Los autores humanos de la Biblia tienen como herramienta un idioma que se ha formado antes de que empezara la aventura de Abraham y que contiene, a presión de siglos, una mentalidad; como todas las lenguas. Una mentalidad es un modo de entender la realidad y de tratar con ella. Es una posibilidad, pero es una limitación; porque aunque nos regala una interpretación de lo que las cosas sean en la realidad, es decir, allende nuestra percepción, sin embargo, no es la realidad misma. Pero además la mentalidad nos dice qué hemos decidido que sean las cosas para nosotros, es decir, nos da el mundo inscrito en un sentido, con un determinado relieve valorativo.

Pero una mentalidad y, con ella, una lengua, presenta otra dificultad importante. Nos identificamos tanto con ella que acabamos confundiéndola con la realidad. Mi pobre experiencia me ha enseñado que éste sea acaso uno de los escollos más importantes en la vida espiritual. Un maestro auténtico sabe guiar para que el discípulo aprenda a liberarse de esta atadura, a que la mentalidad no suplante a la realidad y, con ella, al misterio. La lengua hebrea y la griega contienen una mentalidad, pero nosotros, al leer, también proyectamos la nuestra.

Los autores bíblico tenían una lengua recibida con la que expresar una experiencia de Dios, pero también con la que la comprendían, porque, aunque el acto radical de intelección sea preverbal, sin embargo, pensamos lo inteligido con palabras. [Me voy un momento por las ramas y hago una pequeña glosa a mi glosa. Creo que una de las cuestiones más urgentes en teología sea hacer una reflexión sobre el acto primordial de fe. Pidamos a Dios que ilumine a algún teólogo para que dé una palabra certera sobre esto en nuestro tiempo]. Esta mentalidad recibida en una lengua, sufre modificaciones en cada creyente, que así la va llevando un poco más allá de ella misma. Y, enriquecida por uno, es entregada a la siguiente generación. En el problema del lenguaje, nos topamos con que Dios no ha prescindido de que los hombres seamos seres históricos. La revelación tiene carácter histórico; es para los hombres.

Es llamativo que la Historia, como tal, pase a primer plano de la reflexión filosófica en el s. XIX y que una de las grandes cuestiones bíblicas sea que Dios interviene en ella. Apenas estamos nosotros empezando a reflexionar sobre estos temas y, sin embargo, ellos, con una idea de la causalidad incluso anterior a la aristotélica, anterior a una conceptuación de la funcionalidad del mero ámbito de la Naturaleza, con unos medios lingüísticos tan pobres intentan comprender y expresar algo tan extraordinario. Esta limitación, de entrada, nos dice algo maravilloso; por pequeño que sea el hombre y limitado su lenguaje, Dios no margina lo que somos para hablarnos.

Aunque todo va apenas abocetado, me voy alargando tal vez mucho. Disculpadme si tedioso se os hace. A ver si con una entrega más conseguimos terminar el versículo.

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2 comentarios:

Mónica dijo...

Dios no margina lo que somos para hablarnos ,
tampoco nuestros complejos

zaqueo dijo...

"..., Dios no margina lo que somos para hablarnos."

Dios nos habla, en el silencio, palabras que son entendidas en el silencio. Esas palabras no pueden expresarse fuera de ese silencio sin sufrir alteración. Ninguna lengua puede expresar esas palabras.

Los distintos autores bíblicos expresan como pueden esa expreriencia personal. Nosotros siempre que intentamos expresarla con palabras nos damos cuenta de la limitación de la lengua. A ellos no les quedaba más remedio que expresarla, era un mandato divino, para que llegara a nosotros.