miércoles, 17 de diciembre de 2008

El Mesías de Händel V

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El doble imperativo a consolar encuentra un nuevo reflejo. El consuelo no es solamente por la liberación de lo malo, sino también porque Dios va a donar lo bueno. “Una voz grita: En el desierto preparadle un camino al Señor; allanad en la estepa una calzada para nuestro Dios”.

Una voz grita. En el hebreo original, se trata de una acción continua, no puntual; la voz está gritando continuamente algo. ¿Qué es lo que grita? El nuevo éxodo hacia la tierra prometida, anunciado ya por Jeremías y Ezequiel va a tener lugar. Lo mismo que Dios acompañó a su pueblo bien como nube por el día, bien como columna de fuego por la noche (cf. Ex 13, 22) en el camino desde Egipto, así ahora, en este segundo éxodo, también va a ir con los liberados.

No es suficiente no tener mancha de pecado y quedar simplemente en una bondad natural. Dios quiere donar al hombre la participación en su divinidad y quiere acompañarlo a la tierra prometida que no es otra cosa para nosotros sino la comunión con Él en la vida trinitaria; para eso fuimos creados y sin ello no somos felices. Algo inalcanzable si Él no se hace peregrino con nosotros. La vida como caminar tiene un sentido, un hacia dónde, que no es otro que la participación en la santidad de Dios. El camino no es construir una torre con las propias fuerzas que llegue hasta el cielo; se trata de un andar con el divino caminante que ha querido pisar el polvo de los senderos de esta tierra.

Él hace posible el éxodo hacia la tierra previamente perdida, pero es un camino que tenemos que caminar nosotros: “En el desierto preparadle un camino al Señor”. Allí es donde fue el pueblo de Israel conociendo a Dios en el primer éxodo, ahí es donde le promete que lo llevará para enamorarlo de nuevo (Os 2, 16). El lugar de la desnudez, donde no hay recursos humanos, donde la única posibilidad es Dios.

Los apotegmas de los Padres del desierto nos cuentan así la vocación de uno de ellos: “Mientras estaba aún en la corte, el abba Arsenio oró a Dios diciendo: 'Señor, guíame por el camino de la salvación'. Y le llegó una voz que dijo: 'Arsenio, huye de los hombres, y serás salvo'. Habiéndose retirado a la vida solitaria, oró todavía con las mismas palabras, y oyó una voz que le dijo: 'Arsenio, huye, calla, repósate; aquí están las raíces de la impecabilidad'”.

No nos será posible tal vez ir al desierto geográfico, pero he aquí el desierto que puede ir siempre con nosotros: soledad, silencio y quietud. El aprendizaje de estas tres palabras, no la teoría de las mismas, sino como alguien que se inicia en un arte manual, con el ejercicio de aquello en que da los primeros pasos, es aprender a limpiar la tierra de piedras y malas hierbas para que la semilla pueda dar hasta el ciento por uno en algunos casos. Aprender a vivir en medio de los hombres y con ellos desde la celda interior, desde el centro del castillo donde está Dios, como nos cuenta Sta. Teresa.

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1 comentario:

Mónica dijo...

"la seduciré , la llevaré al desierto y allí le hablaré como en los días de su juventud"