domingo, 3 de mayo de 2009

Pastor y dueño. Juan 10,11-18

¿Por qué puede ser interesante la imagen del pastor? ¿No podría el hombre prescindir de ella? En una cultura tan relativista como la nuestra, todo parece sustituible, da lo mismo una cosa que otra. Pero somos de una determinada manera. Es verdad que decidimos muchas cosas sobre nosotros mismos y que nos vamos moldeando con nuestro obrar. Mas esto tiene lugar sobre lo que determina de manera inmodificable los parámetros dentro de los cuales nos podemos mover y cómo podemos hacerlo.

El hombre es pastoreado y guiado, puede elegir quién o qué lo haga, pero lo que no puede es cambiar ese hecho originario; ser pastoreado o no está fuera de nuestras posibilidades de elección. Lo del pastor acaso sea una metáfora un tanto lejana para nuestro mundo urbano, pero la realidad de fondo que expresa es de todo tiempo y lugar, porque forma parte del modo en que es cada hombre. Ahora bien, las imágenes de otro mundo cultural tienen una ventaja, son menos manipulables, están más libres de caer presas del utilitarismo de la cultura del momento.

Podemos elegir el fin último de nuestra vida, el sentido de nuestra existencia, lo que no podemos es no elegir ninguno. Incluso la opción por el sinsentido es escoger una finalidad. Este "para qué" de todo lo que soy me atrae y orienta mis decisiones, me dice qué es más importante y qué lo es menos. Es decir, me pastorea, me va indicando una ruta. ¿A dónde?

Pero el hombre no solamente es pastoreado y guiado, es que también es poseído. El valor entorno al cual quedan jerarquizadas las demás realidades también se apropia de mí. La elección del mismo es una entrega a él. Podemos tener la ilusión de creer que nos servimos de él, pero no es así, somos nosotros los que le servimos. Podemos elegir a qué o a quién servir, pero no si servimos o no; así es la urdimbre que nos constituye.

En este evangelio, Jesús nos dice que el asalariado no es pastor ni dueño de las ovejas (cf. Jn 10,12). Incluso los líderes que más fomentan el culto a la personalidad remiten a otro dios superior. Hitler servía a la raza y nación germanas y de ellas esperaba su salario; Stalin era un servidor de la lucha de clases y en la victoria del proletariado ponía su salario. Ni siquiera los emperadores divinizados se consideraban el dios supremo del panteón.

Los que pretenden guiarnos, ¿a qué valor supremo nos remiten? ¿A dónde nos lleva ese valor? Como muy lejos, a la tumba y, con ésta, a la frustración, por siempre, de la única finalidad que de verdad nos plenifica.

Jesús no remite a un valor más allá de Él; es el pastor y dueño. Y lo es antes de que lo elijamos como tal. De hecho, la elección de cualquier otra finalidad está subordinada a Él y, por ello, es un acto de rebeldía contra el fin auténtico y causa de infelicidad. Porque, en realidad, elegir el fin y sentido últimos de nuestra vida no lo es entre candidatos en pie de igualdad. En realidad, es acoger el fin último, que de hecho lo es, como tal o bien elegir un sucedáneo que nunca podrá saciar la sed que únicamente puede satisfacer el verdadero.

Y Jesús, como no remite a nada más allá de Él, es el fin de nuestra ruta vital. Y, a este pastor y dueño, lo llamamos Bueno, porque Él nos da la plenitud para la que hemos sido creados, porque Él sacia nuestra sed de divinidad.

3 comentarios:

Gloria dijo...

Amo la imágen del Buen Pastor, es mi predilecta, porque siempre pienso en mi como una ovejita que ama peroque anda media perdida y sola. cariños.Gloria

zaqueo dijo...

Las ovejas conocen el silbido de su pastor y le siguen a él. Cuando se cruzan en el campo dos rebaños, les basta oir el silbido de su pastor para separarse y seguirle.

Cuando hemos oido Su Voz (es única, ninguna se le parece) y le hemos seguido, dificilmente podrán engañarnos otras voces.
Sólo Él nos conoce y nos llama por nuestro nombre y como bien dice usted: sacia nuestra sed.

Gloria dijo...

Es cierto Zaqueo, pero algunas ovejas somos muy porfiadas, xGloria